





















Sí algo ha quedado claro a quienes han podido conocer a un venezolano, a una venezolana, es que en su gran mayoría son valientes, echados pa’ lante, solidarios, jocosos, amables, resilientes. Todas estas características parecen intensificarse con más fuerza en el estado La Guaira, una región costera, que desde hace casi dos siglos efrenta la fuerza destructiva con la que a veces la golpea la naturaleza.
El 24 de junio de 2026, quedó tatuado en la piel, en el corazón, en el cuerpo de los sobrevivientes del doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudió a Venezuela a las 6:04 de la tarde; un fenómeno natural que estremeció con fuerza seis regiones del país: Aragua, Carabobo, Falcón, Miranda, Caracas y La Guaira, siendo esta última la más ultrajada.

«En la Guaira todos tenemos una enorme grieta», comentan algunos. No lo dicen, precisamente, por las franjas rotas que se observan en el piso de sectores como Caraballeda y Macuto; tampoco por las paredes de sus casas rajadas ni por el desplome de edificios, viviendas, comercios, que se aprecian cuando se transita por el lugar: lo expresan por el inmenso dolor que sienten en sus corazones rotos y fragmentados por la pérdida de familiares, amigos, amigas, vecinos, vecinas, conocidos.

El venezolano y venezolana no ha vivido en carne propia acciones bélicas como las que desde hace décadas padece la valiente nación Palestina; tampoco experimentó los bombardeos de la primera Guerra Mundial (1914-1918) ni de la Segunda (1939-1945), mucho menos el horror que sufrió Japón cuando el 6 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó las primeras bombas atómicas de la historia contra Hiroshima, en primera instancia y Nagasaki, tres días después. Hasta ahora, lo más fuerte que se había experimentado en ese tipo de acciones fue el bombardeó que el 3 de enero de 2026 lanzó el imperio gringo contra zonas de la región central del país, con el fin de acometer la acción ilegal de secuestrar al presidente constitucional de la República, Nicolás Maduro.
Sin embargo, recorrer La Guaira a dos (2) semanas del doblete sísmico, es sentir que se está llegando a una zona en guerra, una zona de conflicto, declarado por el Gobierno nacional como Zona de desastre.
Gabriela Jiménez Ramírez, bióloga celular egresada de la Universidad Central de Venezuela, UCV, con maestría en Investigación Científica y Educación, explicaba en un artículo difundido el 6 de julio que, los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 registrados el 24 de junio en Venezuela, liberaron una cantidad extraordinaria de energía equivalente a la explosión de millones de toneladas de TNT o a cientos de bombas nucleares.
La también ministra del Poder Popular para Ciencia y Tecnología, graficaba que diferentes estudios señalan que el primer sismo equivalió a aproximadamente 63 bombas atómicas como la de Hiroshima, mientras que el segundo, ocurrido menos de un minuto después, alcanzó un equivalente cercano a 178. Su trabajo puede ser leído en la página web de la referida cartera ministerial.

Esa potente destrucción es visible en lugares como Caraballeda y Macuto. Ahí se erigían edificios residenciales con grandes ventanales, paredes de granitos y mármol. También edificaciones menos ostentosas, algunas casas coloniales, y otras completamente humildes. Reinaban, además, los centros comerciales, bodegones y comercios que ofrecían productos típicos de un lugar costero: Salvavidas, bronceador, cavas, juguetes para la arena. Gran parte de ello quedó reducido a escombros, a la nada.
Y ahí en medio de esa devastación, de esos derrumbes, se erigen supermujeres y superhombres. Sí, porque eso es lo que son los habitantes de La Guaira. No solo son sobrevivientes de un doble terremoto, sino que además son poseedores de un temple y una valentía admirable. En medio del pánico que produjo el fenómeno natural, los que tuvieron una segunda oportunidad de vida siguieron de pie, tratando de salvar a familiares, amigos, conocidos y no conocidos. A dos (2) semanas de los fatídicos eventos, siguen recorriendo las ruinas, con la esperanza de conseguir a sus seres amados.

