Misantrop�as
A la vista de las reacciones suscitadas por el juicio que se desarrolla en el Supremo, ni la generalidad del p�blico ni buena parte del comentariado entiende el proceso penal

V�ctor de Aldama, acusado en el 'caso mascarillas' que se juzga en el Tribunal Supremo.EFE
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Al final de su declaraci�n ante el Tribunal Supremo, V�ctor Aldama dej� caer que hab�a �otros Aldamas� haciendo lo mismo que �l: mediando entre cargos p�blicos dispuestos a ama�ar contratos y empresas que pagan mordidas para obtenerlos. �Pluriverso corrupto! Tambi�n en Twin Peaks salen dos versiones del agente Cooper que investiga el asesinato de Laura Palmer -uno bueno y otro malo- e ignoramos si Aldama, habiendo sido malo, es ahora bueno. Pero nos recuerda Arcadi Espada que la palabra de un arrepentido jam�s debe tomarse al pie de la letra; vean Portobello, serie televisiva de Marco Bellocchio que narra el calvario padecido por un presentador de la RAI al que un delincuente esquizoide identifica como miembro de la camorra napolitana a principios de los 80. Y pregunten a Dolores V�zquez, de cuya vergonzosa condena se cumplen ahora veinte a�os, si la justicia es siempre justa.
Ocurre que todo eso ya lo saben los jueces, encargados de ponderar la credibilidad de los distintos testimonios a fin de construir un relato de los hechos que haga posible dictar sentencia una vez evaluadas las pruebas disponibles. �Y qui�n m�s lo sabe? A la vista de las reacciones suscitadas por el juicio que se desarrolla en el Supremo, ni la generalidad del p�blico ni buena parte del comentariado entiende el proceso penal. Llueve sobre mojado: los ciudadanos que confund�an el significado ordinario de la palabra �violaci�n� con su significado jur�dico firmaron una petici�n masiva para que se inhabilitara a los magistrados que decidieron en primera instancia sobre el caso de La Manada y los periodistas que testificaron a favor del fiscal general del Estado apenas pod�an creer que sus palabras no bastaran por s� solas para exonerarlo de inmediato. Etc�tera.
Otros, en cambio, se equivocan a prop�sito. Ah� est�n esas farsas sentimentales de Pedro S�nchez -sus cinco d�as de reflexi�n, la carta a la ciudadan�a, los ataques trumpistas contra los jueces- cuyo objeto es deslegitimar la acci�n de la justicia, creando las condiciones necesarias para presentar cualquier condena desfavorable como un golpe togado contra la democracia: populismo de manual. Por desgracia, salen a defender al amo -votantes, peri�dicos, sindicatos- quienes habr�an de exigir que se conociera a fondo el alcance de la corrupci�n gubernamental. Tiene, por lo dem�s, su l�gica: este pa�s solo podr�a arreglarse si tirara, como el bar�n de M�nchhausen, de sus propios cabellos. Y bien sabemos que eso es imposible.





















