









Por más que Ronald Lauder - el heredero del imperio de la cosmética Estée Lauder - convenciera a su amigo Donald Trump en 2017 de que Groenlandia debería ser estadounidense, la isla danesa es completamente diferente de Estados Unidos desde el punto de vista cultural y social. Así que la oposición total de sus habitantes a ser estadounidenses es más que previsible, como lo es el potencial acuerdo anunciado el viernes por Trump.
Para darse cuenta, basta con comparar Nuuk, la capital de Groenlandia, con Fairbanks, la segunda mayor ciudad de Alaska. Ambas se encuentran a una latitud similar. Apenas las separan del Círculo Polar Ártico 119 y 263 kilómetros, respectivamente. Fairbanks tiene 32.515 habitantes. Nuuk, 20.113. Y ahí se acaban las similitudes.
En cuanto se sale del coche (en Fairbanks) o del avión (a Nuuk) está claro que la primera podría ser una copia de Casper, en Wyoming, o Minot, en Dakota del Norte, mientas que la segunda recuerda a Hammerfest o Tromsø, en Noruega, o Akureyri, en Islandia. Fairbanks no tiene un centro urbano digno de tal nombre. Sus edificios oficiales y corporativos son cuadrados enormes. Los habitantes viven en los famosos suburbios estadounidenses', es decir, conjunto dispersos viviendas unifamiliares de diseños casi idénticos e intercambiables ya estemos en Alaska o en Florida en decenas de kilómetros a la redonda. Así es como el área metropolitana de la ciudad estadounidense ronda los 100.000 habitantes.
Nuuk está mucho más comprimida. Y ella coexisten tres tipos de construcciones: tradicionales casas nórdicas de techos puntiagudos, bloques de apartamentos con cierto toque brutalista de los sesenta y setenta y otros edificios de viviendas más modernos y pequeños. Desde sus suburbios, como Nuusuaq o Qinngorput, se ve el centro urbano. Un centro urbano que es real, no como en EEUU. Porque Nuuk tiene un área de restaurantes y cafeterías en los que disfrutar de un café o una pizza mientras afuera hay treinta grados bajo cero.
Y ahí está el mayor símbolo de la europeidad groenlandesa: el Katuag, o Centro Cultural de Nuuk, con su fachada ondulada, su restaurante, y sus salas de conciertos y exposiciones, todo sufragado por el contribuyente danés (porque Groenlandia quiere la independencia pero no puede pagársela). Un Katuag sería inconcebible en Estados Unidos.
Las diferencias urbanísticas y arquitectónicas reflejan las políticas y económicas. No es solo que Nuuk no tenga suburbios. Es que la población más cercana se llama Kapisillit, tiene 49 habitantes y está a 80 kilómetros que solo se pueden cruzar en barco (si el agua del fiordo de Nuuk está tranquila).
Todo ello se debe a la Historia. Nuuk ha sido construida a lo largo de un proceso progresivo de colonización y poblamiento que comenzó con la fundación de una misión para convertir a los inuit al cristianismo por el misionero noruego, Hans Egede, en 1728.
Pero el interés de Copenhague en Groenlandia siempre ha sido menor que el de EEUU en Alaska. Eso se debe en parte a que la soberanía de la isla nunca estuvo del todo clara - pero no con EEUU, sino con Noruega - y, también, a las dificultades físicas para colonizar el territorio.
Climatológicamente, Groenlandia es muchísimo más dura que otras regiones situadas a su misma latitud, como la propia Alaska, Islandia, o el norte de Noruega, Finlandia y Suecia. La razón es que las corrientes marinas que bañan sus costas son frías. Y eso cambia el clima. El resultado es que la mayor parte de la isla está sepultada bajo una losa de hielo de tres kilómetros de espesor. Si el suelo de Groenlandia se fundiera algún día, veríamos que está tapando no una sino tres islas. Una cuarta, demás, emergería, porque el peso de los glaciares es tal que la mantiene sumergida.
Precisamente por esa causa Dinamarca nunca ha tenido el menor inconveniente en que Estados Unidos se encargara de la defensa de Groenlandia. De hecho, el acuerdo bilateral de defensa de 1951 entre ambos países, que sigue en vigor, establece que Copenhague debe autorizar a Washington el establecimiento de cualquier instalación militar en la isla. Pero que, una vez que se haya dado el visto bueno, EEUU tendrá potestad para instalar cualquier tipo de arma en casa base. El acuerdo fue modificado en 1968 cuando un B-52 arrojó cuatro bombas atómicas en Almería, en el famoso incidente de Palomares. Desde entonces, Estados Unidos debe pedir autorización a Dinamarca para sobrevolar Groenlandia con bombas atómicas, mandar barcos con ellas a sus puertos (aunque en ninguno de ellos cuales caben grandes navíos), o instalarlas en su territorio. En 2004, con George W. Bush en la Casa Blanca, Washington y Copenhague añadieron Nuuk a la lista de capitales que deben dar luz verde a bases de EEUU en Groenlandia, un territorio donde llegó a haber 17 en la guerra fría, pero hoy solo queda la de Pituffik.
