S�ndrome de Estocolmo
La conversaci�n queda ahogada: si no es la m�sica quien la estrangula, ya se ocupar� la performance del jefe de sala de que los lados de la mesa no se puedan comunicar.

Lateral de la calle Padre Dami�n del Estadio Santiago Bernab�u.
Actualizado
La hosteler�a est� planchada. Las cartas se mimetizan, por supuesto, y el interiorismo se corta y se pega, claro que s�, pero en los �ltimos tiempos el sentido que se hab�a escurrido de las ocurrencias de los j�venes entrepreneurs ha ca�do tambi�n presa de la genialidad concebida en las aulas de los MBA. El o�do, ahora s�, tiene al fin la entrada restringida a los restaurantes.
Tampoco en las cafeter�as se permite que lo que entra por una oreja del comensal penetre y se quede en el interior de su cabecita, ni hablar vaya uno de que se infiltre por un conducto auditivo y salga por el otro. La m�sica lo combate todo. Tapona los o�dos y devuelve las palabras desde la punta del pabell�n auricular como si practicara por primera vez su rev�s. La boca, con la lengua aburrid�sima ante la homogeneizaci�n gastron�mica, encuentra la �nica funci�n que en un restaurante hoy le concede utilidad. Convierte a los comensales, con los ojos estrujados y sin pesta�ear, en lectores de labios.
Se descubre, si se le suplica al camarero que modere los altavoces, que el volumen de la musiquilla ha sido establecido por una instancia superior de juicio inapelable. Desde la aceituna al caf�, desde el primer sorbo del matcha al �ltimo bocado de tostada, se debe acatar la condena del chumpachumpa. No puede, se excusa el empleado, suavizar la m�sica.
El objetivo se averigua claro. Aturde para que el resto de captadores del sistema sensible no reparen en sequ�a creativa que, como en la calle de aqu� y en la de dos barrios m�s al norte, enmarca al lugar. Atonta para que la incomodidad aplaste a los comensales y quieran salir disparados de vuelta a la calle cuanto antes, de tal forma que el engranaje de turnos que la pandemia nos dio contin�e con el ritmo previsto. Neutraliza la posibilidad de la sobremesa, que se despacha rapidito con un sorbo de caf�. Hace atractivas las colas de extranjeros a la espera de unas tortitas con bacon y las de nacionales que se disponen a comprar una minitarta de queso que comer�n mientras pasean: all� los glotones lidian solo con el ruidito de los m�viles ajenos.
Ni el restaurante ni la cafeter�a est�n hoy hechos para el ser humano. Se constituyen en su mayor�a como cebos con aire acondicionado para el consumidor de experiencias. La conversaci�n queda ahogada: si no es la m�sica quien la estrangula, ya se ocupar� la performance del jefe de sala de que los lados de la mesa no se puedan comunicar.
Ser� siempre preferible el griter�o a otra versi�n en bossa nova de Ed Sheeran. Solo nos quedar� el bar.






















