




























El Jeep avanza despacio por una pista de polvo rojizo mientras la luz del alba se filtra entre los arbustos espinosos. A lo lejos, un elefante emerge del matorral. Mastica con parsimonia, ajeno a los clics de las c�maras y al murmullo contenido de los turistas. En el Parque Nacional de Yala, el santuario m�s visitado de Sri Lanka, los elefantes siguen siendo parte del decorado prometido en los folletos. Pero fuera de ese escaparate, la convivencia entre humanos y paquidermos se resquebraja cada d�a en campos y aldeas.
"Hace dos semanas, un elefante mat� a una ni�a de 12 a�os cuando volv�a de la escuela. La embisti� en el camino de tierra que conecta su casa con el pueblo", cuenta Kumar, uno de los conductores del safari de Yala, en el sureste de la isla.
"Y no es un caso aislado. En esta misma zona, un agricultor muri� aplastado cuando intentaba ahuyentar a otro elefante para que no destrozara sus cultivos". Kumar explica que, dentro del parque, hay unos 300 elefantes salvajes. "En todo el pa�s hay m�s de 7.000. Pero su territorio ya no es suyo. Los asentamientos humanos han ido invadiendo su h�bitat y eso ha provocado un conflicto", sentencia.
Esta guerra se intensifica hacia el norte seco de la isla, donde la frontera entre cultivo y selva se ha vuelto porosa. En enero, en el distrito de Anuradhapura, un elefante macho fue quemado con antorchas por varios vecinos que intentaban expulsarlo de un asentamiento. La Polic�a arrest� a tres hombres.
Un v�deo grabado con un m�vil -llamas acerc�ndose a la piel gris, gritos, carreras- se viraliz� en redes sociales y provoc� indignaci�n. "No quer�amos matarlo, s�lo que se fuera", declar� uno de los detenidos a un medio local. "Pero cuando estos animales vienen de noche, arrasan con todo".

Elefante de YalaLc
Los sucesos se acumulan en la cr�nica diaria. El pasado noviembre, un conductor de autob�s muri� al perder el control del veh�culo tras chocar contra un elefante que cruzaba una carretera secundaria cerca de la ciudad de Habarana. Unos meses antes, un guardia forestal fue corneado mientras patrullaba una zona selv�tica. A principios de este a�o, una pareja de turistas h�ngaros fue atacada en la ruta de Pidurangala-Sigiriya, una de las m�s populares del pa�s: el hombre, de 64 a�os, muri� en el acto. "El elefante sali� de la nada. No hubo tiempo de reaccionar", relat� su acompa�ante.
S�lo entre el 1 de enero y el 20 de febrero de este a�o, el Departamento de Conservaci�n de la Vida Silvestre registr� 44 elefantes muertos y 10 personas fallecidas. En 2025, seg�n estimaciones recogidas por medios locales, m�s de 400 elefantes y alrededor de 100 humanos perdieron la vida en estos encuentros. Desde 2015, el balance oficial presentado en el Parlamento habla de 3.477 elefantes muertos frente a 1.190 personas. Es una guerra sin frente definido, pero con v�ctimas constantes.
En este pa�s insular del Oc�ano �ndico, los elefantes ocupan un lugar casi sagrado. Para la mayor�a budista, simbolizan sabidur�a y fortaleza; los dom�sticos desfilan en procesiones religiosas y son un emblema del turismo nacional, protagonizando campa�as para atraer a visitantes extranjeros. Matar a uno es un delito grave que, seg�n el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), puede acarrear incluso la pena de muerte. Sin embargo, la veneraci�n cultural convive con una realidad mucho m�s cruda sobre el terreno.
Para muchos agricultores, un elefante no es un s�mbolo sagrado, sino una amenaza inmediata a su sustento. "Cuando un elefante entra en tu parcela, no ves un animal sagrado, ves la ruina", resume Sunil, agricultor de Yala. "En una noche pueden destruir lo que has cultivado durante meses". De ah� el recurso a m�todos ilegales y letales: disparos, trampas el�ctricas, atropellos y las llamadas "bombas de mand�bula", un explosivo camuflado en comida que estalla al ser mordido.
"Muchas noches no dormimos. Nos turnamos para vigilar los campos", cuenta Nimal, otro agricultor. "Si oyes romper ramas, sabes que est�n cerca. A veces tiramos petardos, otras gritamos o golpeamos latas", contin�a. "Nos dicen que no les hagamos da�o, que son patrimonio del pa�s", se queja Lakmal, un vecino de las aldeas pr�ximas al parque. "Pero �qui�n protege nuestro patrimonio? Si pierdo la cosecha, pierdo todo".

Ramesh, gu�a tur�stico en Sri Lanka
Desde el otro lado, algunos trabajadores del sector tur�stico intentan matizar la narrativa. "El problema no son los elefantes, es la falta de planificaci�n", sostiene Ramesh, un gu�a local. "Si se respetaran los corredores naturales, habr�a menos conflictos. Pero el desarrollo va m�s r�pido que las soluciones". Ravi, conductor de Jeep, entiende que los turistas se emocionen cada vez que ven un elefante de cerca. "Yo tambi�n lo hac�a al principio", admite. "Pero despu�s de escuchar tantas historias de muertes, ya no lo veo igual. Sabes que ese mismo animal, fuera del parque, puede ser una amenaza".
Tras d�cadas de guerra civil y una acelerada expansi�n agr�cola, el h�bitat natural de los elefantes se ha fragmentado. Carreteras, v�as f�rreas, asentamientos humanos y plantaciones de arroz o pl�tano atraviesan antiguos corredores migratorios. Los elefantes, animales de memoria prodigiosa y h�bitos arraigados, contin�an usando rutas ancestrales que hoy desembocan en pueblos y campos cultivados.
El Gobierno oscila entre la protecci�n de una especie emblem�tica y la presi�n de comunidades que viven en la primera l�nea del conflicto. Se han probado cercas el�ctricas, traslados de animales, programas de compensaci�n. Los resultados son dispares. "Mover un elefante no resuelve el problema, lo desplaza. Y muchas veces lo agrava", explicaba un funcionario del Departamento de Vida Silvestre.
Al caer la tarde, en Yala, los turistas regresan satisfechos tras fotografiar elefantes en libertad. A unos pocos kil�metros, en la penumbra de una aldea sin focos ni c�maras, los campesinos encienden hogueras y hacen ruido con latas para espantar a los animales. La noche, dicen, es el momento m�s peligroso. All�, lejos del encuadre perfecto, la convivencia no es ninguna postal.
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