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El Mundo
F�tima Ruiz · 2026-04-27 · via Papel

Hay personas a las que pocas veces se mira fijamente. Secundarios con trazas de heroísmo ocultas bajo una superficie mate. Gente que a menudo se queda fuera de campo, o sale enseguida de plano -azorada por si se ha hecho notar mucho- entre los fogonazos de la vida cotidiana. Un viudo que vuelve solo a una casa que se le ha vuelto un descampado. Una mujer que lava la ropa de un marido que desde ayer llevará el mismo traje para siempre. La cajera que da la vuelta en el supermercado a clientes embuclados en sí mismos y ciegos a su existencia. Un niño en una sala de hospital a la que llega con 40 años de antelación. Un padre que tiene que decirle a su padre que ya es hora de dejar de conducir... En Lo inesperado, su nueva novela, Pedro Simón (Madrid, 1971) regresa a un territorio íntimo que atraviesa sin aspavientos todas las estaciones de la condición humana: la vejez, la enfermedad, la muerte, la soledad, el amor... Y lo hace otra vez desde las minúsculas, transitando de la orilla hasta lo hondo.

Hablamos en una terraza de Madrid en la que sopla a bocanadas tibias el cambio de estación. El verano que va empujando cada año con más prisa a la primavera, como unas generaciones van desplazándose las unas a las otras. A veces de manera tan impaciente que se produce un cierto choque. Pasa ahora, por ejemplo. «Hay dos termómetros para medir la temperatura de un país», reflexiona entre sorbos de café. «Uno es el de la dignidad, cómo tratas a quien está peor que tú, ya sea a los mayores o a quienes duermen en la calle... Ahí yo veo el país bien abrochado». El otro es el de la esperanza, que mide cómo tratamos a los que vienen detrás: ahí dice que tenemos fiebre: «Los jóvenes son lo mejor de este país pese al ecosistema terrible que les hemos creado. Tienen más ancho de banda solidario y una formación menos inhibida y prejuiciosa...».

Su nuevo libro vuelve a cruzar generaciones como ya hizo en la trilogía de Los ingratos, Los incomprendidos y Los siguientes, que le ha convertido en uno de los cinco escritores más leídos del país. Un best seller de la emoción en tiempos descarnados y distópicos que ha vendido 200.000 ejemplares de un tema muy vintage: la familia como lugar donde a uno le pasa todo lo que le tiene que pasar a un ser humano: «El éxito es que no te duela nada. Ganar esa Champions que es levantarte, mirarte en el espejo, testar tus cicatrices y decirte: 'Joder, qué bien me sientan...'».

Opina que todo el mundo tiene una novela. Usted y yo, si es que abriéramos el cofre donde guardamos lo que somos de verdad. «Sólo hay que mirar allí donde uno esconde la cara que no se atreve a dar a los demás: por qué te sientes tan solo, tan incomprendido, tan maltratado en tu trabajo; por qué sigues haciendo cosas que no te gustan por aquello del qué dirán». Que niega que sea cosa del pasado ni del medio rural, como se estereotipa. Hoy vivimos en una rotunda modernidad amarrada por millones de ojos virtuales.

Simón navega el tsunami geopolítico, climático, tecnológico, laboral, energético...»- en que vivimos flotando en el salvavidas de las historias mínimas: «Jesús Montiel decía: 'Me pasé toda la vida detrás de gente que parecía interesante y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que la verdaderamente interesante es la que no lo parece'». Cuantas más velas en la tarta, más llaman la atención «los silentes, los que nunca piden que se les pase el altavoz».

En un momento de la conversación sintetiza sin querer su visión del mundo, un optimismo callejero que no esquiva la tragedia, sino que la encara de frente, rebajándole la seriedad, tomándole incluso un poco el pelo: «Lo contrario de la muerte no es la vida, sino el amor». Y lo cierto es que lleva años escribiendo justo de eso. Del amor como trinchera contra la intemperie. Como la estampa de un hombre y una mujer de ochenta años que caminan de la mano en un centro de mayores: la imagen que inspiró este libro.

"La pandemia fue algo tan marciano que salimos necesitando historias muy humanas, de gente dándose la mano"

Con Lo inesperado, el escritor vuelve a su patria literaria: la periferia de un país obsesionado, como todos los occidentales, con parecer joven, productivo y feliz. No hay en ella más épica que un día a día que a veces se pone muy en cuesta. Niños obligados a saber de leucocitos. Ancianos que van perdiendo capas de sí mismos. Temas supuestamente pasados de moda que tienen cada día más lectores. ¿Qué pasa aquí?

«Yo creo que después de la pandemia hubo un efecto rebote», medita. «Vivimos algo tan marciano, tan distópico, que salimos necesitando historias profundamente humanas. Historias de gente dándose la mano». Así, sin hacer ruido, se ha convertido en uno de los escritores más leídos de un país ensordecido por la crispación. Un país polarizado en el que «si Ayuso dice que hay que comer zanahorias medio país las repudiará, y donde el otro medio impugnará los kiwis si Sánchez los promociona».

Lo inesperado trata sobre las cosas que ocurren cuando la vida deja de obedecer el guion. «Hay una frase que dice: 'Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes'. Yo creo profundamente en eso. No hay nada escrito, todo es azar». Para empezar, lo inesperado no siempre es una desgracia. A veces también es una segunda oportunidad.

