
























Estoy hasta ahí mismo de consejos incompatibles con mi vida y, me atrevo a decir, con la de la inmensa mayoría de la población. Sé que, viniendo de alguien que se dedica desde hace más de una década a escribir sobre bienestar, la declaración puede sonar bastante fuerte y hasta contradictoria, pero es que esto se nos está yendo ya de las manos.
Antes de pensar que estoy tirando piedras contra mi propio tejado, dejadme que me explique, por favor.
A estas alturas, tenemos bastante claro que los hábitos cotidianos juegan un papel clave no sólo en nuestra salud presente, sino también en la futura, en esa longevidad saludable (healthspan) a la que aspiramos. Sabemos que, entre esas buenas costumbres, la actividad física, el descanso, la dieta, la gestión del estrés y las relaciones sociales de calidad deberían figurar como prioridades en nuestra agenda diaria. También que, en casos concretos y bajo supervisión profesional, la suplementación nos puede ayudar a dar un salto cualitativo.
Somos conscientes de todo ello e intentamos ponerlo en práctica a pesar de que las obligaciones del día a día nos lo ponen muy complicado. La mayoría de nosotros vive en una gran ciudad y se despierta al alba con la alarma del móvil, no con el canto de los pájaros. Lo hace porque tiene que preparar el desayuno de sus hijos, dejar la comida hecha y salir escopetada hacia el curro, metida en un atasco o en un vagón de metro que va hasta los topes; no para exponerse a esos primeros rayos del sol que regulan el reloj biológico, optimizan la producción de hormonas y curten nuestra piel. Porque, ya se sabe, lo suyo es que el astro rey nos acaricie suavemente durante todos los días del año, no sólo en agosto, que es cuando tenemos vacaciones y, claro, por eso nos quemamos.
Aunque albergamos la certeza de que el sedentarismo va en contra de nuestro diseño natural y, por eso, sacamos tiempo de donde no lo hay para entrenar, nuestros trabajos nos obligan a estar con el culo pegado a una silla y nos tenemos que conformar con levantarnos cada hora para subir un tramo de escaleras o hacer sentadillas en el baño.
Nos encantaría hacer 'grounding' para conectarnos con la energía de la Tierra, pero, como mucho, podemos cargarnos de la electricidad estática de la moqueta de unas oficinas que, por cierto, suelen tener una luz blanca supermolesta y el aire acondicionado demasiado fuerte.
A la hora de comer, la cosa tampoco mejora. También conocemos la teoría: deberíamos tomar más proteína, pero el precio de la compra está imposible y, si ya nos vemos obligados a hacer encaje de bolillos para comprar un par de filetes o el pescado que está en oferta, como para hincharnos de ostras, salmón salvaje o chuletón de Wagyu. Menos mal que siempre nos quedarán los huevos, aunque no sean de gallinas criadas en libertad y alimentadas con pienso de agricultura ecológica. ¿Cenar antes de que se ponga el sol? Uy, eso sería maravilloso si se pudiera salir del trabajo antes del ocaso o se llegara a casa a mesa puesta.
Todo esto de la vuelta a los orígenes está fenomenal. Es cierto que vivimos de espaldas a la naturaleza y a nuestra esencia. Es indiscutible que deberíamos comer mejor, movernos más y dar al descanso la importancia que se merece. En eso estamos y nuestro esfuerzo nos cuesta. Pero, por favor, tratemos de simplificar y aterrizar las recomendaciones al mundo real, porque bastante sentimiento de culpa genera ya no cumplir con lo básico como para que, encima, se planteen deberes tan alejados de la vida actual (y, lo que es peor, algunos de ellos sin demasiada base científica). A ver si, al final, lo que nos va a enfermar es la obsesión por estar sanos.
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