






















Los colores de un equipo de fútbol se llevan por dentro, grabados como un blasón de identidad emocional que queda impreso en la memoria del aficionado desde el instante en que entra por primera vez a un estadio y sube agarrado de la mano paterna ... las escaleras de cemento. Yo tenía cinco años cuando mi padre, que en su juventud había visto jugar a Bernabéu de interior derecho, me llevó a ver al Real Madrid en el viejo Pizjuán, en una silla muy cercana a la banda por donde corría Paco Gento. El madridismo 'de provincias' tiene poco que ver con esa exigente afición capitalina acostumbrada a pitar al equipo cuando está disconforme con el juego; es una experiencia entre el orgullo y el sufrimiento de saberse minoría en medio de la atmósfera hostil de los campos ajenos. Aquel día de marzo de principios de los sesenta, 0-5 al Sevilla, aún no podía comprender hasta qué punto la conciencia de un niño asimila el rito iniciático de un sentimiento nuevo capaz de forjar un vínculo memorial invulnerable al paso del tiempo. El mismo que muchos años después sorprendió a Florentino Pérez cuando me vio llorar en la capilla ardiente de Di Stéfano.
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