






















A las dos serán las tres: los relojes avanzan una hora en un día que solo tendrá 23. Lo hemos hecho multitud de veces (concretamente dos al año), pero aún se nos resiste tanto la teoría (sumar horas para perderlas) como la adaptación.
"El cambio de hora es similar a un mini jet lag, porque obliga al reloj biológico a ajustarse bruscamente a un nuevo horario", explica María José Martínez Madrid, coordinadora del grupo de trabajo de Cronobiología de la Sociedad Española del Sueño (SES). "No suele ser tan intenso como un viaje intercontinental, pero sí implica una pérdida temporal de sincronización entre el reloj interno y los horarios sociales". Y este cambio en concreto, en el que perdemos una hora de sueño, es el peor de los dos a nivel de adaptación.
Las consecuencias de esta "alteración aguda del ritmo circadiano" pueden durar días, los que tardamos en reajustarnos, según Martínez Madrid. "Aunque el impacto individual suele ser pequeño, a nivel poblacional se ha observado un aumento transitorio de accidentes, problemas cardiovasculares o alteraciones del sueño tras el cambio de hora".
María de los Ángeles Bonmatí Carrión, investigadora del grupo Cronolab de la Universidad de Murcia, añade más elementos a la lista de consecuencias del cambio de hora: "Peor concentración, peor rendimiento cognitivo, problemas con el estado de ánimo y también es muy frecuente sufrir alteraciones digestivas o trastornos gastrointestinales". En realidad es una lista idéntica
a la que podríamos citar al hablar de lo que experimentamos al viajar de un sitio a otro con distinto horario.
Por todos estos motivos hace mucho tiempo que se debate la conveniencia de mantener el cambio de hora. Y entonces surge la famosa pregunta: ¿Team verano o team invierno? Y de nuevo el país se nos divide en dos, como si se tratase de un derbi futbolero entre los equipos punteros o la discusión eterna de si pasar las vacaciones en la playa o en la montaña.
No es una decisión fácil: la luz natural determina nuestro sistema circadiano o, dicho de otro modo, las puestas de sol y los ocasos son los que tiran como imanes de nuestro cuerpo para que se levante o se acueste y luchar contra ese magnetismo no suele deparar nada bueno, diga lo que diga el reloj.
Antes de entrar a debatir los argumentos científicos, tenemos que ser conscientes de que es un debate que está viciado desde el principio, y es que parece que la elección es entre el verano y el invierno, como si mantener el horario de verano significase vivir constantemente en la estación estival. "El número de horas de luz natural aumenta y disminuye a lo largo del año independientemente de la hora que nos marque el reloj", matiza Bonmatí Carrión, "el horario de verano no significa que a lo largo de todo el año vaya a anochecer a las nueve o a las diez de la noche".
Pero el daño está hecho, el nombre pesa mucho más de lo que parece, y es fácil que hayamos proyectado las emociones positivas asociadas a esa época del año al horario que tenemos durante esos meses. "El término correcto es horario de supuesto ahorro energético", añade Bonmatí. "¿Por qué supuesto? Porque en principio se adoptó porque se pensaba que iba a suponer un ahorro energético, pero con el paso de los años se ha visto que ese ahorro es mínimo o nulo".
Es decir, que se trata de un horario 'forzado', ya que es el que está menos alineado con el horario solar, y su razón de ser hace tiempo que se demostró inútil. Pero si se plantease un referéndum existen muchas posibilidades de que este horario ganase en votos, y es que los atardeceres largos (o más bien evitar las puestas de sol tempranas) pesan mucho, y pocos parecen darle el mismo valor al papel del sol como despertador natural.
Sin embargo, los expertos de las sociedades científicas relacionadas con el sueño y la cronobiología están de acuerdo justo en la posición opuesta: si hemos de quedarnos con uno (y eso también sería recomendable), el indicado es el horario estándar, el mal llamado horario de invierno.
