Actriz de registros camaleónicos en teatro, cine y televisión, muy reconocida por los recientes papeles en Aquí no hay quien viva y La que se avecina. Protagoniza Las Troyanas en La Latina de Madrid tras su gran acogida en 2025 en el Teatro Romano de Mérida

La actriz Isabel Ordaz, fotografiada en el Teatro de La Latina, de Madrid.
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- Un año después de las representaciones en el Teatro Romano de Mérida, Las Troyanas llega a La Latina de Madrid.
- Hay vértigo, porque el espacio marca mucho, desde luego, a la hora de significar, de proyectar, de contar... Creo que ganaremos en intimidad y que el público disfrutará. Es una obra de un texto maravilloso, que cuenta la historia de Grecia de hace más de 2.400 años pero también la historia del mundo ahora mismo. Desgraciadamente, refleja ese contexto de crueldad al que estamos asistiendo en nuestros días. La gran talla moral del Eurípides de Las Troyanas es que él ya dio la voz y el total protagonismo a las víctimas.
- Además de meterse en la piel de un personaje tan complejo como Hécuba, con este montaje hace una primera incursión en la adaptación teatral.
- Yo escribo, y he publicado bastante poesía, además de un libro en prosa y otro de cuentos cortos. Pero, sí, es la primera vez que colaboro en la versión teatral, una versión muy libre, junto a Carlota Ferrer, la directora del espectáculo, poniendo el acento en ese relato de lo femenino, en cómo ve la realidad la mujer. La voz femenina es tan necesaria, dentro y fuera del teatro. Se centra en el pathos, en el dolor, en la emoción, en el cuerpo, en la pérdida, es decir, en la carne real. Es lo que a mí me emociona permanentemente de Hécuba. El héroe masculino nunca habla del dolor, habla de los triunfos, de las derrotas, de lo conquistado y por conquistar, del honor desde la gloria del poder... Pero la mujer baja a la arena, a la tierra.
- Se podría decir que Eurípides fue un pionero en lo del no a la guerra...
- [Risas] Ya lo creo. Los dramaturgos entonces solían ser soldados y él estuvo en las guerras del Peloponeso. Y vio en tres dimensiones, en primera persona, la barbarie, el genocidio. En una escena de Las Troyanas, a Hécuba le arrebatan a su nieto y el vencedor lo tira desde la torre más alta, destrozándolo. A un niño pequeño. Y esa atrocidad nos lleva también en el ahora, en nuestro momento, a hacernos las mismas preguntas. ¿Qué amenaza suponía ese pequeño niño para la victoriosa Grecia? ¿Qué amenaza suponían tantos civiles víctimas de Gaza para los victoriosos, llamémosles X? Denunciar todo esto es casi una causa para mí. Me siento honrada de poder decir estas palabras maravillosamente poéticas escritas hace tanto tiempo, pero a la vez con un gran contenido social y político para el presente.
- Lo acaba que mencionar. Creo que en la concepción de este montaje está muy presente la guerra en Gaza.
- Sí. No hay que desnaturalizar el origen del relato. Pero es muy fácil hacer asociaciones y, por supuesto, al abordar el texto estábamos muy sensibles y estremecidas de que esto se estuviera repitiendo tantos siglos después. En el mismo Mediterráneo, una vez más cuna de civilización y también cuna de despropósitos y de tanta sangre. Es tal el despropósito, el sindiós. Y ahora estamos en ese momento porque no hay modelos, se ha arrasado con ellos. Los modelos son vulgares y absolutamente crueles y criminales.
"No sé si nos domina la indiferencia ante las guerras, quiero creer que no, pero lo que nos rodea nos roba el pensamiento"
- Gaza, Ucrania, Irán, Sudán... La lista de conflictos bélicos es interminable. No sé si usted percibe, parafraseando la canción, que la guerra causa cierta indiferencia social.
- Bueno, vivimos en un momento muy concreto, altamente digitalizado, marcado por el apresuramiento de lo último, de la actualidad última, de la novedad última. Y eso impide dos cosas: tener serenidad y tener un tiempo para la reflexión, para un análisis un poco más serio, algo más profundo, por lo menos. Entonces, no sé si nos domina la indiferencia, quiero creer que no, pero lo que nos rodea nos roba el pensamiento, el tiempo para pensar, para sentirnos de alguna manera involucrados. Y estamos sobrepasados de tragedia, por las imágenes de las teles, por las redes... Este aparatito que tenemos entre tú y yo [señala al teléfono móvil] está cambiando el mundo, las relaciones, el punto de vista, el sentido del tiempo y el espacio, cambiándolo todo. Pero por eso es más necesario aún, claro, alzar las voces, que miremos la realidad con una templanza y un análisis distinto a los intereses me temo que no demasiado limpios que se nos pretende asignar como civilización.