Por sus rostros no corren lágrimas, aunque llevan la tristeza y la angustia marcada en el semblante; pero como si el sol inclemente que reina en la entidad costera les hubiese dado un superpoder, que quizás muchos no logren entender, las manos de varios de ellos no descansan en las labores de búsqueda. Lo hacen acompañados de voluntarios que llegaron de todas partes del país a apoyar, de organismos de seguridad y de rescatistas internacionales.
En medio de las zonas asoladas por los embates de la naturaleza, también se observa un panorama de solidaridad, un gesto que caracteriza al venezolano y que se ha convertido en una especie de sello en cualquier parte del mundo, como ha quedado en evidencia en los últimos años.
Muchos de los familiares de los caídos pueden seguir sus labores de salvamento, gracias a las colas o aventón, como dirían en México, que le brindan amigos y conocidos. Durante los minutos que estuvimos en Los Cocos, Caraballeda, sector duramente golpeado por los temblores, se pudo apreciar la llegada de grupos sobre camiones que usualmente suelen ser utilizados para mudanzas, otros en camionetas doble cabina, algunos en motos y carros.
A lo anterior hay que sumar que en la zona se encuentran organismos gubernamentales, voluntariado particular e instancias internacionales entregando comida y agua a quienes siguen las labores de búsqueda, y a los que tuvieron la fortuna, de no ver sus viviendas o comercios desplomarse.
Antes de llegar a la zona severamente afectada, se encuentran además hospitales de campaña dispuesto a lo largo de la vía, entre ellos el instalado por el Gobierno de Brasil, en el sector El Playón.
A lo largo del recorrido visualizamos médicos y médicas en diversos puntos, brindando atención a una población que tiene el alma rota por la peor tragedia que ha sufrido Venezuela.

