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Cada verano ocurre lo mismo: suben las temperaturas, abrimos las ventanas y, puntuales a su cita, regresan ellos. Los mosquitos forman parte de la temporada estival casi tanto como el propio calor. Y precisamente por eso, año tras año, millones de personas buscan la manera de mantenerlos a raya.
Algunas soluciones funcionan mejor que otras. Muchas dependen, simplemente, de entender cómo se orientan estos insectos, cómo se reproducen y cómo localizan a sus víctimas. Aquí tienes tres consejos que vale la pena conocer.
El primero consiste en una loción vegetal que podemos preparar fácilmente en la cocina de casa a base de laurel y menta piperita. Las hojas de laurel contienen compuestos aromáticos como el cineol, el eugenolo y el linalool. Por su parte, la menta piperita contiene mentol y mentona. Estas sustancias pueden interferir temporalmente con ciertos receptores sensoriales que los mosquitos utilizan para localizar a sus víctimas, creando una especie de barrera olfativa que les dificulta encontrarnos.
No se trata de un insecticida y no va a erradicar a los mosquitos. Sin embargo, puede ser una alternativa muy interesante en el entorno doméstico, especialmente para quienes desean reducir el uso de productos más agresivos.
La preparación es sencilla: se ponen a hervir a fuego lentoocho hojas de laurel y 12 hojas de menta piperita en medio litro de agua durante unos 10 minutos. Después, se deja reposar el líquido en infusión, se filtra y se guarda en un bote pulverizador limpio. En este punto, la loción ya está lista para aplicarse sobre la piel. Como su efecto es temporal, conviene volver a aplicarla cada dos o tres horas, sobre todo en las noches más húmedas. Debe conservarse en el frigorífico y consumirse en un plazo de tres días ya que, al igual que cualquier extracto vegetal casero, no contiene conservantes. Antes de usarla, siempre es recomendable hacer una prueba en una zona pequeña de la piel y esperar 24 horas para comprobar que no haya reacciones. Además, es preferible no aplicarse la loción justo antes de exponerse al sol.
El segundo consejo tiene que ver con uno de los objetos favoritos de los mosquitos: el plato de la maceta. Bastan unos pocos centímetros de agua estancada para que se convierta en el lugar ideal para que pongan sus huevos. En otras palabras, lo que para nosotros es solo un recipiente bajo la maceta puede transformarse en una auténtica guardería para cientos de futuros mosquitos. Por eso, siempre que sea posible, conviene evitarlo. Y no solo por el tema de los insectos. En las macetas, el agua estancada tiende a evaporarse, dejando en la tierra los minerales disueltos. Con el tiempo, estos minerales se acumulan y pueden perjudicar el desarrollo de muchas plantas.
En estos casos, puede resultar muy útil un truco muy extendido en Brasil, donde se toman la lucha contra los mosquitos especialmente en serio debido a enfermedades como el dengue y la fiebre amarilla: llenarlo de arena. El plato sigue cumpliendo su función (recoger el exceso de agua que escurre de la maceta), pero la arena evita que quede agua estancada en la superficie, lo que pone las cosas mucho más difíciles a los mosquitos a la hora de poner sus huevos. Por supuesto, no nos referimos a la arena de la playa. Además de estar prohibido llevársela, contiene sal, lo que perjudicaría a las plantas de maceta. Para esto, va de maravilla la arena normal que se encuentra fácilmente en cualquier tienda de materiales de construcción.
El tercer consejo tiene que ver con algunas plantas aromáticas que solemos asociar con la lucha contra los mosquitos. Y esta vez, la respuesta es menos obvia de lo que parece. Sí, es verdad que algunas plantas producen sustancias que pueden resultar desagradables para los mosquitos. Entre las más interesantes están la citronela, los geranios aromáticos, la menta piperita, el laurel, la lavanda y la albahaca, pero también especies menos conocidas como la gatera (o menta de gato), la hierba luisa y algunas monardas, que son especialmente ricas en compuestos aromáticos. El motivo es sencillo: sus hojas contienen moléculas volátiles que se llevan estudiando años por su capacidad para desorientar a muchos insectos.
Sin embargo, existe un malentendido muy común. Estas sustancias funcionan, sobre todo, cuando se liberan en el aire en cantidades suficientes. Por eso, una planta cultivada a la sombra, en un rincón resguardado y sin apenas movimiento, tendrá un efecto mucho más limitado que una planta sana, bien expuesta al sol y ligeramente mecada por el viento. De hecho, el calor favorece la liberación de los compuestos aromáticos, mientras que la ventilación facilita su difusión por el ambiente.
Las plantas aromáticas pueden ayudar a que un balcón o un jardín resulte menos acogedor para los mosquitos, pero no sustituyen a los repelentes, las mosquiteras o a una correcta gestión del agua estancada.
Desde luego, los mosquitos no van a desaparecer por completo de nuestros veranos. Al fin y al cabo, como casi todos los organismos vivos, forman parte de redes ecológicas mucho más complejas de lo que solemos imaginar: son alimento para peces, anfibios, aves y murciélagos, y los adultos de muchas especies también visitan las flores. Pero eso no significa que debamos resignarnos a los picotazos. Significa, simplemente, que entre desear su extinción y rendirnos a su presencia existe una tercera vía hecha de conocimiento, prevención y unos cuantos trucos inteligentes.
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