


















Antes de SpaceX, el espacio era una industria de costes astronómicos y ambiciones limitadas. Lanzar un satélite costaba millones. Construir una constelación global era una extravagancia. Hablar de ciudades en Marte, directamente ciencia ficción.
Si algo hemos aprendido estos últimos años, es que con Elon Musk lo improbable rara vez es una opción descartable. Y ayer mismo lo demostró con la salida a bolsa de SpaceX, la más grande de todos los tiempos. Pero, ¿cómo una compañía nacida de un delirio como establecerse en Marte ha conseguido llegar tan lejos?. La respuesta es Silicon Valley. Porque su éxito es la culminación de una de ideas fundacionales del valle donde se encuentran compañías como Apple, Google, Meta o NVIDIA: utilizar la innovación tecnológica para transformar sectores de forma completa.
La economista AnnaLee Saxenian que lleva décadas sosteniendo que la ventaja de Silicon Valley no radica únicamente en su capacidad para innovar, sino en su habilidad para reorganizar industrias enteras mediante redes flexibles de talento, capital y conocimiento . Vista desde esa perspectiva, SpaceX es la extensión de esa lógica en una de las industrias más complejas y costosas del planeta.
"Somos capaces de lograr avances tecnológicos transformadores porque solo aceptamos las leyes de la física como factores limitantes de nuestro trabajo y nuestra misión" apunta la compañía en su folleto de salida a bolsa.
Hasta hace poco, la industria aeroespacial seguía funcionando bajo una estructura casi artesanal: cada lanzamiento requería fabricar hardware nuevo y asumir costes multimillonarios. Este modelo era heredero de una tradición que se remonta a los inicios de la era espacial.
Tras el lanzamiento del Sputnik, la NASA asumió la responsabilidad de definir la estrategia espacial de Estados Unidos y, durante décadas, colaboró con grandes contratistas aeroespaciales para diseñar, desarrollar y construir las naves necesarias para cada misión. La idea dominante era que la exploración espacial debía permanecer bajo control público. Como señaló la historiadora de la NASA Joan Lisa Bromberg al describir aquellos años, "la política espacial nacional no debía dejarse en manos de empresas privadas".
El modelo aportó grandes logros históricos. El mayor de todos, la llegada del hombre a la Luna en 1969. Sin embargo, tras décadas de expansión el paso se hizo lento, burocrático y caro.
En ese contexto aterriza Elon Musk y SpaceX. El sudafricano empleó su riqueza (con la venta de Paypal sumó 180 millones de dólares) para superar las barreras de entrada de elevados costes fijos, lanzando una compañía basada en nuevos enfoques de la tecnología y la gestión del acceso al espacio.
Cuando apenas contaba con cuatro años de vida y poco menos de 100 empleados, a SpaceX le llega su primera gran oportunidad. En 2006, la NASA lo fichó en el marco del desarrollo del programa COTS para entregar carga y también astronautas a la Estación Espacial Internacional. Por entonces, Musk ya había desarrollado el Falcon 1, el primer cohete construido por una empresa aeroespacial de financiación privada en alcanzar la órbita. Sin embargo, SpaceX era más conocida por sus fracasos que por sus escasos éxitos. Sus métodos de trabajo rompían con muchas de las convenciones de la industria: equipos reducidos, ciclos rápidos de prueba y error, una fuerte integración vertical y una obsesiva reducción de coste. La máxima de Silicon Valley de “fracasar deprisa, fracasar avanzando” despierta escepticismo y recelos a partes iguales entre los actores tradicionales del sector espacial.
Ni una, ni dos ni tres. El éxito les llegó al cuarto intento. En 2008, SpaceX logró el hito, ser la primera empresa privada en lanzar un cohete de combustible líquido a la órbita terrestre. Un acierto casi en el tiempo de descuento y con lo último que les quedaba de capital. Desde entonces, han completado aproximadamente 650 lanzamientos espaciales.
Aunque, la verdadera hazaña no radicó en replicar lo que la industria llevaba haciendo desde los años sesenta, sino en alterar la estructura de costes.
Había llegado la segunda mano. “Si queremos ir a la Luna, si queremos ir a Marte, que es el objetivo declarado… No hay manera de lograrlo con el presupuesto actual de la NASA a menos que haya mejoras drásticas en los costes” avanzó Musk en una entrevista en CNN en 2004. Y la predicción, se cumplió.
Musk cambió las reglas del juego al convertir la reutilización en el eje central de su negocio. Como explicaba ante inversores el propio Musk: "es como si después de un vuelo comercial el avión es tirado a la basura". SpaceX cuestionó ese must y demostró que recuperar y reutilizar cohetes podía llevar a la industria a territorios desconocidos y muy rentables.
El impacto fue inmediato. El Falcon 9 bajó el coste de lanzamiento hasta unos 2.700 dólares por kilogramo, frente a una media histórica cercana a los 18.500 dólares. Más tarde, el Falcon Heavy rebajó esa cifra hasta aproximadamente 1.400 dólares por kilogramo.