No es primera vez que La Guaira es golpeada por un fenómeno natural. Quizás por ello, es que con mucha convicción, decenas de personas manifestaron este martes 7 de julio a Diario VEA, que «de esta también saldremos, y lo haremos más fuerte que nunca». Expresan que lo sucedido jamás lo olvidarán, «será un dolor que cargaremos por siempre, pero nos recuperaremos y renaceremos de las cenizas».
Y cómo no creerles, cuando esta región, que siempre ha tenido vital importancia por ser puerta de entrada a Caracas, lleva años ¡siglos! resistiendo los embates de la naturaleza.
En 1798, la ciudad que 209 años antes había sido «fundada» por el invasor Diego Osorio y Villegas bajo el nombre de San Pedro de La Guaira, sufrió la crecida del Río Osorio en febrero del referido año.
«Fueron tan devastadoras las consecuencias ocasionadas por las impetuosas aguas de la creciente del río Osorio, que obligó a las autoridades coloniales a preparar y enviar un detallado expediente al Alto Tribunal de Caracas», se lee en el artículo Los Diluvios en las montañas en la cordillera de la costa, autoría de Eduardo Röhl, en 1949.
Ahí el agrimensor, investigador científico y naturalista, reseña la descripción que hizo el Oidor de la Real Audiencia de Caracas, don Juan
Nepomuceno de Pedroza de los daños causados por el desbordamiento del río. Menciona que desde el domingo 11 de febrero de 1798 hasta el martes 13 de ese mes y año llovió con tanta fuerza que las aguas se llevaron cuatro (4) puentes.
Agrega Nepomuceno de Pedroza, citado por el mencionado autor: «(…) Pero el daño más temible para el pueblo era el derrame por la calle del cerro y demás de la parte izquierda del río, pues todas las aguas iban a parar a lo principal del pueblo, y lo más hondo es imponderable la confusión y gritería de las gentes que veía correr desde mi casa sin saber yo todavía el origen de este movimiento, pero en el mismo instante se dejó venir el rio para la Plaza y Calle de la Caleta y callejón de la Mosca llenando a todos de horror y espanto (…) «Se ignora el número de muertos que ha habido, pero son varios los que se han sacado y se echan de menos: lo mismo sucede por lo que respecta a las casas, pues además de las muchas caídas han quedado varias arruinadas, y los celosos Diputados del Pueblo han comenzado a ejecutar su entera destrucción por evitar que cayendo sobre el río sea mayor el derrame (…)».
El 26 de marzo de 1812, La Guaira también fue víctima del terremoto que sacudió a Venezuela aquel jueves santo a las 4:07 de la tarde, y que tuvo una magnitud de 7.1, de acuerdo a datos reflejados por la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, Funvisis. Este movimiento telúrico causó estragos en Caracas, Barquisimeto, Mérida y San Felipe (Yaracuy).
«Cerca de 4 mil personas fallecieron en La Guaira como consecuencia del terremoto, y en Maiquetía, Antímano, Chacao, Baruta, La Vega, San Felipe y Mérida familias enteras recorrían la ciudad en busca de algún pariente desaparecido», Destacaba Funvisis en una reseña publicada el 26 de marzo de 2026 en su página web.
80 años después de aquellos sucesos, el 6 y 7 de octubre de 1892, el Litoral central «fue seriamente afectado por un ‘aguacero inmenso’ que ‘parecía secar el cielo’; ‘los ríos crecieron como no hay ejemplo: puentes de las poblaciones, caminos y –vías de– ferrocarriles fueron
destruidas”, se lee en la tesis de grado: Recuerdo de una tragedia: Vargas 1999-2009. Memoria, Olvido y Desastre en el Estado Vargas/Venezuela«, elaborada por Francys Vásquez para optar al título de antropóloga en la Universidad Central de Venezuela, UCV.
Entre el 15 y el 17 febrero de 1951, el entonces estado Vargas, fue víctima otra vez de las torrenciales lluvias. En esa oportunidad llovió por 70 horas continuas. Las poblaciones más afectadas fueron las que se localizan al este y centro como La Guaira, Maiquetía, Punta de Mulatos, Macuto, Caraballeda y Naiguatá; también la población de Catia La Mar, localizada al oeste de la entidad, tuvo afectaciones por el evento, describe el texto: El riesgo de desastres: una construcción social, autoría de Ketty C. Mendes A, y cuyo trabajo fue reseñado por Funvisis en su web.
Aunque el terremoto de magnitud 6.5 ocurrido el 29 de julio de 1967 afectó principalmente a Caracas, en el entonces estado Vargas también hubo daños. «En Caraballeda hubo ruina parcial de edificaciones altas, colapso en edificaciones de dos niveles y daños en viviendas unifamiliares. Igualmente, fue sentido en el resto del Litoral Central», recuerda Funvisis en su web.
En diciembre de 1999 ocurrió lo que hasta ahora había sido la peor de las tragedias naturales en el litoral central: el deslave. Lo que comenzó como simples lluvias el domingo 6 de diciembre, «terminó convirtiéndose en el alud torrencial que destruyó el 85% de la vialidad principal del estado La Guaira y afectó de manera directa todo el sistema de tuberías de agua potable del sistema Caracas- Litoral (…) La cifra de fallecidos durante el evento natural rondaba entre las 15 mil y 20 mil, aún cuando se llegaron a estimar inicialmente unos 50 mil, alrededor de otras 100 mil personas resultaron damnificadas, y otras fueron obligadas a migrar a otros lugares del país evitando perecer sepultadas por las toneladas de barro», rememoraba en diciembre de 2019 Funvisis.
El recuerdo del deslave es el que está más vivo en la memoria de los actuales habitantes de La Guaira, porque lo sufrieron en carne propia. Muchas familias quedaron incompletas con aquella desgracia. «Ese dolor lo llevamos en el alma», dicen; pero nos recuperamos, y «con esta tragedia también lo vamos a hacer», comentan.
José, un señor de 61 años, quien siempre ha vivido en la parroquia Soublette considera que en La Guaira ya no debe construirse más, porque el suelo no es el mejor para ello. Sin embargo, indica que seguramente los habitantes de la región y el gobierno seguirán haciéndolo.
Entiende que sus vecinos y vecinas deseen quedarse en la entidad, pues ellos sienten su tierra desde el alma, al tiempo que remarca, que esa manera alegre, «bullera», «fiestera» de ser de los habitantes de esta zona contrasta mucho con algunas regiones del país donde pudiesen establecerse porque hay suficiente tierras, pero no se sentirían cómodos.
Luis Pérez, tiene 51 años, y toda su vida ha transcurrido en esta región que tiene tanto el puerto como el aeropuerto más importante del país. Reside cerca del Paseo Macuto y al hablar de lo sucedido, no puede evitar las lágrimas, porque aunque él y su familia están bien, perdió dos tíos, a amigos y conocidos.
Comenta que lo vivido fue horrible; pero afirma que de esta tragedia también saldrán adelante. Para él, irse de La Guaira no está pensado, primero ama su tierra, donde viven -en gran parte-, del turismo y la pesca.
Gran parte de las casas que se encuentran a lo largo y ancho del paseo Macuto se encuentra de pie. Algunas sufrieron daños estructurales. Por seguridad los habitantes del sector duermen en las noches cercanos al paseo en carpa; prefieren quedarse ahí, que estar en un refugio, comenta el señor Luis, quien ya vivió esa experiencia en la tragedia de 1999 y no desea volver a pasar por ella.
Los kioscos cercanos a la playa, quedaron de pie. Varios de los dueños perdieron sus viviendas en sectores como Caribe. Ahora, algunas de las estructuras se han convertido en una especie de vivienda temporal.
Este lugar donde siempre se mezclaban los olores del salitre con la fritura de las empanadas, los pescados, tostones, el aroma de los perrocalientes, el olor a cerveza, ya no está. Ahora se respira, cuando cambia la brisa, uno que todos y todas saben qué es pero que no se atreven a mencionar por respeto, por humanidad, por dolor, por amor al prójimo que perdió la vida en las zonas aledañas.
Más adelante, en el Paseo Macuto, nos encontramos con un hombre de 41 años. No quiso dar su nombre por la labor de seguridad que desempeña. Lleva toda su vida viviendo en La Guaira, y en su memoria, en su ADN, quedó grabada para siempre el deslave y ahora estos terribles terremotos.
Con seguridad manifiesta que nunca se irá de esta tierra, pero sí dice que el litoral central ya no debe sufrir más por una tragedia natural, por lo que pide al Gobierno nacional movilizar a los expertos necesarios, entre ellos los de Japón, para que estudien el suelo de la entidad y se determine dónde se puede construir y dónde no.
Recordando a sus abuelos, abuelas y otros familiares mayores, narra que en algún momento ellos comentaron que hay vías que se construyeron donde antes estaba «la mar». «Las personas mayores dicen constantemente que el mar, siempre reclama su espacio», destaca. Agrega que aunque esta vez la tragedia no involucró ríos desbordándose, no se debe olvidar que muchas edificaciones y estructuras están – su juicio- en lugares donde el mar llegaba, por lo que la solidez del terreno no era tal.
«De La Guaira no me quiero ir, y no me iré; pero es necesario que se estudien los suelos», clama.
Junto a él se encontraba otro hombre, quien al escucharlo, mencionó: «Eso es lo que debe hacerse, estudiar los suelos».

