

























Francisco Sotillo, junto con una cuadrilla de 33 hombres, llegó el día viernes 26 de junio, es decir, dos días después de los terremotos, a Caraballeda, sector Caribe, estado La Guaira.
La intención es una sola: “Ayudar a todo el que podamos”, señala el capataz al precisar que vinieron desde El Tigre, estado Anzoátegui, representando a las empresas Teca, Yamba y Remoca.
“¡Esto es un desastre!”, afirma Sotillo, al no encontrar explicación de cómo 80 segundos acabaron con la vida de miles de personas.
“Estamos aquí, padeciendo y sufriendo igual que ellos; hay muchos familiares buscando, lamentablemente, a los que desvivieron”, indica con sus ojos humedecidos, y su voz entrecortada, al recordar que también es padre.
Sotillo habla por teléfono, dirige la excavación, responde al que llega y a quien se va; mantiene el orden en las gandolas-dormitorio-comedor, y detalla los nombres y número de equipos que trajeron desde tan lejos. “Tenemos tres retroexcavadoras, un montacargas 938, una grúa de 70 toneladas, dos camiones de soldadura, dos vacúums de agua fresca”, dice al recordar que falta “el equipo de traslado, que son cinco logoyos, dos volquetas de recolección de escombros y cinco camionetas de escolta”.
Estos humildes hombres conforman una gran familia, pues como tal se relacionan: el enfermo se apoya, al cansado se le deja dormir, al que está picando concreto bajo el sol, se le pasa una botella de agua; de a ratos se reúnen para sentarse un poco, aunque siempre quedan de guardia algunos sobre los escombros, buscando la manera de partirle el alma a una tremenda loza de concreto que impide la búsqueda.

En silencio comulgan con el dolor y la agonía de los familiares que no pierden la esperanza de encontrar a sus seres queridos, quienes también se ponen manos a la obra, sin importar la molestia del hombro; la inflamación de algún músculo, que también se lesiona de llevar 11 días tragando tierra, picando piedra, cortando cabillas y haciendo túneles para penetrar las entrañas de la edificación que sin vergüenza alguna muestra su más íntima estructura.
En colaboración a familiares de otros edificios de la zona, han encontrado unos 14 desvividos, habitantes del sector Caribe, Campo de Golf. “Lamentablemente sabemos ya que las personas fallecieron, y ayudamos a recuperar los cuerpos”, señala.
Las jornadas de trabajo no tienen horario: pueden concluir a las tres o cinco de la mañana, para iniciar nuevamente a las nueve del mismo día.
En la zona no hay luz, y la mayoría de los edificios de alrededor también se derrumbaron. Por esa razón, con las dos plantas eléctricas que tienen, conectan y utilizan los martillos eléctricos, encienden lámparas y trabajan hasta la medianoche. Aguantan hasta que el cansancio pega.
A la población de La Guaira les hace saber, en nombre de todos sus compañeros que, “no están solos. Los estamos acompañando”.
Explica que hay quienes pasan y les piden ayuda. “En este momento, uno de los escoltas se fue a ayudar un muchacho que necesita recuperar el cuerpo de su esposa, y están a unas tres cuadras de aquí”, señala.
“Las máquinas se prestan, porque no hay suficientes”, precisa con la certeza de que, no se moverán de allí “hasta que Dios lo imponga”.
La mayoría comulga alrededor del abuelo Ruperto, quien espera dar con su hijo, yerna, nieto y nieta: Santiago y Siena Garrido. Ruperto también brega con su sobrino y otro de sus hijos, para fortalecer la búsqueda de sus seres queridos.
Si los ángeles existen, se les pide en oración para que los más pequeños materialicen su presencia, y así cerrar el doloroso ciclo de saberlos desaparecidos.
La Guaira toda llora a los propios y extraños. En Venezuela quedan unas 48 horas para que concluyan los siete días de luto, aunque las heridas aún no sanan en miles de hogares, donde quedará para siempre un espacio vacío.

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