Resulta llamativa la ausencia de voces críticas en la Ejecutiva Federal. Ni siquiera una situación tan insólita para el PSOE ha provocado una exigencia interna de rendición de cuentas

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El PSOE ha optado por el encastillamiento en el peor momento de su historia reciente. La reunión de la Ejecutiva Federal celebrada ayer no abrió el más mínimo debate sobre la acumulación de causas judiciales que cercan al partido, al Gobierno y al entorno personal de Pedro Sánchez, sino que confirmó la única estrategia que le queda al presidente: victimizarse y atribuir a la oposición lo que en realidad es una crisis política, institucional y moral de proporciones excepcionales.
La reacción resulta tanto más grave cuanto que el calendario judicial no deja de estrechar el cerco sobre Sánchez y su modelo de gobierno. A la imputación de Zapatero en el caso Plus Ultra se suma la imputación de la actual gerente del PSOE por el caso Cloacas, el juicio al hermano del presidente, la causa que afecta a su esposa y las profusas investigaciones contra Ábalos, Koldo y Cerdán. Ante semejante panorama, lo normal en un partido de Estado sería promover una reflexión de fondo, depurar responsabilidades y ofrecer a los ciudadanos explicaciones claras. Lo que han hecho el secretario general del PSOE y su cúpula es lo contrario.
Resulta especialmente llamativa la ausencia de voces críticas en la Ejecutiva Federal. Ni siquiera una situación tan insólita para el PSOE ha provocado una exigencia interna de rendición de cuentas. Todo queda subordinado a la supervivencia del líder. Este domingo, en el congreso de las Juventudes Socialistas, Sánchez no habló expresamente de persecución contra el PSOE, como sí han hecho Óscar Puente y Óscar López, pero repitió hasta en cuatro ocasiones la expresión «oposición marrullera», instalando de nuevo el marco de la conspiración. La portavoz Montse Mínguez lo completó ayer al denunciar un supuesto «linchamiento» contra quienes tienen el carné socialista.
Ese victimismo revela hasta qué punto el PSOE ha perdido capacidad de autorregulación. Hace ocho años, Sánchez llegó al poder mediante una moción de censura contra la corrupción. Prometió regeneración, fortaleza institucional y centralidad parlamentaria. Ocho años después, el balance es demoledor: un Gobierno sin Presupuestos, un Parlamento reducido a instrumento de bloqueo de la alternancia, una Fiscalía erosionada por el servilismo y una sede socialista registrada por la UCO, mientras Feijóo no cierra la puerta a una posible moción de censura.
El PSOE tiene por delante el Congreso Federal del 27 de junio. Habrá que ver si hasta entonces surge alguna reacción interna o si el partido consuma su subordinación absoluta al destino de Sánchez. De momento, la señal enviada es inequívoca: frente a la corrupción, victimismo; frente a la crítica, trinchera; frente a las explicaciones, bunkerización. Un partido que llegó a representar la vertebración de España se comporta hoy como una fortaleza sitiada al servicio del interés particular de su líder.