Ahora la compañía apunta todavía más alto. Starship, el vehículo de lanzamiento más potente jamás desarrollado, está diseñado para transportar cargas útiles mucho mayores y reducir el coste de acceso a la órbita en más de un 99% respecto a los niveles históricos. Si cumple sus objetivos contribuirá al desarrollo de una base lunar y al transporte directo aquí en la tierra. "Con el negocio de lanzamientos de menor coste del mundo, SpaceX está preparada para ampliar su alcance en banda ancha/móvil e inteligencia artificial para aplicaciones de consumo, empresariales y gubernamentales" comenta a Business Insider España , Evelyn Chow, gestora de Neuberger.
Al redefinir la economía espacial, SpaceX pasa a ser un socio estratégico para gobiernos y agencias espaciales de todo el mundo. Pero, en la cabeza de Musk siempre hay algo más. La compañía aprovechó esa misma ventaja para desarrollar Starlink, un proyecto cuya escala habría sido difícil de imaginar bajo el modelo tradicional de la industria aeroespacial. La red global de Internet por satélite de la empresa representó más del 60% de las ventas y generó más de 4.000 millones de dólares en ingresos de explotación.
"Su modelo verticalmente integrado -diseño de cohetes, lanzamiento de satélites y monetización de la conectividad- ofrece una combinación poco común de capacidad industrial e ingresos recurrentes" apunta Ben Ritchie, director de renta variable de mercados desarrollados de Aberdeen Investments.
Desde el lanzamiento de sus primeros satélites en 2019, la red suma 9.600 satélites en órbita terrestre baja lo que la sitúa como la constelación de satélites operativa del mundo más amplia. Su ritmo de despliegue es extraordinario: el equivalente a entre cuatro y cinco satélites nuevos al día durante los últimos seis años.
En la actualidad, es el principal motor de ingresos de SpaceX y saca sin inmutarse los colores a la competencia. Por ejemplo, a Jeff Bezos con solo 200 satélites en órbita. El de Amazon, que ha anunciado una inversión de 11.000 millones de dólares, ha dedicado miles de millones y aproximadamente una década en el desarrollo de New Glenn, un cohete de 29 pisos de altura con una primera etapa reutilizable, diseñado para competir con la flota Falcon de SpaceX y su Starship, más potente. Hasta el momento, no ha estado a la altura de su rival. Hace apenas unas semanas su cohete explotó en una plataforma de lanzamiento en Florida.
Claro que, para alcanzar este nivel de eficiencia, SpaceX ha invertido más de 15.000 millones de dólares en el desarrollo de este sistema de próxima generación.
Pese a lo alcanzado, Elon Musk se ve capacitado para una nueva misión. Como indica a Business Insider España, François Rimeu, estratega sénior de Crédit Mutuel Asset Management: “ser valorado como un proveedor de infraestructura potencialmente indispensable para la futura expansión de la inteligencia artificial”. De otra manera, su actual valoración sería difícil de justificar. En 2025, SpaceX se apuntó unas pérdidas netas de unos 4.900 millones de dólares en 2025. En resumen, "se está pidiendo a los inversores que financien un negocio que se encuentra todavía en plena fase de inversión" indica Ben Ritchie.
En una nueva era de crecimiento, su objetivo para por controlar simultáneamente tres capas estratégicas de la economía digital: transporte espacial, conectividad global y capacidad de computación para inteligencia artificial. Un negocio 360 en el que ve, “el mayor mercado potencial accesible de la historia de la humanidad”. Las estimaciones internas apuntan a un universo de oportunidades que asciende a 28,5 billones de dólares.
El espacio aportaría unos 370.000 millones, mientras que la conectividad, incluyendo la banda ancha fija y móvil de Starlink, sumaría 1,6 billones. El grueso, sin embargo, procede de la IA, donde calculan un mercado potencial de 26,5 billones de dólares tanto en la Tierra como en el espacio gracias a aplicaciones empresariales, infraestructura de IA, suscripciones de consumo o publicidad digital.
Y, si bien es cierto que la IA concentra casi el 93% del mercado potencial identificado por la compañía, el grupo reconoce que su negocio en este ámbito se encuentra todavía en una fase temprana. Requiere inversiones masivas en computación, energía e infraestructura y opera en un sector caracterizado por cambios tecnológicos constantes, una competencia feroz y elevadas necesidades de capital. Una franqueza poco habitual en un folleto de salida a bolsa. Y no es la única.
Advierte a los posibles inversores que mercados que hoy forman parte de su narrativa de crecimiento, como la fabricación industrial en órbita, la producción energética en la Luna, el transporte comercial marciano o incluso la minería de asteroides, sencillamente no existen en la actualidad. Incluso avanza que la basura espacial y la contaminación lumínica puede dañar su negocio satelital. "Hay una frase de Damodaran que lo explica mejor que nadie: una empresa se financia de dos formas, vendiendo números o vendiendo historias. SpaceX vende una historia, y de las grandes… Marte, los cohetes, el futuro, etc... El mito es el producto" recuerda a Business Insider España Franco Macchiavelli, analista y asesor financiero.
Y, quizá ahí reside su paradoja más elocuente. Al más puro estilo Silicon Valley, SpaceX aspira a ser valorada no por lo que es, sino por lo que puede conseguir.
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