Keifer González y su familia se encuentran bien. Viven en el casco colonial, donde los sismos -como dice-, afortunadamente no causaron mayores daños. Tras expresar que el estado se levantará como hizo después de 1999, insiste en que deben estudiarse los suelos.
Acto seguido envía un mensaje a su pueblo, a sus hermanos de tierra: «Tengamos fe, acá somos un pueblo guerrero. Sigamos adelante. Así como superamos la tragedia del 99 podemos también superar esta. Sigamos adelante, tengamos fe y esperanza». Inmediatamente agradece toda la ayuda que ha recibido la entidad. «Gracias a todos los que se avocaron los primeros días».
El joven, quien perdió a dos familiares que estaban en las zonas más afectadas por los temblores, manifiesta: «Creo que aquí deberían evaluar el suelo y desde allí comenzar a hacer las edificaciones».
De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, siglas en inglés) el primer temblor que sacudió a Venezuela fue de magnitud 7.2, y 39 segundos después llegó el de 7.5.
Para los habitantes de La Guaira, los terremotos «fueron eternos». Los que sobrevivieron, destacan que no veían la hora que pararan. Describen que ha sido la peor experiencia que han vivido, una que aumentó cuando vieron la enorme catástrofe a su alrededor, cuando escucharon a la gente llorar y gritar en búsqueda de sus seres queridos.
La angustia colectiva, es algo que nunca olvidarán, mencionan.
Hoy La Guaira vive uno de los peores dolores que ha podido experimentar. Zonas de Catia La Mar, Caraballeda, Macuto, están severamente destruida. El 7 de julio, el gobernador de la entidad, José Alejandro Terán refería que más de 2 mil 400 víctimas fatales habían sido identificadas, y entregadas a sus seres queridos para darle cristiana sepultura o para cremarlas. Dolorosamente, esa cifra seguramente se incrementará.
Venezuela entera no podrá olvidar jamás el 24 de junio de 2026. Los guaireños y guaireñas, mucho menos. En menos de 2 minutos, la vida de miles fueron destruidas, o tocadas cruelmente por dos potentes movimientos de la tierra.
Y en medio de tanto sufrimiento La Guaira misma parece enviarle un mensaje de resistencia a sus habitantes. Lo hace a través de las estructuras que todavía siguen de pie en el Casco Colonial y zonas populares en la parroquia Carlos Soublette, donde los movimientos de la tierra no causaron mayores destrucciones.

Ivonne Martínez, residente de Caraballeda Suites, uno de los pocos edificios que se mantuvo en pie en Caribe, parroquia Caraballeda, lo dijo a Diario VEA de la siguiente manera: «(…) Dios no le da carga o cruz que no podamos cargar. Y este pueblo siempre sale triunfante».
Ella, quien considera que la vida y Dios le dieron una segunda oportunidad en este plano terrenal, en medio del dolor que la embarga por los amigos y conocidos caídos a causa de la naturaleza, recalca: «Tengamos fe, que nosotros los guaireños nos levantamos de esta tragedia; sigamos adelante y vamos a salir adelante».
«Vamos a salir adelante, nosotros somos un pueblo guerrero, victorioso, sé que vamos a salir adelante», dice la mujer que celebra el hecho de que su hijo está vivo; no estaba en casa en ese momento, se encontraba celebrando a San Juan en Naiguatá, una manifestación cultural que moviliza a miles de familia cada año en el litoral central.
Después de agradecer tanta solidaridad entre venezolanos y venezolanas, y de la comunidad internacional con La Guaira, insiste: «Este pueblo siempre sale triunfante».
El mar tranquilo y calmado en medio de la destrucción, con los rayos del sol iluminando las aguas, aunque contrasta enormemente con el momento, también parecen transmitir una señal positiva al pueblo valiente de La Guaira.
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