A estas alturas del siglo XXI, los algoritmos y los indicadores económicos no lo explican todo. También importa algo tan abstracto como la herencia cultural

Nigel Farage, ante un cartel pro referéndum del Brexit, en 2016.EFE
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¿Por qué en los diez años que han transcurrido desde el referéndum del Brexit no ha habido más consultas como aquella? ¿Por qué no ha habido un solo gobierno que organizase su propia votación sobre la permanencia en la Unión Europea? ¿No hay algo extraño en esto cuando hablamos de un club de 27 países y de un periodo de tiempo en el que han ido y venido decenas de líderes distintos?
Uno querría pensar que la respuesta a estas preguntas es sencilla, y que contiene un mensaje tranquilizador sobre la racionalidad humana. Nos gustaría creer que el Brexit tuvo un efecto tan devastador en la sociedad, la economía y la política de aquel país que los demás escarmentaron en cabeza ajena. Pero esta respuesta no parece suficiente. Desde 2016, el discurso crítico con la UE se ha reforzado en toda Europa, a lomos de una derecha populista que ha volcado las mismas críticas contra los «burócratas de Bruselas» que ya usaron los euroescépticos británicos. Además, ni las angustias económicas ni el sentimiento antiélites, tan citados como combustible del Brexit, han desaparecido. Si acaso, han ido en aumento. Y la historia está repleta de casos en los que un partido o una mayoría social, viendo las consecuencias de una decisión desastrosa en otro país, pensaron que el problema no era la decisión en sí, sino que no la habían gestionado ellos.
Todo esto nos anima a concluir que Reino Unido siempre fue un caso muy particular dentro del proyecto europeo. Que su cultura y su identidad nacional siempre tuvieron una relación muy complicada con el concepto de «Europa». Que no fue baladí que una generación tras otra de británicos creciera estudiando episodios, desde 1066 hasta la Segunda Guerra Mundial, en los que sus islas habrían estado amenazadas por fuerzas del «continente». Que sus euroescépticos se dirigían por todo ello a un electorado que era mucho más receptivo a sus argumentos -contra las cesiones de soberanía o una supuesta «invasión» extranjera- que el de otros países.
Esto no significa que la cultura lo explique todo, ni que las construcciones identitarias sean inmutables. Sí indica que, incluso a estas alturas del siglo XXI, los algoritmos y los indicadores económicos no lo explican todo. También importa algo tan abstracto e ineludible como la herencia cultural del pasado.

























