El adjetivo épico era una rareza cuando el Mundial de Francia. Se puso de moda cuando Sudáfrica y llegó a dar rabia. Y, por lo que entiendo, ha entrado en la fase de la autoironía: el cartel de la Selección no es épica, es su parodia. Vale, lo pillo

Las canchas de Casino de la Reina en Lavapiés.
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Uno: paso cada día por Plaza de Castilla, ante un anuncio gigante, de esos que ocupan fachadas enteras. Es de Movistar y representa, con la textura de los carteles de los viejos cines de estreno, a los futbolistas de la Selección Española. La composición es un poco abrumadora: Oyarzabal rema en una trainera (claro, Oyarzabal es de la Real), Yamal hace algo así como parkour, Borja Iglesias escala una roca, Cucurella aparece como si fuera Godzilla, un futbolista rubio al que no reconozco monta un oso y De la Fuente posa como un almirante de la I Guerra Mundial. El fondo está dividido en dos. Es una marina japonesa ukiyo-e abajo y un skyline en ocaso arriba. Superhortera todo, sí, pero supongo que lo que el cuadro tiene de kitsch es consciente. ¿Qué puedo decir? Que el adjetivo épico era una rareza cuando el Mundial de Francia. Que se puso de moda cuando Sudáfrica y llegó a dar rabia. Y que, por lo que entiendo, ha entrado en la fase de la autoironía: la imagen no es épica, es su parodia. Vale, lo pillo.
Dos: al otro lado de la plaza, en la acera de Chamartín, hay otro cartel de Florentino Pérez, que aparece dibujado con el detalle de los billetes. Del dinero, quiero decir. Eso también es autoironía, ¿verdad?
Tres: el algoritmo me ofrece vídeos de Matt Kiatipis, un jugador de baloncesto que recorre el mundo jugando unos contra uno, retando a macarras locales a partidos a cinco canastas. Macarras ellos y macarra él, que conste: entre tiro y tiro, los rivales se insultan con frases hechas («bro, respeta a tu padre») y juegan al baloncesto con una violencia que convierte a Kaspars Kambala en caballero. El escenario de sus duelos son canchitas de parque. Pequeñas turbas rodean a los duelistas, celebran sus humillaciones con aspavientos y los cercan hasta crear un espacio claustrofóbico, angustioso.
Y yo, que jugué algo al baloncesto de crío, los veo como si hubiera entrado al cine a ver una película romántica y me encontrara con una pornográfica. Me parece todo repugnante pero no puedo dejar de mirar. ¿Puede que todo sea una comedia y que yo no deba tomarme estas cosas en serio? Quizá. Por otra parte, el personaje del baloncestista solitario que recorre el mundo buscando peleas parece un personaje de western, parece un pistolero a sueldo. Tiene su rollo.
Cuatro: cuando el gol de Iniesta, vi la final solo, al cuidado de un bebé. Y la crianza es una experiencia maravillosa, sí, pero un poco perdido sí que me vi ese día, la verdad.
Cinco: no me hace mucha ilusión el Mundial. Ni el Mundial ni el deporte en general porque me cuesta conectar con el lenguaje de la humillación que está en todas partes. Tampoco querría sonar esnob. En otras épocas sí que me gustaron estas cosas y hasta eché una lagrimita cuando Nocioni falló el triple del Mundial de Japón. Es cierto que ese día había bebido un poco.








