























Mis tres primeros libros antinacionalistas se agruparon bajo la etiqueta �contra Croma��n�. Me inspiraba en una vi�eta de El Roto: un hombre con txapela frente al cartel �Defi�ndete de los intrusos. Vota Croma��n�. Una vi�eta que ilustra perfectamente lo que, en 2004, ya madurito, escrib�a Pujol: �Hemos de vigilar [el mestizaje], porque hay gente en Catalu�a que lo quiere, y ello ser� el final de Catalu�a. (…) Para Catalu�a es una cuesti�n de ser o no ser. A un vaso se le tira sal y la disuelve; se le tira un poco m�s, y tambi�n la disuelve, pero llega un momento en que ya no la disuelve�.
Pujol quintaesenciaba la idea fundante del nacionalismo catal�n, la que explica a Orriols. La idea, en rigor, no era suya. Se puede encontrar en un influyente libro del siglo pasado: �El resultado de todo cruce de razas es, en resumen, siempre el siguiente: a) descenso del nivel de la raza superior, b) regresi�n f�sica e intelectual. [...] La mezcla de sangre y el descenso del nivel racial que le es inherente constituyen la �nica y exclusiva causa de la desaparici�n de antiguas civilizaciones; pues no son las guerras las que arruinan a los hombres, sino la p�rdida de la fuerza de resistencia propia de la sangre pura� (Mein Kampf, cap. 11).
Tampoco Hitler era original. Unos a�os antes aparece la misma imagen –�una sustancia que se desnaturaliza al a�adirle un elemento ajeno�– en H. G�nther y Madison Grant, autores hoy olvidados, pese a ser los padres intelectuales de la �teor�a� del Gran Reemplazo. G�nther y Grant no eran unos dementes marginales. Considerados cient�ficos respetables en su d�a, gozaron de notable influencia pol�tica. En Estados Unidos, Grant inspir� directamente la Ley Johnson-Reed de 1924, que estableci� un sistema de cuotas migratorias destinado a preservar la composici�n racial. Sus ideas eugen�sicas contribuyeron tambi�n a las leyes estatales de esterilizaci�n forzosa, que permitieron esterilizar a m�s de 60.000 personas consideradas �inadecuadas�. Estas pr�cticas fueron declaradas constitucionales por el Tribunal Supremo en el caso Buck v. Bell (1927), donde el juez Wendell Holmes Jr. escribi� la c�lebre frase: �Tres generaciones de imb�ciles son suficientes�. Ah� va el inventario de las �clases socialmente inadecuadas: 1) d�biles mentales; 2) insanos (incluyendo los psicop�ticos); 3) criminales; 4) epil�pticos; 5) beodos consuetudinarios (incluyendo toxic�manos); 6) enfermos (comprendiendo tuberculosos, sifil�ticos, leprosos y otros que padezcan enfermedades cr�nicas, infecciosas y legalmente segregables); 7) ciegos (incluyendo los que tengan muy mala vista); 8) sordos (incluyendo los que tengan muy mal o�do); 9) deformados (incluyendo lisiados); 10) cargas sociales (incluyendo hu�rfanos, los sin hogar, los vagabundos y los indigentes)�.
Tomo la cita de la edici�n espa�ola de 1946 de Gen�tica y pol�tica, un breve libro de J. B. S. Haldane, figura central –el m�s matem�tico– entre los creadores de la teor�a sint�tica de la evoluci�n, que integr� dos teor�as entonces contrapuestas: la selecci�n natural de Darwin y la gen�tica mendeliana. A Haldane, por cierto, su militancia comunista no le impidi� criticar con dureza a Lysenko, el agr�nomo sovi�tico que sedujo a Stalin con tesis de inspiraci�n lamarckiana y que, al negar la gen�tica mendeliana, acab� convirti�ndose en uno de los principales responsables de las pol�ticas agrarias causantes de las hambrunas de los a�os treinta en la URSS. El texto, publicado originalmente en 1938, merecer�a una reedici�n a la vista de la proliferaci�n de especialistas en todo y autores de libros de aeropuerto que, a partir de resultados sugestivos –aunque no concluyentes– de la gen�tica, la neurolog�a o la psicolog�a evolutiva, lanzan aventuradas propuestas que alcanzan incluso a aut�nticas condensaciones civilizatorias como los c�digos penales. Como record� Carl Sagan, retomando una idea de Hume y Laplace, �extraordinary claims require extraordinary evidence�.
