





















Es primero de mayo, otro año más, pero los trabajadores en España llegan a esta cita en un contexto distinto al de hace un año. Primero, porque son más pobres, la inflación sigue llevándose mordisquito a mordisquito parte de su poder adquisitivo, ya sea por unos precios que suben más rápido que sus salarios, o por un IRPF que al no deflactarse va quitándoles año a año un poquito más. Segundo, porque la revolución económica y social que ha supuesto la Inteligencia Artificial ya no es una amenaza futura: está aquí y ha llegado para quedarse.
Tras el anuncio de los primeros Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) en España que argumentan como razón principal de los despidos la optimización que ofrece la IA, hay quien no puede más que temer el impacto de esta tecnología en las nuevas relaciones laborales y el empleo, mientras otros aprecian la oportunidad que supone para mejorar la productividad y el crecimiento.
"Puede convertirse en el nuevo capataz del siglo XXI", advertía recientemente UGT, "al permitir un control intensivo del trabajo, decisiones automatizadas sobre el empleo y una mayor concentración de poder en manos de grandes empresas tecnológicas". Un mal augurio para los asalariados.
Esta visión pesimista y de cierta alarma es lo que lleva a la propia Inteligencia Artificial, al ser preguntada para este artículo, a opinar que los sindicatos "se están adaptando a la IA... pero como organizaciones del siglo XX intentando gestionar una revolución del siglo XXI". "Han despertado, han reaccionado, han empezado a incluir la IA en su acción sindical... pero no van al ritmo del cambio, no están liderando, no generan ilusión ni visión de futuro".

Esa es la opinión de uno de los muchos asistentes de lenguaje a partir de IA generativa disponibles en línea. Este en particular considera que los sindicatos reaccionan cuando las empresas (principalmente las grandes, que son las que lideran su introducción) implementan la IA en sus procesos, y en esa reacción se centran más en los daños que en cómo rediseñar el trabajo, con una lógica "defensiva más que estratégica".
¿Es así? Raquel Boto, adjunta a la secretaria confederal de acción sindical y transiciones estratégicas de CCOO, asegura a EL MUNDO que no. "Estamos en época de cambio, es indudable, hay que afrontarlo y no de una manera simplemente defensiva, sino con una parte de propuestas. La transición digital tiene que ser justa, sin dejar a nadie atrás, y para ello es imprescindible la intervención y participación de las personas trabajadoras y sus representantes. Hablar de IA es hablar de la gestión laboral algorítmica, la automatización que puede producir en algunos sectores, la transición a un nuevo modelo productivo... todos los aspectos tienen que enfocarse desde un mismo punto de vista: no estamos hablando de tecnología sino de democracia, derechos y participación".
"Esa idea que tenían las empresas de que la gestión de la empresa es suya y controlan los riesgos se tiene que balancear, estamos equilibrándolo un poco. La participación se tiene que integrar. Para ello contamos con la legislación, con acuerdos con la patronal y con jurisprudencia -sobre todo del TJUE y del Supremo-, que dice que nos tienen que dar información de forma explicativa y añadiendo la participación previa, no se puede imponer tal cual, eso es fundamental. Cada vez que una tecnología entra en la empresa tiene que haber un proceso circular en el que participen los trabajadores y sus representantes, pero pocas empresas lo están poniendo en práctica, muy pocas. Por eso planteamos la posibilidad de abrir un comité paritario de digitalización en el que se vean estos procesos de manera permanente a lo largo del tiempo", apunta.
Aclara que "no es una cuestión de parar la innovación, sino de reglamentar cómo se puede hacer y si se puede hacer o no, porque igual no todo lo que se puede hacer queremos hacerlo. Es la democracia pura: la que concede los derechos y la que dice a dónde queremos ir y a dónde no".
Fernando Luján, vicesecretario de Política Sindical de UGT, explica a este medio que su sindicato ve el impacto de la IA en el empleo similar al que supuso la introducción de la máquina de vapor en la industria. "Tenemos que proteger a los trabajadores de la misma manera que se hizo en el siglo XIX, pero esperamos poder hacerlo antes y no después, porque entonces se produjo un empeoramiento de la salud y un mal reparto de las plusvalías que se habían conseguido por la introducción de la máquina", apunta.
"Si no ponemos límites hay riesgos de explotación. En el siglo XIX había riesgo de accidentes de trabajo y ahora se está produciendo un gran aumento de enfermedades mentales que están llevando a un aumento de los suicidios porque estamos trabajando todos sin límite. La tecnología y la IA facilita que se lleve la fábrica a casa, queremos defendernos regulando con carácter previo", señala. Confirma por tanto el enfoque defensivo al que aludía la propia IA.
El portavoz de UGT recuerda que en España ya hay empresas que han anunciado despidos masivos porque esta herramienta les permite ser más eficientes. "No podemos oponernos a la innovación pero si ordenarla, y el Estado -los estados- tienen que redistribuir estos aumentos de productividad y beneficios de manera que pueda reequilibrar estas desigualdades que se van a dar".
Esta manera de enfocarlo, ¿podría alejar a los sindicatos tradicionales de jóvenes que quieren dedicarse al mundo de la IA, como programadores o desarrolladores, por ejemplo? "Es verdad que tenemos que adaptar el sindicato a las nuevas caras de los problemas de siempre", admite, y reconoce que UGT cuenta con un técnico procedente de Telefónica en su plantilla y está consiguiendo implantación sindical en empresas tecnológicas o plataformas, aunque muy poco a poco. "En Glovo, por ejemplo, tenemos un afiliado que está intentando atraer al resto de sus compañeros", pone como ejemplo.
En su día a día, el sindicato ya lidia con la implementación de la IA en los propios procesos de negociación de convenios, pero poniendo siempre el foco en riesgos como el de que se sustituyan profesionales o a los sesgos de género en la contratación, ya que el mundo de profesionales de la informática al que va a dar empleo masivamente la IA está muy masculinizado.
Ya sea por cómo afrontan los problemas del presente y el futuro o por su incapacidad para renovar su imagen, los sindicatos han experimentado en los últimos años una caída importante de la afiliación.
En concreto, según datos de la OCDE, el nivel de afiliación sindical en España -medida como el porcentaje de los asalariados que están afiliados a un sindicato- se ha reducido de forma paulatina desde comienzos de la década de 2000, desde cerca del 15% de los asalariados, un nivel ya relativamente bajo, al 12%-13% actual.
"Más allá de su función institucional en la negociación colectiva, el grado en que los trabajadores deciden afiliarse a un sindicato refleja su nivel de identificación con estas organizaciones y la capacidad de éstas para atraer y retener nuevos miembros. En los últimos años, diversos estudios han señalado un proceso de debilitamiento de la afiliación sindical en muchas economías avanzadas, especialmente entre los trabajadores más jóvenes y aquellos con trayectorias laborales más inestables. Este fenómeno se ha vinculado a una transformación estructural del mercado de trabajo, caracterizado por el aumento de la temporalidad y una mayor rotación en el empleo, así como porla transformación de las relaciones laborales", explica Funcas en un análisis reciente.
Este patrón supone, en su opinión, "un desafío para la sostenibilidad de la representación sindical a medio plazo. La baja afiliación en esos segmentos limita la renovación generacional de las organizaciones y puede contribuir al progresivo envejecimiento de su base social. Asimismo, incrementa el riesgo de que una gran parte de la población asalariada quede poco representada en los mecanismos de diálogo social".
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