






























«Mi hijo iba a la escuela para niños de una asociación cultural valenciana y le prohibí a la directora que le involucrara en cualquier actividad distinta a los estudios cuando observé que, durante el Día de la Victoria, vestían a los chiquillos con uniformes militares y les hacían desfilar en una plaza con las cintas de San Jorge y la típica pilotka (la gorrita del ejército soviético)», dice una madre rusa afincada en Valencia. Nos pide de manera expresa que omitamos su nombre porque teme represalias.
El Día de la Victoria que menciona es la gran fiesta militar rusa, hija legítima del culto de la URSS a la victoria sobre la Alemania nazi. Lo que empezó en Rusia en 2012 como un homenaje popular a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una herramienta de propaganda belicista del régimen de Putin en los países donde hay diáspora rusa: desde 2016 se organizan también en España desfiles del llamado «Regimiento Inmortal» y en ciudades como Madrid, Barcelona, Alicante o Valencia, cientos de personas marchan cada 9 de mayo con retratos de antepasados y banderas rusas y de repúblicas ocupadas.
«Yo llevé a mi hijo a esa escuela cuando tenía tres o cuatro años para que mejorara el ruso y aprendiera su gramática y a escribir en cirílico», prosigue la expatriada rusa. «A mí no me importaba que participara en actividades culturales. Lo que me molestaba es que utilizaran el centro para inculcar en los chiquillos su ‘patriotismo’ y reclutarlos para actos religiosos alineados con la Iglesia de Moscú porque, a mi juicio, decidir los valores de los niños es trabajo de los padres», recalca.
Y ella no fue la única, según dice. Lo que otras muchas madres comenzaron a sospechar es que en la red de centros culturales rusos dependientes de la Asociación de Organizaciones de Compatriotas Rusos en España y Andorra (SORS) se estaba blanqueando al régimen de Vladimir Putin.
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El hijo de esta reconocida profesional rusa de Valencia dejó finalmente de acudir a la sección infantil del centro cultural cuando tenía ocho o nueve años: «No estaba dispuesta a permitir que le vistieran de soldado con las ropas que guardan como parte de sus vestuarios teatrales y lo sacaran a entonar himnos patrióticos en una plaza».
Hasta hace no demasiado, había cientos de fotografías en abierto que mostraban, como refiere la expatriada, a niños de parejas rusas, mixtas e incluso a hijos adoptados en Rusia por matrimonios españoles desfilando en actos escolares ataviados como soldados.
Pero tanto SORS como muchas de las escuelas y centros culturales que coordina emprendieron un borrado sistemático de los contenidos «problemáticos» de sus webs y redes sociales con el fin de eliminar el rastro de actividades que pudieran colisionar con la legislación española y la ley de protección del menor. Crónica ha rescatado algunas de esas imágenes, protegiendo la identidad de los menores.
Hasta que los medios de comunicación empezaron a iluminar ese ecosistema, actuaban con tan poco recato que incluso difundían vídeos de clases extracurriculares (como uno que grabaron en la escuela de Marbella), donde maestras rusas preguntaban a niños españoles «quién protege la patria», les pedían que buscaran sinónimos de «patriota» o que dibujaran soldaditos mientras se ensalzaba el sacrificio por la madre patria. Y organizaban campañas para que los pequeños redactaran cartas manuscritas de apoyo a los soldados rusos en el frente ucraniano.
Un nuevo documento obtenido por Crónica refuerza esa postal distópica. Se trata del plan anual de trabajo educativo de la escuela secundaria rusa adscrita a la Embajada de Rusia en España para el curso 2024/2025, aprobado por el consejo pedagógico del centro y firmado por su directora, I. M. Spivak.
En ese calendario oficial no solo figuran los cursos de apoyo académico, sino también programas ideológicos diseñados en Moscú, como las «Conversaciones sobre lo importante» y «Rusia, mis horizontes», junto a una batería de actividades patrióticas y de memoria bélica que convierten la vida escolar en un calendario de socialización patriótica.