Las nuevas limitaciones de Dinamarca y Groenlandia no parecen ser un problema serio para una posible expansión militar de EEUU. Durante la Guerra Fría el Pentágono trató de construir un reactor nuclear dentro del hielo groenlandés, en una operación que parece propia del 'malo' de una película de James Bond, pero tuvo que abandonar la empresa porque el movimiento del hielo del glaciar rompería las paredes de cualquier reactor nuclear.
La presu2nta necesidad de EEUU de tener bases en Groenlandia, además, parece difícil de justificar. Es cierto que el Ártico se está fundiendo por el efecto invernadero, lo que ha llevado a China a lanzar este año la ruta de la seda ártica, que es como ha bautizado a una línea comercial marítima desde Shanghái hasta Inglaterra. Pero donde el hielo se está abriendo es al norte de Siberia, no e en espacio entre Islandia y Alaska. O sea, en el otro extremo del Ártico en relación a Groenlandia. La causa es, de nuevo, las corrientes marinas. Cuando Trump dice que hay "montones de barcos rusos y chinos" alrededor en Groenlandia, está faltando a la verdad. No los hay porque no hay nada que explorar allí. El negocio está hacia el Este.
Y, finalmente, queda una última cuestión. EEUU no tiene equipos para controlar la navegación en el Ártico. Tiene un solo rompehielos, frente a 20 de, por ejemplo, Canadá. Construir bases en Groenlandia será caro y, en un momento en el que el Pentágoino está sobreextendido desde Irán hasta China, no parece fácil que vaya a poder destinar grandes recursos a esa tarea.
Las diferencias en la colonización de Groenlandia han marcado el caracter de la isla. Igual que el de Alaska u otros territorios de Canadá. Volviendo al caso de Fairbanks, la localidad es como casi todas las ciudades estadounidenses, fruto de la dinámica del "boom and bust" (boom y explosión). En su caso, del oro,y de las guerras (la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, que provocaron la apertura de una gigantesca base aérea) y, después, de los oleoductos. El nombre de la ciudad procede del entonces senador republicano por Indiana, Charles Fairbanks.
Nuuk, por el contrario, es es una palabra inuit, o sea, esquimal. Porque los nombres locales se han impuesto a los daneses en Groenlandia, lo que refleja otra diferencia entre la isla y EEUU. Así, la base militar estadounidense Thule (que aludía al reino mítico de 'Última Thule', que los romanos situaban al norte de las islas británicas) hoy se llama Pituffik, que en inuit significa "Fondeadero". En Alaska, por el contrario, los nombres en inglés están ganando peso. En el primer día de su segundo mandato, Donald Trump cambió el nombre de la montaña más alta del estado y de todo EEUU de "Denali" ('El Alto', en el idioma de los indígenas koyukon, que le había sido dado por Barack Obama). Desde 2021, el monte vuelva a llamarse McKinley, en homenaje al presidente de EEUU que en 1898 fue a la guerra contra España por Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Groenlandia solo podría ser Estados Unidos si dejara de ser lo que es. Y, aunque tampoco sea Dinamarca, está mucho más cerca de su metrópoli, una palabra que allí no es controvertida, porque daneses y groenlandeses no tienen ningún reparo en referirse a la isla como "colonia" y explicar que algún día alcanzará la independencia. Esa oposición a la anexión parece haber jugado un papel en la suavización de la posición de Trump. Si la isla fuera ocupada, es muy probable que una gran parte de sus habitantes se fueran a Dinamarca u a otros países nórdicos (pero no a Canadá, con quien pese a la cercanía geográfica, los inuit groenlandeses mantienen muy pocos vínculos).
Porque los locales piensan que un cambio de soberanía es una colonización mucho más dura, como pone de manifiesto la experiencia de los inuit (esquimales) canadienses y estadounidenses. Un ejemplo que les gusta citar a los habitantes de la colonia danesa es que Copenhague se llevó para "culturizarlos" contra la voluntad de sus padres. En Canadá, fueron más de 5.000. En Alaska nadie se molestó en distinguir los inuit entre los más de 10.000 niños arrancados a sus familias. Eso se nota hoy en día. El 90% de la población de Nuuk se autocalifica como "groenlandesa", aunque en su inmensa mayoría son mezcla de europeos continentales y inuit. En Fairbanks, apenas el 9% del censo dice ser "indígena".
Todas esas diferencias históricas explican el sinsentido de las reclamaciones de Trump auspiciadas por su amigo Lauder, que, como presidente del Consejo Mundial Judío y aliado del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, también tiene una considerable influencia sobre la Casa Blanca en materia de Oriente Medio. Groenlandia no es ni cultural ni histórica ni políticamente parte de EEUU. El único interés de Trump es el económico.
El hijo del presidente, Don junior, comparte ese interés. El fondo de capital-riesgo 1789, cofundado por Rebekah Mercer, la dueña de la web Bretibart y una de las mayores impulsoras de Donald Trump, tiene entre el 8% y el 12% de la empresa estadounidense Critical Metals, que quiere abrir una mina de litio en Tambreez, a 450 kilómetros al sur de Nuuk. Sin duda por casualidad, cinco días después de que Trump padre ganaras las elecciones de 2024, Don junior fue invitado a entrar como socio de 1789. El problema es que la mina de litio no ha extraído hasta la fecha ni un gramo de ese mineral. No está claro cuándo lo hará. Las riquezas groenlandesas están bajo tres kilómetros de hielo. Y eso es algo que ni Donald Trump puede liquidar.
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