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Las "dos semanas" de Trump: presi�n, amenazas y el arte d...
Pablo R. Sua · 2026-04-22 · via Internacional

Cuando Donald Trump tiene un problema con el resto del mundo, ya sea econ�mico, diplom�tico o militar, su respuesta inmediata es casi siempre la misma: aranceles. Cuando Donald Trump tiene un problema y los aranceles o la promesa de aplicarlos no son suficientes o efectivos, recurre a su segundo mecanismo fetiche: las "dos semanas". Es su unidad temporal favorita, un recurso indispensable que sirve para ganar tiempo, para dar una patada hacia adelante, para no comprometerse a nada, pero siempre intentando transmitir que la Casa Blanca tiene todo bajo control y que hay un plan detr�s.

En su a�o y medio en el poder, como hizo en su primer mandato, Trump ha recurrido a la idea una y otra vez. "Se lo har� saber en unas dos semanas", dijo poco despu�s de jurar el cargo, sobre las promesas de Vladimir Putin y si el l�der ruso era alguien en quien confiar. Lo repiti� a menudo con las negociaciones con Ucrania, sobre su ley fiscal, igual que en 2017 con el Obamacare, sobre la posible apertura de minas de carb�n, sobre un esperado plan para la construcci�n de grandes infraestructuras, sobre investigaciones criminales o la venta de TikTok; sobre la paz en Gaza, charlas con Corea del Norte o los talibanes. En la monta�a rusa del D�a de la Liberaci�n, cuando levant� un muro proteccionista. Lo mencion� en la pol�mica sobre cu�ndo publicar�a sus declaraciones de la renta de a�os anteriores, sobre el Covid y tratamientos y vacunas. Y lo ha invocado de nuevo ahora en Ir�n, con un alto el fuego que, m�s que un concepto jur�dico, militar o geopol�tico, es una entelequia fluida.

En las dos semanas (ya us� ese plazo antes de ordenar los bombardeos del verano de 2025), como en el alto el fuego, cabe todo. Todo es posible e imposible al mismo tiempo. Trump puede simult�neamente decir que est� listo para bombardear, que quiz�s es la mejor o la �nica opci�n y que un gran acuerdo de paz, el mejor posible, es inminente. Que Ir�n ha violado las condiciones pactadas "muchas veces" y que Estados Unidos ha interceptado un buque "con regalitos de China", en clara referencia a material militar, pero que todo va muy bien, mejor que nunca. Trump puede afirmar que su vicepresidente JD Vance no ir� a Pakist�n, que s� lo har�, que ya est� de camino y que todav�a no, con ambos lados esperando a que el otro mueva ficha primero.

El alto el fuego que en teor�a venc�a este martes (aunque Pakist�n, Ir�n y Estados Unidos no eran capaces siquiera de ponerse de acuerdo en qu� hora) no es resultado de un documento firme, inamovible, definido, sino de una diplomacia de tuits y mensajes de texto cruzados. Cuando Trump habla de dos semanas, es una cantidad de tiempo flexible, variable, perfectamente enmendable, adaptable. Algo aproximado que construye un marco, pero no muy r�gido.

Es una estructura que encaja perfectamente con su cosmovisi�n de la pol�tica internacional como una extensi�n del mundo de los negocios, en el que naci�, creci� y con la que se hizo famoso y rico. Llena de trampas, traiciones, jugarretas. "Cuando la siguiente decisi�n no es obvia, a veces simplemente gana tiempo. Dos semanas son una eternidad en pol�tica y la verdad es que muchos problemas se resuelven solos si se les da tiempo", ha explicado el estratega republicano Alex Conant, quien trabaj� en la Casa Blanca de George W. Bush.

Su m�todo parte de una presi�n asfixiante, tras los bombardeos y el mayor despliegue naval en 25 a�os, y mete en el mismo c�ctel sanciones (o el posible levantamiento de ellas). Una amenaza de destrucci�n civilizatoria con la esperanza de un futuro brillante con negocios u operaciones conjuntas, desde la extracci�n de material nuclear enterrado desde el verano de 2025 a cobrar peajes en Ormuz. Trump dice en todas sus negociaciones que bajo ninguna circunstancia est� dispuesto a dar marcha atr�s, a ampliar los plazos, para luego, sistem�ticamente, prorrogarlos. "�C�mo est� funcionando?", le pregunt� a sus asesores sobre las reacciones a su tuit amenazando con "matar a toda una civilizaci�n" de golpe, publicado horas antes de anunciar una nueva extensi�n, sin que nada hubiera cambiado.

Como cuentan los peri�dicos estos d�as, como The Wall Street Journal, Trump improvisa buena parte de sus mensajes en las redes sociales. A veces dice lo primero que se le ocurre y a veces busca confundir, sembrar dudas y miedo, forzando al otro lado a dar pasos en falso, debilitando as� su posici�n. Miente constantemente, en p�blico y en privado, como cuando acord� el alto el fuego para que incluyera L�bano, pero luego cambi� de idea. Cuando pact� que Ir�n levantara el bloqueo a los buques petroleros, pero decidi�, unilateralmente, que Estados Unidos seguir�a aplicando el suyo. En las entrevistas desborda confianza, pero en privado muestra inquietud porque Ir�n no responde como �l esperaba, como Venezuela, como otros de sus rivales y enemigos.

La idea de las dos semanas, elaborada a partir de sus negociaciones empresariales, est� muy pensada, o m�s bien, trabajada. Es un plazo corto y largo al mismo tiempo. Se quita algo de la presi�n diaria de la prensa y el Congreso y se la pasa al otro lado, porque lo que pide es inasumible contrarreloj. Ahora plantea un acuerdo total con Ir�n, que cubra la cuesti�n nuclear, algo que a la Administraci�n Obama le llev� m�s de dos a�os, no dos semanas, firmar.

A diferencia de todos sus predecesores inmediatos, el enfoque de Trump no es lineal, perfectamente l�gico y secuencial. A no lleva forzosamente a B antes de llegar a C. El presidente puede escalar la ret�rica o suavizarla r�pidamente seg�n el contexto, dar bandazos y cambiar el destino final. Y m�s ahora que est� disfrutando de un nuevo sistema de comunicaci�n. Ya no son s�lo sus tuits a cualquier hora, sino una cascada infinita de cortas entrevistas de unos pocos minutos, una detr�s de otra. M�s de 10 o 15 en un d�a, a veces cada una con una idea diferente, a veces contradictoria. Eso introduce todav�a m�s imprevisibilidad, lo que claramente �l considera su principal ventaja negociadora. Ya no se trata de tener "las cartas", como dec�a siempre sobre Zelenski frente a Putin, sino de romper la baraja en cada mano. Si hay acuerdo, es su victoria. Si hay fracaso, siempre es culpa de otros.