Afortunadamente, fuera de Catalu�a y el Pa�s Vasco, donde el racismo etnicista –inseparable de los nacionalismos– no se ha mitigado nunca, y figuras como Arzalluz, Heribert Barrera o Torra han hecho afirmaciones que no desmerecen las del cabo austr�aco, esas ideas no han circulado mucho en nuestro pa�s. Hasta ahora. No hace mucho escuch� a un tertuliano, catedr�tico de derecho proclamadamente antinacionalista, liberal y cat�lico (combinaciones complicadas), invocar la teor�a del Gran Reemplazo y despachar a sus educados contertulios por �buenistas�. Sin m�s argumentos. Con un indigno a�adido contable: �los inmigrantes no salen a cuenta�. Cristiano, repito.
Antes de entrar en consideraciones morales, conviene detenerse en ese �no salen a cuenta�. Porque el arqueo habitual resulta incompleto: incluso el m�s pesimista –quien nos recuerda que los inmigrantes irregulares �no pagan impuestos�– ignora partidas importantes. No basta con mirar el saldo fiscal inmediato. La inmigraci�n no es solo gasto o ingreso p�blico; tambi�n altera precios, salarios, estructura productiva y, en �ltima instancia, el bienestar real. Cuando muchos inmigrantes se concentran en empleos de bajos salarios, no solo cambian cotizaciones y transferencias; tambi�n bajan los costes en actividades intensivas en ese trabajo, lo que abarata bienes y servicios que consumimos todos. Todos, s�: aunque usted no consuma cuidados o trabajo agr�cola, consume bienes y servicios producidos con insumos –materiales o trabajo– que s� incorporan esos costes m�s bajos.
Y es que en una econom�a interdependiente –como mostr� aquel genio polifac�tico, Piero Sraffa– los costes laborales recorren toda la cadena productiva. Por eso, la presi�n a la baja en ciertos segmentos salariales no se queda en los sectores visibles, sino que se filtra, v�a precios intermedios, al conjunto del sistema de precios, aumentando el poder de compra real de los consumidores. De todos. Tambi�n de los consumidores gourmet.
Lo que tenemos, por tanto, no es un �agujero� simple, sino un conflicto distributivo: una redistribuci�n desde trabajadores poco cualificados hacia consumidores en general y hacia empresas que utilizan ese trabajo. Ese beneficio, sin embargo, no aparece en las cuentas fiscales. No figura en ning�n balance ministerial, pero es econ�micamente tan real como un ingreso monetario. Ignorarlo es hacer trampas. Por supuesto, lo anterior no quiere decir que no existan costes. Los hay, y no se reparten al azar, tambi�n los pagan los de abajo: la presi�n a la baja sobre los salarios de quienes compiten en esos mismos segmentos de baja cualificaci�n; las �externalidades multiculturales�, en los barrios modestos.
Ese deber�a ser el terreno de la discusi�n: c�mo se reparten costes y beneficios, qu� pol�ticas compensan a los perdedores. Lo que debiera preocuparnos. Lo otro –la sal que disuelve el vaso, la pureza que se degrada, el miedo a la mezcla– es otra cosa. Y ya sabemos ad�nde lleva, sobre todo, cuando se ancla en las dimensiones sombr�as de la naturaleza humana.
Pero volvamos a los principios, a la consistencia de nuestros liberales defensores de la teor�a del Gran Reemplazo. Ninguna. Si se acepta, como hace el liberalismo, que cada cual debe asumir las consecuencias previsibles de sus decisiones, parece obligado aceptar que nadie debe ser penalizado por circunstancias independientes de sus actos. Y la m�s decisiva es el lugar de nacimiento, la �prima de ciudadan�a� de B. Milanovic: nacer a un lado u otro de una frontera sigue siendo el principal factor diferencial del nivel de renta y, con �l, de las posibilidades de elegir nuestras vidas.
A ese problema se a�ade una elemental confusi�n conceptual que mucho nos dice de cu�nto liberalismo conocen algunos liberales. Cuando despachan como �buenistas� las cr�ticas a la teor�a del Gran Reemplazo, mezclan dos cosas distintas. Una es la tesis emp�rica de que los humanos somos santos por naturaleza, falsa (lo que no significa que seamos perversos por naturaleza). Otra, muy distinta, la tesis normativa de la igual dignidad moral de todos los seres humanos: una igualdad que es �tica y jur�dica que en ning�n caso implica que todas las personas sean iguales en capacidades, inteligencia o m�ritos. Esta igual dignidad es el fundamento del individualismo moral que permite justificar la democracia y los derechos: un individualismo no menos obvio, asumido por liberales, socialistas y comunistas (de ah� lo de �de cada uno seg�n sus capacidades, a cada uno seg�n sus necesidades�); y por cristianos, cre�a yo.
Por todos, salvo por los guardianes de las purezas raciales de las tribus. Entre ellos, quienes como Illa prometen que �en Catalu�a no lo vamos a permitir nunca�, en un ejercicio de cinismo notable: no ha hecho otra cosa desde que tiene mando en plaza.
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