El documento consigna, por ejemplo, una «Lección de la cinta de San Jorge», la participación en la acción del «Regimiento Inmortal», el «Dictado de la Victoria», jornadas como el «Día de los Héroes de la Patria» o la actividad «Pan del bloqueo», así como un acto específico titulado «Crimea y Rusia: avanzamos juntos». No se trata de simples referencias culturales al pasado, sino de un repertorio organizado de rituales, lemas y efemérides que inserta a los adolescentes en una narrativa oficial de glorificación militar de la agresión a Ucrania.
En la fecha en que se distribuyó ese informe, la escuela de secundaria adscrita a la Embajada de Rusia en España se publicitaba como la única escuela rusa de educación general plenamente integrada en la red oficial de «zagran shkoly» (escuelas del Ministerio de Exteriores).
Hay asimismo otros precedentes igual o más escandalosos que involucran a niños españoles. Así, por ejemplo, la red de SORS ha enviado a al menos setenta menores de nuestro país a Artek, un campamento situado en la Crimea ocupada y sancionado por la Unión Europea donde, tal y como Crónica acreditó en su día, los chicos asisten a clases magistrales de combate cuerpo a cuerpo, aprenden a montar y desmontar fusiles o recolectan drones, redes de camuflaje y velas de trinchera para enviar a las unidades rusas desplegadas en Ucrania.
«Resulta especialmente grave que, mientras el Ministerio de Defensa ruso ha llegado a señalar a una empresa española —Grupo Oesía, a través de su filial UAV Navigation— como posible objetivo militar por su colaboración con Ucrania, en España se sigan tolerando actos promovidos por redes vinculadas al llamado Regimiento Inmortal, cuyo principal socio es ese mismo Ministerio», asegura Vadym Syroyezhko, un destacado activista ucraniano de Crimea afincado en España.
De modo extraoficial, activistas ucranianos en España coordinan desde hace algunos meses un panel de expertos para elaborar un informe sobre estas actividades rusas de injerencia y adoctrinamiento de menores. Y en el foco siempre aparecen seis personas con gran influencia sobre la diáspora como Olga Shuvalova, Svetlana Kartunova, Aleksander Chepurnoy, Alexander Vasilenko, Viktoria Samóylova y Ekaterina G. Zhuravliova.
¿Cómo funciona ese entramado? En un extremo del cable está el Ministerio de Exteriores ruso, con su departamento para «compatriotas en el extranjero». Desde sus oficinas salen las grandes consignas: conservar el idioma, blindar la «memoria histórica», defender los «valores tradicionales» y convertir a la diáspora en un ejército «blando» al servicio de su política exterior.
De ese mismo ministerio cuelga la embajada rusa en Madrid, en la calle Velázquez, hoy dirigida por el embajador Yuri Klimenko, un veterano del MID que conoce España desde los años noventa. Desde ese edificio sobrio de fachada beige se interpreta la partitura que compone Moscú.
Por debajo de esa delegación diplomática opera la agencia encargada de convertir la agenda del Kremlin en algo presentable. Se la conoce como Rossotrudnichestvo y, desde que fue sancionada por la UE, suele operar de forma preferente a través de su criatura en Madrid, la Casa Rusa. Oficialmente es el Centro Ruso de Ciencia y Cultura; en la práctica, es el escenario donde se disfraza de cultura la estrategia política del régimen.
Durante años, el maestro de ceremonias fue Sergey Aleksándrovich Sarimov, director de la Casa Rusa, jefe de la representación de Rossotrudnichestvo y primer secretario de la embajada al mismo tiempo. Pero tras las sanciones europeas, el apellido Sarimov fue desvaneciéndose de la escena española sin comunicado oficial de despedida. En su lugar empezó a aparecer otro nombre en las notas de la embajada y en los portales rusos: Ekaterina Gennádievna Zhuravliova, presentada como «directora en funciones» de la Casa Rusa en Madrid.
