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El desafío inmortal de comerse una hamburguesa gigante: "Mastico como un cuatrero de western que masca tabaco"
JORGE BENÍTEZ @jorgebmontanes ÁNGEL NAVARRETE (FOTOGRAFÍAS) DANI · 2023-08-10 · via Gastro // elmundo

Actualizado

Nuestro reportero tiene que comerse una burger de más de un kilo de peso y pide consejo para lograrlo al 'supercomilón' viral Joe Burgerchallenge. ¿Lo conseguirá?

Comidas Extremas: el reto de comerse una hamburguesa de más de un kiloDANIEL IZEDDIN (Vídeo)

Un kilo de carne dividido en dos filetones se posa en la parrilla de la cocina. Va a necesitar 10 minutos de fuego. En el sprint final Khalid añadirá ocho lonchas de queso cheddar para que se fundan al calor. Cuando la carne esté lista, el cocinero ejecutará la parte más difícil: montar un edificio con cimientos que no sea derribado por la ley de la gravedad del ansioso. Habrá además de la carne dos panes en los extremos, lechuga y tomate a espuertas, tiras de beicon, su salsa especial y un rebaño de aros de cebolla. Lo máximo que quepa sin que la estructura colapse.

A la espera de que Khalid concluya su misión, pienso en cómo le voy a explicar esto a mi nutricionista, que me ha impuesto un plan veraniego para aliviar las asas del amor que rodean mi tronco de rey ahogado. Le diré que soy un profesional, un pitbull del periodismo que acepta el reto de escribir (y comer) una hamburguesa gigante en esta serie de comida extrema. Sigo órdenes. Soy inocente, me repito.

Estoy preparado para el reto de los «inmortales» que ofrece Bentley's Burger a sus clientes más valientes. Además hemos intentado que sea aún mayor.

Mientras espero a que Khalid termine mi hamburguesa, hablo con Andreina Morales, responsable este día del Bentley''s de la calle Alcalá de Madrid. Ella me muestra el Hall of Fame, el salón de la fama del restaurante. En las paredes hay fotos de todos los que se han comido su hamburguesa de un kilo. Hileras de gente sonriente, sobrada, que lucen como si se tratara de los premios Nobel de una prestigiosa universidad o pichichis de un campeonato de Liga del siglo pasado.

Si lo consigo entraré en este club y además me harán entrega de una camiseta conmemorativa. Me encantaría conseguirlo porque no gano nada competitivo desde el campeonato escolar de intercursos de 1991. Dentro de este mural de trofeos hay un Olimpo separado del resto en el que brilla el americano Randy Santel, considerado el rey de las hamburguesas, que en una exhibición en el local se comió una de 3,2 kilos como quien se toma una banderilla de encurtidos. También posa Guillermo Marquina, el Usain Bolt hiperproteico y ganador del campeonato de comedores de hamburguesas de kilo. Se acabó la suya en 4 minutos y 22 segundos.

Me tomo un pankreoflat para evitar disgustos cuando regrese al periódico para concluir mi jornada laboral. Es el calentamiento químico. El físico se basa en el hambre: sólo he desayunado un café y me siento a las dos de la tarde como una hiena del Serengueti en época de sequía.

Para la cita he hecho los deberes. He contactado a través de The Hunger Agency con Jorge González, más conocido como Joe Burgerchallenge, estrella en las redes sociales por sus retos de comida siderales. Voy a la caza de consejos y él me explica su estrategia. «No me preparo de ninguna manera», explica provocando mi decepción a la espera de un truco mágico. «Hago lo mismo que todos los días de mi rutina normal: ayuno, ejercicio y buena hidratación». Y añade: «La capacidad la tienes o no la tienes».

¿La tengo yo? Cuesta ponerse en mi lugar si tenemos en cuenta que Joe se ha llegado a zampar una hamburguesa de 3,7 kilos y se ha pasado 24 horas comiendo pizza en cada esquina en su último viaje a Nueva York. De sus desafíos, el que más me ha impresionado es la ingesta del denominado doble sándwich de la muerte. Hablamos de un bocata modo portaaviones que está relleno de 27 albóndigas rebozadas con panko, una salsa espesa de dos kilos de tomate y 500 gramos de cebolla y un buen puñado de jalapeños.

Mi moral se derrumba cuando me traen la hamburguesa que ha preparado Khalid y el plato se posa en la mesa con la contundencia de un Hércules que aterriza en la base militar de Torrejón de Ardoz.

Así que recito en silencio las palabras de Joe Burgerchallenge como si fuera el sermón de la montaña carnívora: «El ritmo depende de la capacidad de cada uno para tragar, la cantidad de saliva que produce y la fuerza de la mandíbula». ¿Habla de mí o de un gran tiburón blanco? Continúa Joe: «Lo importante es no parar de masticar para que el cerebro no piense que has dejado de comer».

Palabra de Joe, alabada sea mi futura sobremesa.

El primer objetivo consiste en que la hamburguesa no se desmonte. La carne está buena. Mastico como un cuatrero de western que masca tabaco. Con el meñique sujeto los aros de cebolla que se me dispersan como espaguetis por un desagüe. No consigo evitar el chorreo de grasa, que conforma en mi mano una crema solar de lípidos y asteriscos en un análisis de sangre para medir el colesterol.

El ritmo depende de la capacidad de cada uno para tragar, la cantidad de saliva y la fuerza de la mandíbula

Joe Burgerchallenge

Todo va bien hasta que pasados unos minutos mi cerebro lanza una alerta cuando mis ojos se fijan en el plato de patatas fritas, que forma parte del reto. No son muchas, pero el efecto resulta descorazonador. "Esto es una bomba de hidrógeno".

¡No! Joe Burgerchallenge con su barba de profeta bíblico y su apostolado me guía a través de su consejo de no dejar nunca de masticar. Recurro a todo el santoral de los tragaldabas virales de internet que he descubierto para hacer el reportaje. Como me confirmó Joe, los más grandes son el propio Randy Santel, que me sonríe desde su foto colgada en el Olimpo, el brasileño Ricardo Corbucci y Joel Hansen, referente de Canadá. Estrellas con audiencias millonarias y capacidades sobrenaturales en el arte de la digestión de la boa constrictor.

Decido desmontar la hamburguesa tirando de cuchillo y tenedor. Las partes por el todo. El todo por las partes. No funciona. Voy por el beicon y la lechuga. Los dos filetes de carne son tan gruesos que noto que su masticado me acerca a una pájara de gregario del Tour de Francia. Más agua, por favor.

El tiempo pasa, pero esto no va de cronómetro. No es un problema de ingestión, sino mental. Empiezo a sentirme como la primera víctima, la de la gula, del asesino psicópata de Seven.

Menos mal que no me está mirando Joe Burgerchallenge, porque me temo que frunciría el ceño decepcionado con mi actuación. Las fotos de clientes triunfadores que se posan sobre mí nuca me acusan de perdedor.

Tras ingerir menos de tres cuartos de hamburguesa saco una servilleta de papel a modo de bandera blanca. La gloria tendrá que esperar. Otra vez más.

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