























«Disculpe, camarero, hay un Musk en mi sopa». Suena exagerado, pero el hombre más rico del mundo está por todas partes. Por desgracia, resulta bastante más difícil de apartar de nuestras vidas que un inofensivo insecto. Elon Musk es omnipresente gracias a la red social X, convertida en su lodazal particular tras moldear el algoritmo a su imagen y semejanza. Pero también aparece en espacios de poder como aliado de conveniencia del presidente Donald Trump; en las calles de medio mundo, con sus Tesla; y hasta en el espacio, nublando las observaciones astronómicas con los más de 10.000 satélites de Starlink y los cohetes reutilizables de SpaceX.
Hace casi cuatro años, cuando el magnate adquirió Twitter, la búsqueda en Google de su nombre devolvía solo 159 millones de resultados. Hoy, en junio de 2026, la misma búsqueda arroja alrededor de 3.000 millones. Su impacto y presencia mediática a nivel global han crecido de forma geométrica en paralelo a su fortuna, que Forbes sitúa en torno a los 800.000 millones de dólares. Calderilla: este viernes puede duplicar esa cifra y convertirse en el primer trillonario de la Historia con la controvertida salida a Bolsa de SpaceX, que pasará a ser una de las empresas más valiosas del planeta.
Sin embargo, detrás de las obscenas cantidades de dinero que maneja, de su obsesión con una humanidad interplanetaria, de los memes sin gracia y de los tuits racistas hay algo más importante: el muskismo.
El término es el centro de gravedad del ensayo Muskismo: Elon Musk y la nueva era posliberal, escrito a cuatro manos por el tecnólogo Ben Tarnoff y el historiador Quinn Slobodian y recién publicado en España por la editorial Taurus. Su subtítulo original (A Guide for the Perplexed) responde mejor a las verdaderas intenciones de sus autores: «Una guía para los que están perplejos no sólo ante Musk, sino ante la coyuntura histórica en la que nos encontramos», explica el dúo de muskólogos en sus primeras páginas.
Para Tarnoff y Slobodian, más allá del hombre, ya sea en su acepción de «salvador, payaso, malvado, o adicto», lo más relevante es su condición de síntoma. Su influencia es inequívoca en una era marcada por el auge de la ultraderecha, el creciente dominio de las empresas tecnológicas y un proceso desglobalizador impulsado especialmente desde Estados Unidos.
«Cada época del capitalismo da lugar a figuras arquetípicas que, gracias a su intuición o a su capacidad, logran aprovechar las oportunidades a medida que surgen. Por lo general, no son ellas quienes crean esos contactos ni esas condiciones, sino que se convierten en un síntoma porque son capaces de percibir, al más alto nivel, las oportunidades de lucrarse que se presentan en un momento dado», concreta desde el otro lado del Atlántico por videollamada Slobodian, profesor de Historia en la Boston University.
Autor de obras de referencia como Globalistas (Capitán Swing) o Crack-Up Capitalism, el canadiense lleva más de una década siguiendo el rastro a una obsesión compartida por la extrema derecha y los gurús de Silicon Valley: la fractura deliberada del orden global. Su propósito es claro: desmantelar la vieja democracia para erigir sobre sus ruinas un mundo donde los ciudadanos sean clientes y el mercado, el único soberano.
Y nadie encarna mejor esta tendencia que Elon Musk.
«Es, en primer lugar, un síntoma del frenesí de los inversores en torno a la privatización de internet en la década de 1990», afina Slobodian. «Pero también es un síntoma de una nueva relación entre el ejército y el sector privado tras la guerra global contra el terrorismo y de la voluntad de repensar la política industrial bajo las presiones del cambio climático, con la necesidad de promover una transición energética. Es alguien a quien puedes observar y descubrir que algo más profundo está sucediendo a su alrededor, sin convertirlo en el agente de la Historia o en el único actor que la está moldeando».

Musk, en el foro de inversores y empresarios tecnológicos America PAC celebrado en Lancaster (Pensilvania) en 2024.GETTY
A pesar de que su intención es radiografiar las causas y efectos del muskismo más allá de la figura del tecnoseñor feudal, Slobodian y Tarnoff exploran la biografía de Musk para hallar indicios y respuestas. De hecho, el ensayo surge como respuesta a la biografía publicada en 2023 por Walter Isaacson. Un tocho de 700 y pico páginas mucho más centrado en intensificar las luces que en disipar las sombras de un tipo empeñado en parecerse a un supervillano de Marvel.
No hay etapa más decisiva para la forja de un carácter que la niñez y la juventud. No obstante, la clave de lo que vendría después no estaría tanto en el acoso escolar que sufrió el pequeño Musk en el colegio o el maltrato paterno que lo marcó para siempre. El árbol genealógico del muskismo hunde sus raíces en la utopía radical de su abuelo, Joshua Haldeman, miembro activo de la tecnocracia. «Un movimiento que quería matar el capitalismo y la democracia de un solo tiro», afirman Tarnoff y Slobodian.