En la novela hay una historia de amor que amanece cuando ya está echándose la noche encima. Y hay algo casi subversivo en imaginar que la vida no se acaba a los 70 en un mundo tan condescendiente con los mayores. En pintar protagonistas que encarnan la verdad de que la cosa sigue hasta que se acaba. Que siempre puede pasar algo importante. Que uno puede dar la campanada enamorándose cuando el mundo ya le daba por amortizado. «Me molesta muchísimo ese paternalismo bienintencionado que muchas veces hay hacia la gente mayor. Esa gente ha tenido pasiones, se ha emborrachado, ha viajado, ha vivido muchísimo más que uno seguramente... Y sin embargo a veces se les habla infantilizándoles». Su libro intenta invertir esa mirada: «Es, probablemente, la novela más luminosa de las últimas cuatro que he escrito». En tiempos de cinismo, escribir sobre la esperanza parece casi un acto revolucionario.

Envejecer, cuenta el libro, es despojarse de capacidades, de aptitudes, de memoria, de personas... Pero también es liberador: «Llega un momento en que te da igual lo que piensen los demás. Y entonces decides salvar el fuego». Como en la imagen de Cocteau: un hombre cuya casa se está quemando y que solo puede salvar una cosa. Decide salvar el fuego. «A veces en la vida hay que salvar aquello que te sigue hipnotizando aunque te queme».

Ese fuego recorre la novela. El que destruye pero también renueva. El fuego del dolor y la culpa, de la soledad y el deterioro físico, pero también de las pasiones que sostienen. De las pequeñas rebeliones íntimas contra la tristeza protagonizadas por personajes tridimensionales, generosos pero también cansados, enfadados sin razón alguna vez. Gente que se rompe y que se pega poco a poco a pedacitos. Como Luisa, la viuda que en el libro acude a ponerse unas mechas rabiosas para colorear como puede un presente doloroso. Con humor, «un desfibrilador necesario», como lo define Simón. «Cuando noto que una novela se me está yendo demasiado hacia el dolor, meto un personaje que nos saque un poco de ahí». En esta novela son los niños quienes cumplen esa función. Esos niños que son «la versión buena de nosotros mismos, la que aún no está estropeada».

En la conversación asoma en varias ocasiones el temor al mundo que estamos construyéndoles. «Oigo a chicos de 18 años que te dicen que no van a votar porque todos los políticos son basura. Y eso me parece peligrosísimo». Le preocupa esa desmovilización, y también la pérdida progresiva de empatía o la forma en que las redes convierten cualquier debate en una guerra cultural.

«Antes el gran demonio era la televisión y ahora les decimos a los críos: ¿por qué no vemos la tele juntos? Está claro que cada salto tecnológico, y el último ha sido vertiginoso, nos enfría un poco más». Va incluso más allá: «Para mí el principio del fin del mundo empieza con internet». Y no habla de tecnofobia, sino de la constatación de que «el ser humano no está preparado para cambios tan rápidos y brutales»: inteligencia artificial, porno consumido a los 10 años, algoritmos diseñados para polarizar, redes que deforman nuestra forma de relacionarnos. «Vivimos más pendientes de la grada que del campo».

Entre tanta incertidumbre, él sigue pintando casas en sus libros. De esas en las que hay ruido: «En las que alguien deja un vaso en un sitio y cuando vuelve no lo encuentra porque otro lo ha movido». La soledad, para Simón, tiene precisamente la forma de una casa demasiado ordenada.

Hablando del abandono se acuerda de la historia de Isidoro, un anciano que pasó 12 años sin recibir más que una visita en la residencia. Después de dedicarle un reportaje, Isidoro empezó a recibir visitas continuamente. «Le jodimos la soledad», bromea. Pero detrás de la risa se adivina la inquietud de que los lazos personales se estén debilitando precisamente en un momento en el que caminamos hacia una sociedad cada día más envejecida.

Lo inesperado también habla del cuidado, que en el libro recae sobre un hombre pero que en España sigue teniendo rostro de mujer: «En nueve de cada 10 historias duras que hago en el periódico, quien aparece con los papeles, quien pelea, quien sostiene es siempre una mujer». El trabajo de reportero se filtra en su escritura, que tiene la textura de granito de lo real: «Ser reportero es como ser taxista: consiste en llevar a la gente de viaje». De viaje por esa periferia que mencionábamos y que no es un lugar meramente geográfico: «La periferia también es la enfermedad, el lugar en el que vive quien no se siente querido, quien está en una situación de desigualdad, quien se queda atrás».

Personajes que muchas veces aparecen desenfocados y nunca dan un titular: cuidadores agotados, ancianos desorientados, chavales confundidos, madres solas que viven en una perpetua hora extra. Todo ese ejército silencioso al que él mismo ha puesto voz en este diario y que batalla a diario por ir tirando. Gente que cuando se cae y se hiere, se hace un torniquete para seguir avanzando.

Eso es, al fin y al cabo, el duelo, que aparece también de manera central en la novela: «Lo de que el tiempo lo cura todo es la más cierta de todas las frases hechas». Porque no queda más remedio. Porque incluso en plena tragedia, la vida continúa empujando hacia delante. «Después del duelo hay otra pantalla de la Play que hay que jugar». Y reglas para jugarla bien. La primera es «mostrar los afectos a tiempo». Tampoco es que tengamos tanto tiempo.