






















Fue una pesadilla. El 28 de abril de 1945, una muchedumbre se congregó alrededor del cadáver de Benito Mussolini en la Plaza de Loreto de Milán. Durante horas, los restos del fascista fueron vejados junto con los de su amante, Clara Petacci. Los partisanos ... y los civiles les escupieron, les arrojaron excrementos, orinaron sobre ellos… y hasta les dispararon a bocajarro. Fue el final de un dictador que, durante 21 años, había dirigido el país al amparo de los aplausos de la sociedad. «Su muerte no redime al pueblo italiano, más bien todo lo contrario. La república se originó a partir de esa escena de terror, esa es la maldición que nuestra democracia lleva a cuestas desde entonces».
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