



























Juan Manuel Bellver Madrid
Actualizado
"¿Para qué quieres conocer a Fernando Point?", me increparon la primera vez que pregunté por él, en 1993, al entrar en EL MUNDO. "Porque lo admiro y colecciono sus artículos, es el mejor escritor gastronómico que existe", respondí con vehemencia veinteañera. Entonces no sabía que dicho seudónimo, alusivo al chef francés Fernand Point, pertenecía a Víctor de la Serna Arenillas, fundador y miembro del equipo de dirección del periódico, un personaje admirado y temido en aquella redacción de Pradillo 42, por su aspecto entre distraído y severo y su percepción rigurosa del oficio.
Hoy se nos ha ido un gigante del periodismo, activo hasta el último aliento, individualista y pasional, tras una trayectoria ejemplar consagrada a lo que más amaba, durante la cual llegó a erigirse en el mejor crítico de restaurantes y de vinos de su época y hasta dio rienda suelta a su vocación de bodeguero con el audaz proyecto de Finca Sandoval en La Manchuela, mientras cultivaba varios heterónimos que, al modo de Pessoa, parecían a veces tener vida propia. "Fernando Point es un colectivo", solía recalcar para suscitar cierto halo de misterio. Lo fuera o no, sus acólitos teníamos la certeza de que él iluminaba todos los textos con su verbo preciso.
Víctor no solo poseía un conocimiento enciclopédico de las cocinas del mundo, adquirido en sus años de estudios en Suiza o Nueva York y perfeccionado en múltiples viajes a las capitales occidentales, sino que combinaba dicha erudición casi circense con una curiosidad permanente y una escritura rítmica, ágil y concisa, salpimentada con cierta ironía anglosajona, a ratos nostálgica, siempre evocadora. Leer cada viernes su página de Metrópoli era, para muchos, una cita muy personal con ese prescriptor de referencia al cual confías, no solo tu digestión, sino el éxito o el fracaso de la cena del sábado.
Primero héroe, luego maestro y mentor, finalmente un amigo muy querido, al lado de Víctor algunos afortunados aprendimos a disfrutar de los vinos de culto de la Vieja Europa y del Nuevo Mundo, así como a reconocer la grandeza histórica del Rioja o el Jerez y a adivinar que el futuro del viñedo nacional se hallaba en manos de un puñado de alocados soñadores, empeñados en cultivar cepas en peligro de extinción en laderas impracticables. Catador de prestigio internacional, Robert Parker llegó a proponerle que se uniese a The Wine Advocate, pero él no quiso renunciar entonces a esa bodega que, en los últimos años, terminaría vendiendo a su pesar.
Reacio a los eventos sociales, se entusiasmaba en cambio compartiendo su pasión en un pequeño círculo de confianza con una franca generosidad: anécdotas, encuentros, vivencias... Amaba comer y beber y lo revivía al contarlo. Parecía llevar todo ese bagaje en los genes al haber tenido como padres a dos gastrónomos reconocidos como Víctor de la Serna y Gutiérrez-Répide -que firmaba sus artículos culinarios en El País como Punto y Coma- y Nines Arenillas.
Para nosotros, era como un hermano mayor sabihondo, disfrutón, introspectivo y un poco cascarrabias, al que venerábamos y evitábamos disgustar. Aquellas cenas que organizábamos en los albores del 2000, en las que catábamos como si tal cosa una veintena larga de vinos aportados por todos, fueron tan mitificadas gracias al incipiente internet que empezamos a recibir peticiones de desconocidos procedentes de los países más remotos. Enseguida, Víctor intuyó la proyección que esto podía tener y convenció a los mandamases de Unidad Editorial para fundar elmundovino, que fue durante dos décadas el más prestigioso portal vitivinícola escrito en lengua castellana.
Cronista privilegiado de la revolución del vino y de la cocina española durante el último medio siglo, Víctor representaba un modelo de periodista en peligro de extinción, ajeno a la presión de la industria y de los índices de audiencia, romántico a su manera -adoraba el blues-, valiente e insobornable. En los últimos tiempos, disfrutaba más con casas de comidas olvidadas o ignotos comedores chinos de Usera que con la cocina de vanguardia, que le aburría.
"Tienes que escribir tus memorias de gourmet", le sugería yo cándidamente hace muy poco, pero se escabullía arguyendo que ya no tenía ganas ni tiempo. A falta de libros que le hagan justicia, el suculento legado que nos deja Fernando Point son unos miles de artículos sobre La mesa y el mantel -como se tituló durante años su sección semanal- que ojalá algún editor hedonista se anime a rastrear algún día. Textos rebosantes de conocimiento que avivan el apetito y contagian el ansia de lanzarse a la calle a devorar la vida. Sin él, ya nada será igual.
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