




















En China, a instalar OpenClaw le llaman criar langostas, y no es una metáfora, es debido a que el logotipo de este agente de inteligencia artificial de código abierto es una langosta, y desde que empezó a circular por el país a principios de año se ha convertido en algo parecido a una mascota tecnológica nacional. Miles de personas hacen cola frente a las oficinas de Tencent en Shenzhen para que les configuren su langosta, las plataformas de comercio electrónico venden guías de instalación por entre 100 y 700 yuanes, y lo que arrancó como un experimento de un programador austríaco llamado Peter Steinberger se ha transformado en todo un fenómeno.
OpenClaw es, en esencia, un asistente virtual que puede tomar el control de un dispositivo y ejecutar tareas de forma autónoma. El software funciona en local y se conecta con modelos de lenguaje como Claude, DeepSeek o los GPT de OpenAI para hacer de todo, desde gestionar correos electrónicos y calendarios hasta automatizar flujos de trabajo enteros. Steinberger lo publicó por primera vez en noviembre de 2025 bajo otro nombre, tuvo que cambiarlo dos veces por problemas de marca registrada y acabó bautizándolo OpenClaw a finales de enero. En apenas semanas, el proyecto acumuló más de 247.000 estrellas en GitHub, convirtiéndose en uno de los repositorios de código abierto con el crecimiento más rápido de la historia.
Pero lo que realmente ha llamado la atención es la velocidad con la que ha brotado un ecosistema económico alrededor de esta herramienta en China. Feng Qingyang, un ingeniero de software de 27 años afincado en Pekín, empezó a trastear con OpenClaw en enero y al poco tiempo publicó un anuncio en Xianyu, una plataforma de venta de segunda mano, ofreciendo servicios de instalación remota disponibles en 30 minutos. Lo que comenzó como un trabajo extra se convirtió en una empresa con más de 100 empleados y 7.000 pedidos completados.
Feng no es un caso aislado. Un influencer tecnológico y emprendedor retransmitió en directo una demostración de las capacidades de OpenClaw que acumuló 20.000 visualizaciones y disparó el interés entre personas sin formación técnica que querían subirse a la ola. Xie, otro entusiasta del sector, asistió en pocas semanas a tres eventos dedicados a OpenClaw en Shenzhen, cada uno con más de 500 asistentes. El más grande, celebrado el 7 de marzo, reunió a más de 1.000 personas en un recinto donde apenas cabían de pie. La ciudad de Shenzhen ha llegado a ofrecer subvenciones a negocios construidos sobre OpenClaw, y Wuxi, en el este del país, anunció ayudas de hasta cinco millones de yuanes para aplicaciones industriales relacionadas con esta tecnología.
Lo que diferencia a OpenClaw de otras herramientas como Manus, el agente de IA desarrollado por la startup pekinesa Butterfly Effect, es que OpenClaw se instala y se ejecuta en el propio dispositivo del usuario, lo que ofrece más control y flexibilidad pero también más responsabilidad. Algunos analistas lo resumen diciendo que usar Manus es como alquilar un robot, mientras que con OpenClaw eres tú quien lo construye y lo gestiona desde casa.
Y ahí es precisamente donde aparecen los problemas. El software necesita acceder a cuentas de correo, calendarios y plataformas de mensajería para funcionar, lo que lo convierte en un objetivo atractivo para ciberataques. El equipo de seguridad de IA de Cisco probó una extensión de terceros para OpenClaw y descubrió que extraía datos del usuario y ejecutaba inyecciones de instrucciones sin que este se enterase. Las autoridades chinas han empezado a tomar nota y ya han prohibido el uso de OpenClaw en empresas estatales, aunque eso no ha frenado la adopción entre particulares y pymes.
Peter Steinberger, por su parte, anunció en febrero que se incorporaba a OpenAI y que dejaba el proyecto en manos de una fundación sin ánimo de lucro.
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