Fundado por el ingeniero Howard Scott en 1933, el movimiento «imaginaba una sociedad gobernada por la dictadura de los ingenieros». Tras su ilegalización en Canadá, Haldeman emigró en 1950 a una Sudáfrica que daba los primeros pasos hacia la segregación racial del apartheid. Aquella atmósfera propició lo que los autores denominan «futurismo fortificado»: la creencia ciega en que la tecnología es la única solución para fortalecer la autosuficiencia en un mundo hostil.
«Desde sus inicios, el apartheid fue un proyecto basado en los datos: una tecnocracia reaccionaria que concebía la sociedad como un sistema que debía optimizarse».
Ésa es otra clave del muskismo: la visión del mundo como un código informático corrupto. «La empatía por otros seres humanos es un exploit -una vulnerabilidad en nuestro software mental- manipulada por agentes nocivos para empujar a Occidente hacia el suicidio de la civilización», señalan los autores del libro, que retratan a un tipo capaz de afirmar sin sonrojarse que «la empatía suicida es como una enfermedad autoinmune, el cuerpo se ataca a sí mismo».
"El 'muskismo' se alimenta del lenguaje de la crisis y la emergencia constante"
Quinn Slobodian, coautor de 'Muskismo'
Musk se ve a sí mismo como el Arquitecto de Matrix, el autodenominado tecnorey destinado a gobernar el planeta desde detrás de la pantalla de un ordenador, como si fuéramos avatares de un videojuego en el que él siempre gana porque juega en modo Dios.
«Musk no se limita a vender coches, cohetes o satélites», sostienen Slobodian y Tarnoff. «Vende la fantasía de que, en un mundo cada vez más inestable, tanto los Estados como los individuos pueden fortalecer su autosuficiencia conectándose a sus infraestructuras. La paradoja es que, al hacer eso, uno se vuelve dependiente de él. Lo que se vende como tecnosoberanía es entrar en el jardín amurallado de Musk, y él tiene la llave de ese jardín».
Si el siglo XX se movió al ritmo que marcó Henry Ford, el siglo XXI lo hace al que impone Elon Musk. Pero hay un abismo entre ambos. El fordismo metió a miles de obreros en una fábrica para abaratar el coche y poner a todo el mundo sobre ruedas. El muskismo, en cambio, ya no necesita un ejército de trabajadores: prefiere un ecosistema de robots y algoritmos diseñado para resistir las crisis de un mundo imprevisible.
La gran diferencia entre los dos pioneros es que Musk ha llevado la integración vertical al extremo absoluto. El estadounidense quería controlar el suministro de los materiales, pero el sudafricano quiere controlarlo todo: fabricar el coche eléctrico y las baterías de las que depende, escribir el código de la IA y, por si fuera poco, lanzar sus propios satélites al espacio para que sus máquinas nunca se queden sin cobertura.
«El muskismo se alimenta del lenguaje de la crisis y la emergencia constante (colapso climático, colapso demográfico, riesgo de extinción)», se puede leer en el libro. «Ante esto, ofrece una promesa de soberanía tecnológica y supervivencia, pero de carácter profundamente excluyente: una salvación tecnocrática reservada sólo para unos pocos elegidos, mientras que el resto queda subordinado a la máquina o marginado».
"Él reconoce al Estado como un adversario muy importante, pero también, en cierto modo, como el socio sin el cual nada es posible"
Para construir su imperio, Musk se ha ceñido a los mandamientos de uno de sus mentores, Peter Thiel, fundador de Palantir convencido de que el Anticristo son las políticas medioambientales, la burocracia y las iniciativas que pretenden regular el desarrollo tecnológico: «Pierde dinero durante años persiguiendo el crecimiento. Crea un mercado, no un producto. No te preocupes por los ingresos hasta que no llegues a la hiperescala; entonces usa tu posición monopolista para conseguir megabeneficios. Idolatra a tu fundador como si fuera un príncipe visionario».
Frente al neoliberalismo que propugna la libertad individual y reducir el poder público a un papel de mero árbitro y garante legal, cuya única función sea proteger la propiedad privada y asegurar el libre mercado, «el problema de Musk con los Estados no es que existan, sino que a veces son impredecibles y plantean un problema: las elecciones democráticas periódicas», señala Slobodian.
«Si miras el folleto de la salida a Bolsa de SpaceX, la lista más larga de factores de riesgo son las leyes y regulaciones que podrían cambiarse para ir en contra de sus objetivos. Él reconoce al Estado como un adversario muy importante, pero también, en cierto modo, como el socio sin el cual nada es posible».
Y es que, para lograr las cuantiosas inversiones estatales que han cimentado el imperio de Musk tanto en Tesla como en SpaceX, todo vale. Porque Musk es al mismo tiempo el rey, el as y el joker de la baraja, según le convenga. Como buen tahúr, lo que domina son las trampas.
Una reciente investigación de The New York Times ha revelado que de las más de 600 promesas que ha hecho Elon Musk en los últimos años, sólo ha cumplido aproximadamente el 19% de ellas. Gracias a estas fabulaciones y mentiras nada piadosas, el magnate ha construido un enorme castillo de naipes a base de pelotazos en forma de subvenciones, un indudable olfato empresarial y un mesianismo desprovisto de cualquier rastro de humildad.
"Es posible que en el futuro se recuerde positivamente a Musk como a Napoléon o como quien provocó la caída de EEUU"
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