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"Eu chego sempre". Yo siempre llego. "Tarde o temprano, llego". A primera vista, parece la frase de un mitómano. Pero en boca de un futbolista que ha firmado un doblete en su sexto Mundial, la frase cobra otro sentido. Aunque sigue sin descifrar el misterio de Cristiano Ronaldo.
Él mismo lo decía tras el partido contra Uzbekistán: "Siempre me critican. Siempre estoy bajo lupa". Pero no se ha preguntado por qué. ¿Cómo es posible que uno de los mayores mitos de la historia del deporte sea tan cuestionado y tan poco querido? Cinco Champions, cinco Balones de Oro y el récord absoluto de goles con una selección: 145 dianas en 230 partidos. Cifras sobrehumanas. Entonces, ¿por qué?
CR7 es el ejemplo perfecto de narcisista de éxito. El narcisismo es su motor, pero también su condena. Su motor, porque le empuja a un cuidado enfermizo del cuerpo, de la carrera, de la técnica e incluso de esa celebración suya que, sin ser precisamente simpática, se ha convertido en un icono mundial. Su condena, porque el narcisista casi siempre camina solo.
Cristiano no es malo; al contrario, es generoso. Pero su ego es la medida de todas las cosas, incluida su propia generosidad. Ve en la televisión a un huérfano indonesio con la camiseta de Portugal entre los escombros de un pueblo arrasado por un tsunami, y llama a su agente, Jorge Mendes: "¡Jorge, rápido, tenemos que reconstruir un pueblo indonesio arrasado por un tsunami!". Su madre supera un cáncer en Madeira, y vuelve a telefonear a Mendes: "¡Jorge, rápido, hay que regalarle a Madeira un nuevo centro oncológico!". Da positivo en Covid, se pasa días confinado y, entre una sesión de gimnasio y otra de crioterapia, insiste: "¡Jorge, rápido, donemos un millón de dólares a las UCI de Lisboa y Oporto!". Y lo mejor es que lo cumple: el pueblo indonesio, en la isla de Sumatra, provincia de Aceh, se reconstruyó, Madeira estrenó centro oncológico y los enfermos portugueses contaron con 35 camas de cuidados intensivos costeadas por su bolsillo.
Más que amado, es idolatrado. Cuenta con 667 millones de seguidores en Instagram, muchos más que Messi; y sin embargo, Messi le reconcome. El otro día mandó callar a un periodista que osó empezar una pregunta recordándole los goles que Leo había marcado en el Mundial antes que él. Y cuando Messi alzó la Copa en Catar, tardaron minutos en llegar las felicitaciones de Neymar; las de Cristiano nunca llegaron.
Cambiar a los 41 años es una quimera, pero contra Uzbekistán pareció estar cerca de lograrlo. Tras el gol con el que se quitó la espina, abrazó a sus compañeros antes de soltar el 'Siuuuu' de rigor. Después, le cedió a Nuno Mendes la falta del 2-0: todo el mundo esperaba su latigazo, anunciado por sus habituales monólogos para automotivarse; nadie esperaba que fuera a renunciar a él.
En Catar nos dejó una imagen muy distinta. En octavos contra Suiza lo mandaron al banquillo por pura desesperación. Cuando su sustituto, Gonçalo Ramos, marcó el primero de sus tres goles, Ronaldo fue el único que no se levantó a abrazarlo. Solo hizo una excepción con el gol de su amigo Pepe. Al final del encuentro, parecía un cuerpo extraño en una plantilla que celebraba un 6-1. La última estampa que teníamos de él en una Copa del Mundo era su llanto desconsolado, y una vez más solitario, camino de los vestuarios tras caer en cuartos ante Marruecos. No podía terminar así una historia con la selección que empezó cuando Bush ocupaba la Casa Blanca, Chirac el Elíseo, Berlusconi el Palazzo Chigi y Trapattoni el banquillo de Italia. Y, efectivamente, no ha terminado.
La muerte deportiva es un trago dificilísimo de digerir. Ninguno de los tres grandes del tenis supo retirarse a tiempo: tanto Federer como Nadal esperaron a que el cuerpo dijera basta; ya veremos qué hace Djokovic. La vejez futbolística se puede camuflar dentro del grupo; pero llega un momento en el que te conviertes en un lastre, y en un Mundial un equipo no es una manada de lobos que frena su paso para esperar al más lento; el ritmo siempre lo marca el más rápido. Cristiano, de momento, aguanta el tipo; aunque no siempre tendrá enfrente a los centrales uzbekos, que no están a la altura de su seleccionador, Cannavaro. Estas goleadas de inicio de torneo, incluidas las de Messi, tienen que superar la prueba de un mes largo, asfixiante y complejo. Mientras tanto, disfrutémoslas.
Al fin y al cabo, CR7 es el campeón perfecto para la época que nos ha tocado vivir: la era del narcisismo de masas. Durante mucho tiempo, su sexualidad fue un enigma: más que a hombres o mujeres, parecía amarse a sí mismo y a su propia imagen a través de ellos; el mito de Narciso en estado puro. A su primer hijo, llamado lógicamente Cristiano, lo tuvo como padre soltero. Luego llegaron los gemelos Eva y Mateo, mediante gestación subrogada de madre anónima. Finalmente entró en su vida Georgina Rodríguez, madre de Alana Martina y Bella Esmeralda. Ha tenido algún que otro quebradero de cabeza con las mujeres, pero siempre lo han solucionado los abogados y los talonarios. La verdadera mujer de su vida es su madre, Maria Dolores, la cocinera que lo sacó adelante sin un marido que murió alcoholizado cuando Cristiano tenía 20 años; de ahí que el luso no pruebe el alcohol y solo beba agua. Hay quien dice que cae mejor en la derecha, mientras que Messi gusta más en la izquierda. Quizá sea una tontería, pero conviene recordar que Ronaldo no es un apellido, sino su segundo nombre, un homenaje al presidente estadounidense Ronald Reagan, líder de la derecha con rostro humano.
Su paso por Italia no dejó huella. Quizá tenía razón Marotta cuando no quería ficharle. No aprendió ni una palabra de italiano. Tras sus problemas con la fiscalía española, se acogió a la ley del gobierno de Renzi que prácticamente suprimía los impuestos a los ricos extranjeros que se mudaran allí. Marcó goles y ganó dos Scudetti, pero no le dio la Champions a la Juve; a cambio, dinamitó las cuentas del club para luego exigir más dinero. Cuando se marchó de Madrid, el escritor Javier Marías lo sentenció por su egocentrismo: "No jugaba en el Real Madrid, jugaba en el Real Ronaldo". Desde entonces, Marías ha fallecido y Ronaldo se ha ido a Arabia Saudí a hacerse inmensamente rico y, esperemos, un poco menos narcisista.
Porque la ambición mueve el mundo; pero el narcisismo, a la larga, lo extingue.
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