Es ella quien inaugura ahora exposiciones en la Casa Rusa, quien da la bienvenida en los foros juveniles de compatriotas o quien se planta en Galicia para cortar la cinta de una «Alameda de la Amistad» entre el pueblo de A Estrada y Rusia. Zhuravliova ocupa exactamente el mismo espacio neurálgico que Sarimov: el enchufe por el que la línea marcada en Moscú se convierte, en Madrid, en ciclos de conferencias, actos del Regimiento Inmortal y reuniones a puerta cerrada con estos controladores de la diáspora.
La planta intermedia de ese edificio es la que ocupa SORS, que funciona como el filtro que traduce la agenda del MID y de Rossotrudnichestvo en instrucciones concretas para escuelas de barrio, asociaciones regionales, festivales infantiles y grupos juveniles.
Al frente de esa coordinadora hay dos nombres que se repiten: los de Olga Vladímirovna Shuvalova y Svetlana Valentinovna Kartunova. Shuvalova, nacida en Moscú, formada como traductora de español y asentada en Canarias desde hace décadas, fue la cara visible de SORS durante años. Ahora retiene el cargo de presidenta honoraria. La presidenta es Kartunova, quien también ha sido directora del teatro infantil Maska en Dénia.
En torno a la coordinadora de asociaciones rusas orbitan también personas como Aleksandr Chepurnoy, el hombre de la pata jurídica y de la «rusofobia» convertida en comodín. Formalmente es el responsable legal de SORS y el presidente de la Casa de Rusia en Alicante; en la práctica, es la persona a la que se recurre cuando hay que convertir una crítica a la propaganda rusa en «discriminación a compatriotas» o «rusofobia» o cuando tratan de vestir una protesta contra actos prorrusos en un escándalo de derechos humanos.
Ingeniero mecánico nacido en Leópolis y nacionalizado español, a Chepurnoy le señalan también como el hombre de Pravfond en España, la fundación que Moscú creó para sufragar causas «en defensa de compatriotas» y que Bruselas ha sancionado esta semana por usar ese paraguas para apoyar propagandistas, espías y campañas de influencia.
De la misma matriz procede Aleksandr Vasilenko, el hombre de los cosacos en España, además de un señor con una curiosa biografía. Nacido en 1973 en Krasnoyarsk, en los noventa se labró fama de karateka en los gimnasios y aeroclubes de la Siberia del aluminio y se movió en la órbita de la llamada «mafia de los atletas» y otros ecosistemas criminales.
Tras desaparecer del radar mediático ruso durante buena parte de los 2000, reaparece a comienzos de la década de 2010, instalado en la Costa del Sol como empresario y «puente» con inversores rusos. En 2017 figura ya como atamán de la recién creada sección española de los cosacos del Volga, en el mismo periodo en que Putin los incorpora formalmente a la reserva militar del Estado.
Otra de los rostros influyentes de la escudería de SORS es Victoria Samóylova, la mujer que ha convertido el Regimiento Inmortal en Madrid en una plataforma personal de ascenso dentro del sistema ruso. Economista nacida en 1982 en Podporozhye, en la región de Leningrado, empezó en la segunda fila de actos patrióticos rusófonos, hasta convertirse en la coordinadora de los desfiles del 9 de mayo en la capital.
Fue Samóylova quien dirigió la cacería contra el sacerdote Andrey Kordochkin cuando este se negó a bendecir la invasión de Ucrania: llenó canales rusófonos y redes sociales de ataques, exigió castigos eclesiásticos y penales, y llegó a mencionarlo al menos 56 veces en su canal de Telegram.
A la vez, usaba sus perfiles en VK para reclutar hackers y phishers para la «Cyber Army of Russia», una de las redes que, junto a grupos como KillNet o NoName, han reivindicado ataques contra objetivos españoles desde 2022.
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