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Ya no habrá que pagar a los CEOs
Luis Wertman Zaslav · 2026-06-19 · via El Financiero

Imagine la siguiente escena. Un padre de familia despierta antes del amanecer. Revisa mensajes, atiende pendientes, organiza gastos, prepara el día y piensa en cómo asegurar un mejor futuro para quienes dependen de él. Al mismo tiempo, una joven estudia y trabaja porque sabe que el mundo que recibirá será muy distinto al de sus padres. En otro lugar, una pequeña empresaria abre su negocio con la esperanza de vender un poco más que ayer. Ninguno de ellos dirige una gran corporación. Ninguno aparece en revistas de negocios. Sin embargo, todos comparten la misma preocupación: ¿cómo seguir siendo valiosos en un mundo que cambia cada vez más rápido?

Durante años escuchamos que la tecnología transformaría nuestras vidas. Lo vimos con los teléfonos inteligentes, internet y las redes sociales. Pero lo que estamos observando ahora es diferente. La Inteligencia Artificial ya no solamente ayuda a buscar información. También puede redactar documentos, analizar contratos, detectar riesgos, responder a clientes, diseñar estrategias, interpretar datos y realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivas de especialistas altamente capacitados.

Por eso comienza a surgir una pregunta que hace apenas unos años habría parecido absurda: ¿llegará el día en que ya no sea necesario pagarles a ciertos CEOs para tomar muchas de las decisiones que hoy justifican sus enormes salarios?

La pregunta es provocadora, pero la respuesta es mucho más profunda de lo que parece. Porque esta historia no trata sobre directores generales. Trata sobre todos nosotros.

Durante mucho tiempo pensamos que las máquinas sustituirían únicamente el trabajo físico y repetitivo. Imaginábamos robots ensamblando piezas o automatizando procesos industriales. Lo que pocos anticiparon es que también comenzarían a realizar parte del trabajo intelectual. Hoy una Inteligencia Artificial puede analizar en segundos información que una persona tardaría días o semanas en procesar.

Y esto genera una mezcla de emociones. Curiosidad para algunos. Entusiasmo para otros. Incertidumbre para muchos. Es natural. Cada generación enfrenta transformaciones que obligan a replantear certezas. Nuestros abuelos vieron llegar la televisión. Nuestros padres observaron la expansión de las computadoras. Nosotros estamos presenciando el nacimiento de herramientas capaces de aprender, recomendar y actuar con niveles de velocidad jamás vistos.

Sin embargo, existe una diferencia entre hacer una tarea y comprender a una persona. Una máquina puede analizar miles de currículums. Pero no puede comprender completamente los sueños de quien busca una oportunidad. Puede identificar patrones de consumo. Pero no entiende el sacrificio detrás de cada peso que una familia gana con esfuerzo.

Puede optimizar procesos. Pero no sabe lo que significa acompañar a alguien en un momento difícil. Puede calcular. Pero no puede sentir. Y ahí aparece la verdadera reflexión. La pregunta no es qué pueden hacer las máquinas. La pregunta es qué seguirá distinguiendo a los seres humanos.

La respuesta está frente a nosotros: la confianza, la empatía, la creatividad, la ética, la capacidad de colaborar, la habilidad para construir acuerdos, la sensibilidad para escuchar. La fortaleza para actuar correctamente incluso cuando nadie está observando. No estamos en una época de cambios. Estamos en un cambio de época.

Y en cada cambio de época surgen quienes se paralizan y quienes se preparan. Los que se aferran al pasado y los que aprenden. Los que ven amenazas por todas partes y los que descubren oportunidades. La historia favorece a quienes deciden evolucionar.

Por eso el desafío más importante no es tecnológico, es humano. No se trata de competir contra la Inteligencia Artificial. Se trata de desarrollar aquellas capacidades que la tecnología no puede replicar plenamente.

Las organizaciones del futuro necesitarán herramientas más inteligentes, pero también personas más conscientes. Necesitarán sistemas más eficientes, pero también líderes más humanos. Necesitarán velocidad, pero también criterio. Necesitarán datos, pero también valores.

Porque cuando una decisión afecta a personas, la responsabilidad no puede desaparecer detrás de un algoritmo. Al contrario. Mientras más poderosa sea la tecnología, mayor deberá ser nuestra responsabilidad. Mientras más automatizados sean los procesos, más importante será la confianza. Mientras más información exista, más valioso será el buen juicio.

Quizá llegue el día en que una Inteligencia Artificial administre operaciones completas, supervise inversiones, optimice presupuestos y realice gran parte de las funciones que hoy asociamos con altos ejecutivos.

Es posible. Pero seguirá existiendo algo irremplazable. La capacidad de inspirar. La capacidad de generar confianza. La capacidad de unir personas alrededor de una visión compartida. Porque las personas pueden admirar la inteligencia de una máquina, pero siguen necesitando creer en otras personas.

Siguen necesitando maestros que formen, padres que orienten, ciudadanos que participen, comunidades que colaboren y líderes que inspiren. La innovación transforma herramientas. La tecnología multiplica capacidades.

Pero la confianza sigue siendo el puente que conecta a las personas y hace posible cualquier proyecto colectivo. Por eso, quizá algún día ya no haya que pagarles a ciertos CEOs para tomar decisiones técnicas. Pero siempre necesitaremos seres humanos capaces de tomar decisiones correctas.

Personas que comprendan que el verdadero liderazgo no consiste en controlar algoritmos, sino en servir a los demás. Porque al final, el futuro no pertenecerá a quienes tengan la tecnología más poderosa. Pertenecerá a quienes sepan utilizarla con responsabilidad, con propósito y con valores.

Y eso comienza recordando una verdad sencilla que nunca pasará de moda. ¡Hacer el bien, haciéndolo bien!