El Rompeolas

Ram�n Mar�a del Valle-Incl�n en Madrid, en 1930.E.M.
Actualizado
En la Biblioteca Regional contin�a una exposici�n que celebra a Valle-Incl�n. Aloja manuscritos, primeras ediciones, objetos del escritor, fotograf�as, cartas... Hasta el 21 de junio. La entrada es gratuita. A Valle-Incl�n habr�a que mantenerlo expuesto siempre, para no olvidar c�mo empuj� la literatura hacia delante y traz� algunas de las mejores piezas del arranque del siglo XX. Valle-Incl�n era una literatura con revueltas asombrosas e impertinentes. Valle-Incl�n es un conjuro del idioma. Alguien dispuesto a abrirlo en canal y dar cuenta de otra manera de contar, de denunciar, de gozar, de insultar, de mentir, de elevar, de hacer literatura al fin y al cabo. Esta exposici�n es formidable si te gusta Valle-Incl�n o vas a que te guste. Incluso si te gusta Madrid. (Valle-Incl�n era gallego).
Esta ciudad nuestra fue su capital del dolor y de la gloria, su pulso de fiebre. Aqu� hizo vida de escritor, triunf� y pas� hambre. Aqu� dej� la barba caer m�s abajo del estern�n. Aqu� sum� reyertas de caf� hasta perder el brazo en el de La Monta�a, que estaba donde Apple despacha hoy sus dispositivos, en la Puerta del Sol. Un bastonazo del periodista Manuel Bueno, como todo el mundo sabe, le clav� en la mu�eca izquierda el gemelo de la camisa. Dej� correr la herida, lleg� la gangrena, le amputaron el brazo. De la anomal�a hizo una �pica con falsos combates en tierras mexicanas. En Valle-Incl�n todo era espect�culo administrado con una insubordinaci�n de hombre dif�cil. Escrib�a desde el desenga�o con una longitud de talento sin rival. El esperpento es una herencia generosa que dej� ya para siempre. Lo ech� a rodar mezclando la diversidad de la picaresca y el relente de lo tremendo, administrando una riqueza de personajes hasta montar el aquelarre. Desconcertaba m�s que ninguno de los escritores de ese tiempo, no pod�a ser de otra manera. P�o Baroja, Azor�n, Alejandra Sawa (el avatar de Max Estrella en Luces de bohemia), el pintor Julio Romero de Torres, el escultor Mateo Inurria, y Manuel Aza�a. Amigos o o cercanos que funcionaron en alg�n momento como v�lvulas de su historia.
En la exposici�n no hay nada exactamente nuevo, pero sorprende todo. A Valle-Incl�n conviene leerlo como otros rezan, con devoci�n y aguardando la voz o el mensaje. Empe�� la vida en dibujarse a su manera, en no ser precisamente �l sino un otro dif�cil de descifrar y dispuesto a defenderse con lo que a�n no ha escrito y desde el punto justo e inequ�voco de lo a�n no dicho.
La obra primera de Valle-Incl�n es �l mismo. Luego viene lo de escribir. Escribir como dios. Como renuncia. Como m�stica.




