Lo cierto es que España, incluso en el horario estándar, ya está algo desajustada, sobre todo si miramos a una parte de su geografía, y hemos construido unas rutinas sociales que responden a ese desfase. "Cuando la hora oficial está muy adelantada respecto al ciclo solar, como ocurre en España, muchas actividades sociales se realizan cuando biológicamente todavía sería 'de noche'", explica Martínez Madrid. Esta desalineación entre el reloj biológico y los horarios sociales se conoce como cronodisrupción o disrupción circadiana, y conlleva múltiples efectos negativos a largo plazo.
"Se ha visto que está relacionada con una mayor probabilidad de desarrollar distintas enfermedades de tipo metabólico, de tipo cardiovascular, incluso envejecimiento prematuro, deterioro cognitivo y hasta puede incrementar el riesgo de desarrollar algunos tipos de cáncer", enumera la investigadora del grupo Cronolab.
Tardamos días en adaptarnos al cambio de hora, pero un desfase crónico, como el que provocaría mantener el horario de verano todo el año, puede dejarnos la falsa sensación de que nos hemos adaptado mientras sufrimos el daño que ello genera. Es más, existen estudios que demuestran una mayor propensión a determinadas enfermedades en personas que viven en localizaciones geográficas en las que hay un desfase mayor entre el tiempo social y el horario solar, como podría ser el caso de Galicia, que comparte el reloj solar con Portugal pero no su huso horario.
Aún así, no debemos infravalorar el papel que juega la sociedad o nuestro propio organismo a la hora de decidir el horario óptimo. Pablo Barrecheguren, neurocientífico y autor de ¿Por qué soñamos? Y otras grandes preguntas sobre dormir y el sueño, incide en los cronotipos, referentes "al horario que llevan los ritmos circadianos de forma natural". Es por ellos que se explica que haya personas más diurnas y otras más nocturnas y que, aunque existe consenso científico en que los horarios diurnos son más saludables, "si a una persona se le fuerza a llevar un horario muy alejado de su cronotipo es probable que le cueste adaptarse y, por lo tanto, no descanse bien".
Los extremos son las banderillas rojas, como suele ser habitual, y el horario de verano ya es protagonista de algunos desfases extraordinarios, como el hecho de que en Galicia el ocaso en verano llegue pasadas las diez de la noche. Si este fuese el horario mantenido todo el año solo conseguiríamos sumar más locura a nuestros relojes, de nuevo con Galicia al frente al tener que esperar a las diez de la mañana para ver salir el sol durante el invierno.
Popular o no, la balanza científica se inclina hacia el mantenimiento del horario de invierno, pero a priori la falta de aceptación hace que la pregunta sea obligada: ¿es preferible un mal horario o mantener el cambio de hora? Y es aquí donde se quiebra el consenso de los expertos.
A pesar del desfase del horario de verano, Bonmatí Carrión es de la opinión de que mantener ese horario todo el año quizás sería menos perjudicial que el cambio de hora bianual, mientras que la coordinadora del grupo de trabajo de Cronobiología de la SES considera que, a pesar de las evidentes y estudiadas alteraciones provocadas por el cambio de hora, un mal horario mantenido tendría consecuencias peores a largo plazo.
"Personalmente no creo que el cambio de hora tenga un impacto relevante para la salud a largo plazo", apostilla el doctor Barrecheguren, "lo relevante es que, en general, mantengamos unos horarios regulares, que más o menos siempre nos acostemos y levantemos a la misma hora". Es decir, que busquemos y respetemos la rutina que más nos convenga siempre que sea posible. "Tiene mucha más influencia en nuestra salud el horario laboral, las obligaciones personales y las dinámicas sociales que cualquier cambio de hora, y es aquí donde deberíamos poner el acento, al igual que es clave un buen sistema de salud accesible que detecte y trate en tiempos razonables problemas de salud que afecten al descanso nocturno".
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