S�ndrome de Estocolmo
El bienestar del runner dirige las marejadas de las ciudad un fin de semana tras otro. Se pueden trazar sus pasos siguiendo el rastro de dorsales desgarrados, botellas de batidos proteicos y barritas de d�tiles con anacardos.

Las calles de Madrid el pasado 26 de abrilEM
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Dice la vicepresidenta de Uber que Madrid, ciudad libre de identidad, t�bula rasa en la que las boinas (la parpusa, digamos) de los chulapos se volatilizan por obra de su chandalera presidenta, se le antoja como ciudad "ideal" para poner en marcha sus coches sin conductor. Las evidencias nunca son tan evidentes como en fin de semana. No hay mam�fero b�pedo en el interior de la M-30 que no salga corriendo en cuanto el estatuto laboral se lo permite. Todos persiguen la vida saludable al paso, al trote, al galope galope galope, los domingos por la ma�ana.
El que sale a comprar la prensa se encuentra pastoreado por un hombrecillo con porra y chaleco reflectante que le obliga a descender al es�fago de los infiernos, el metro, para atravesar el subsuelo de la calle. Sobre ella m�s de un millar de individuos da pingos vestidos de poli�ster. Coches, autobuses, �bicis! y taxis deben buscarse las casta�as.
La inquietud healthy del corredor se impone. El bienestar de sus huesos y sus m�sculos dirige las marejadas de las ciudad un fin de semana tras otro. Se pueden trazar los pasos de los atletillas siguiendo el rastro de dorsales desgarrados, botellitas de batidos proteicos, barritas de d�tiles con anacardos y pl�tanos verdes. La ciudad se ensucia y se emborrona para que puedan ellos cuidarse.
Puesto que en el departamento de manifestaciones andan sin stock, el centro de la ciudad se reconfigura durante los meses de primavera como carrer�dromo. Se desde�an las inmediaciones del r�o y los edificios que a diario trabajan como decorado para los recuerdos de los turistas se reordenan como escenario de carreras.
Se descarta el regreso a la adolescencia y nadie contempla la potencial belleza de encerrarlos a los participantes en un polideportivo en el que, concentrad�simos en su misi�n cardiovascular, puedan extenuar sus musculitos al son del pitido del test de Cooper.
Se desprecian tambi�n las amplias avenidas del parque del Retiro, enmarcadas por nubecitas de albero y polen, ya que entre �rboles se disuelve la posibilidad comercial. No entorpecer�an el tiempo libre ajeno.
La ciudad, luminosas sus fachadas en primavera, gloriosas sus callecillas, se consagra como palimpsesto para el que tenga la cuenta corriente m�s gorda. Puede convertir sus barrios en lo que se le antoje: una feria de la croqueta, un festival del steak tartar, un circo de tiendas de invitadas. Nada se escapa a la transacci�n mercantil.
El 2 de mayo un pu�ado de forofos se disfraza de madrile�os y de franceses y por las avenidas ninguneadas del Retiro se zurran y gritan con uniformes y armas que recrean el Levantamiento. La peculiar�sima filia se encarga solita de ennoblecer la vida en Madrid.
























