

























La inteligencia artificial ya forma parte del día a día de la banca europea. De hecho, más del 85 % de los bancos supervisados por las autoridades europeas utilizan esta tecnología para optimizar sus procesos, mejorar la gestión de riesgos y reforzar la ciberseguridad.
Pero el avance de la IA tiene una doble cara. Mientras ayuda a las entidades financieras a ser más eficientes y seguras, también proporciona a los ciberdelincuentes herramientas cada vez más sofisticadas para lanzar ataques, automatizar fraudes o explotar vulnerabilidades a gran escala. El Banco Central Europeo está decidido a garantizar que eso no suceda.
Así lo ha asegurado la presidenta del BCE, Christine Lagarde en un discurso pronunciado el miércoles en Venecia: "No podemos detener la inteligencia artificial, ni siquiera con nuestras sólidas regulaciones, lo que sí podemos hacer es prepararnos para que nuestros ciudadanos puedan beneficiarse de ella y estar protegidos de sus peligros" indica. Porque para la francesa, la gran cuestión de nuestro tiempo no es si la inteligencia artificial transformará el sistema financiero, sino cómo hacerlo sin poner en riesgo su estabilidad.
Con ese objetivo, el BCE ya ha puesto a prueba la capacidad de respuesta del sector financiero europeo mediante un simulacro de ciberataque de gran magnitud en el que participaron 109 bancos. La buena noticia es que la mayoría de las vulnerabilidades detectadas ya han sido corregidas. Sin embargo, Lagarde considera que el trabajo está lejos de haber terminado.
Los supervisores europeos se dirigirán ahora a los directores ejecutivos de los bancos para asegurarse de que sus entidades estén preparadas para afrontar posibles ataques impulsados por inteligencia artificial. Un desafío que, según el BCE, exigirá importantes inversiones en tecnología, seguridad y resiliencia operativa.
Ante este escenario, la presidenta del BCE defiende la necesidad de establecer una gobernanza global de la inteligencia artificial, comparable a los acuerdos de no proliferación que contribuyeron a preservar la estabilidad mundial durante la Guerra Fría. Escenarios que antes se consideraban riesgos extremos podrían volverse más probables, como vulnerabilidades en una infraestructura única y ampliamente utilizada que rápidamente se conviertan en una interrupción en todo un sector, con efectos en cadena en la capacidad operativa de los bancos.
En Europa, además de reforzar la seguridad de bancos y empresas, considera esencial avanzar en la unión de los mercados de capitales y mantener una supervisión rigurosa.
El objetivo es claro: aprovechar el enorme potencial de la inteligencia artificial sin permitir que sus riesgos desemboquen en una nueva crisis financiera. Como concluyó Lagarde: “Garantizar que esta revolución tecnológica no se convierta en una crisis financiera es la mejor manera en que el Banco Central Europeo puede servir a los ciudadanos de Europa”.
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