- El texto de Eurípides es de una gran modernidad también al dar voz a las víctimas.
- Exacto, en este caso las mujeres y los niños. Y al apuntar a conceptos como el de responsabilidad civil. No todo viene de los dioses, hay una responsabilidad civil, en los políticos, los hombres de Estado, los hombres que tienen el poder. Ese señalamiento está muy presente en Hécuba y no está de más recordarlo ahora.
- Hablando de esos hombres de poder, acaba de visitar España el Papa, que se ha convertido en una de las pocas figuras globales con auctoritas para denunciar lo que está pasando, con ese claro antagonismo con Trump. ¿Qué le inspira a usted?
- A mí me parece un regalo que este señor, que por otro lado representa a un Estado eclesial, entrara en el Congreso. Me dio una gran alegría. Me pareció un gesto maravilloso, necesario. Que allí dijera lo que lo dijo y pusiera a las víctimas como protagonistas, a la manera de Hécuba, los inmigrantes en este caso. Podía haber seguido también con las mujeres, que le hace falta un repaso a la institución con respecto al papel de la mujer, aunque ahí no entró. Pero a mí me emocionó muchísimo verle en el Hemiciclo y escucharle decir lo que señaló. Y la clase política, que no es una denominación de origen, son hombres y mujeres con la responsabilidad de representar proyectos que implican a mucha gente, claro que tiene que tomar nota.

JAVIER BARBANCHO
- Hécuba es su último reto, pero lo que dejan claro los distintos registros en su trayectoria en el cine, el teatro y la televisión es que es usted una actriz versatilísima.
- ¿Entiendo que versátil es un adjetivo positivo, no? [Risas] Yo siempre digo que soy una payasa trágica. Yo amo al payaso, el bufón, esa figura de la crítica irónica al poder. El payaso, la payaso que me considero; creo que es el gran héroe, es el antihéroe, pero verdaderamente héroe. Se debería dar medallas a los payasos, no a los guerreros. Porque no se rinden nunca, se caen y se levantan continuamente. Ellos siempre tienen una sonrisa preñada de lágrimas. Sé que tengo una especie de impronta para la comedia. Aunque no hay tanta distancia con la tragedia.
- En los últimos años, ha alcanzado una cima de popularidad altísima con sus personajes en dos series televisivas de tanto éxito como Aquí no hay quien viva y La que se avecina.
- Bueno, he de decir que también he tenido muchísimo éxito en el teatro porque siempre lo he compaginado con esas series. Me lo pasé muy bien. Y recibo muchísimo cariño de la gente por esos personajes, algo muy bonito en un mundo tan hostil como tenemos ahora. De repente, a mí casi todo el mundo me sonríe. Aunque es un poco inquietante el hecho de que siempre te asocien a eso. Aunque he entendido con el tiempo que no es mi responsabilidad, sino la responsabilidad de aquellos que no van al teatro. Tienen que ir del sofá al teatro, pero agradezco y me emociona profundamente su cariño.
- ¿La decisión de dejar la serie tuvo que ver con ese miedo al encasillamiento del que hablan muchos actores cuando uno de sus personajes cala tanto, el síndrome Chanquete?
- Entre tú y yo, yo soy una persona bastante irresponsable, y eso es bueno y es malo. ¿En qué sentido digo que es bueno? Yo me muevo por necesidad, como todo el mundo, como todos los obreros de la cultura y de la construcción, todos nos movemos por necesidad, tenemos que ganarnos el sueldo. Pero, por otro lado, me muevo mucho por el pálpito de mi deseo, si me lo puedo permitir. Entonces, no es el encasillamiento, sino mi brújula, y cuando me apetece hacer algo lucho por ello. A lo mejor es que eso ya estaba agotado y ya no me apetecía, ya me aburría. No soporto aburrirme. Necesito ser desafiada como artista, como creadora, necesito ser desafiada, cosa que deja de ocurrir cuando te instalas en un personaje mucho tiempo.
- Isabel, ojalá llegue el momento en el que una obra como Las Troyanas deje de tener tanto sentido ser llevada a escena.
- Es emocionante lo que dices, que narremos otra cosa, el propósito, la ética, el amor, tiene tantos matices el amor. Podríamos estar hablando del amor siglos y, sin embargo, seguimos hablando de la guerra.
























