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El presidente estadounidense Donald Trump volvió a captar todas las miradas con su característico estilo directo y seguro de sí mismo. Al llegar el último a una sesión de trabajo dedicada al desarrollo internacional, el mandatario se detuvo brevemente frente a la mesa donde ya estaban sentados los demás jefes de Estado y de Gobierno para lanzar una contundente afirmación: "Yo soy el jefe" (o "C'est moi le patron"), antes de ocupar su lugar con una amplia sonrisa. La declaración, lejos de generar un conflicto diplomático, provocó risas entre los líderes presentes, momento en el cual Trump aprovechó para estrechar la mano del presidente francés, Emmanuel Macron.
A pesar de su histórica reticencia hacia los foros multilaterales, Trump se mostró sorprendentemente acomodador durante las jornadas en Francia, aunque no pudo evitar quejarse de que hacía "demasiado calor" en la sala de reuniones debido a su preferencia por el aire acondicionado a máxima potencia. Esta actitud constructiva permitió que el estadounidense aceptara ratificar un texto conjunto sobre Ucrania, un gesto poco común en comparación con la tendencia a rechazar comunicados comunes mostrada en su primer mandato. En dicho documento, los países del G7 se comprometieron a incrementar la presión sobre la economía rusa a través de sanciones a sus exportaciones de hidrocarburos y a reforzar la defensa aérea y las capacidades de largo alcance ucranianas.
Más allá de la anécdota, los líderes centraron sus conversaciones en los desequilibrios económicos globales, las tensiones comerciales y los crecientes costes de la energía. La cumbre contó además con la presencia de países socios como India, Corea del Sur y Kenia, con quienes se discutieron retos comunes como el desarrollo sostenible y las reformas de las instituciones financieras internacionales. Uno de los momentos de mayor satisfacción para el mandatario fue la mención en la declaración final al acuerdo entre Estados Unidos e Irán, destacando que fue logrado bajo su "liderazgo firme". Como broche final a su estancia, Trump aceptó prolongar su viaje para disfrutar de una cena de gala con Macron en el Palacio de Versalles, un escenario de gran lujo acorde a sus gustos personales.






















