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No Te Va Gustar, el grupo de barrio que conquista Latinoa...
Cande Allende · 2026-05-02 · via Cultura

Para florecer en el caos hace falta una sola cosa. Música. Buena y a borbotones. Desde Buenos Aires, Emiliano Brancciari, vocalista y guitarrista de No Te Va Gustar, afirma lo que se espera que una estrella del rock afirme: que la música es refugio, que la música importa, que pisar un escenario te transforma cual bombazo de energía. A tope, un chute de adrenalina, una metamorfosis. Las canciones, dice, «son refugio en tiempos de caos». No Te Va Gustar es rock, en ocasiones murga, candombe, reggae. Y por qué no, algo de ska y folk cuando la ocasión lo pide. La banda nace en la capital de su país vecino, hace algo más de tres décadas. Rebobinemos: Montevideo, 1994. Un cuarteto de dieciseisañeros se junta para presentarse a un festival en la plaza del barrio. La música fluye. Y fluye. Y no deja de fluir. Y fluirá, por lo menos, 32 años más, hasta alzarse como una de los grupos más icónicos del rock latinoamericano.

La historia de No Te Va Gustar también es la de una banda que creció a golpe de escenario. Fueron afinando su propuesta en vivo hasta convertirla en una maquinaria de rock mestizo con identidad propia, donde conviven guitarras, vientos y una pulsión rítmica que remite de lleno al Río de la Plata.

Los integrantes van, vienen, se transforman. Son menos, son más y tres décadas más tarde, los ocho miembros que hoy forman la banda cierran el primer concierto de una gira internacional en el estadio Ferro de la capital argentina. Unas 20 mil personas en estado de éxtasis, cual bombazo de energía, sedados de adrenalina, una metamorfosis. Ocurrió durante la noche del pasado 25 de abril, durante algo más de tres horas en las que el grupo tocó los 10 temas que componen su nuevo disco, Florece en el caos y otras 30 canciones que han forjado su recorrido, sobre todo, en Uruguay y Argentina. «Buenos Aires es especial», cuenta Emiliano, apenas dos días antes del gran show. «Venimos desde hace muchos años y nos sentimos muy queridos. Nos tratan como un artista local porque hicimos todo el camino que debe hacer un artista local. Empezando desde cero; sin redes sociales, ni plataformas, solo tocando en vivo. La gente nos vio crecer desde cero». De cero a rozar los cinco millones de oyentes mensuales en Spotify; de cero a casi 20 mil personas en una sola noche.

Se suele escuchar por ahí que no hay público como el argentino. Brancciari - o Emi, como le suelen llamar los suyos- les llama «pasionales», aunque quizá sería hacerles un flaco favor. Sobre el escenario, Emi, Denis (trombón), Martín (trompeta), Diego (batería), Mauricio (saxofón), Pablo (guitarra), Francisco (teclado) y Guzmán (bajo) dejan de ser personas. Se convierten, más bien, en torrentes de energía. Y el público no deja menos que desear. Ese maldito momento, A las nueve y De nada sirve, se coronan como algunos de los clásicos de culto de la banda que en la noche del 25 de abril convivieron con los temas más benjamines de los uruguayos.

«Siento este show como un punto de partida», cuenta Emi. Y sigue: «Somos una banda con muchos años, pero nos consideramos vigentes y miramos hacia adelante, disfrutando del presente. Nos parece que lo más auténtico es poder mostrar lo que somos en este preciso momento, sin perder de vista lo que nos trajo hasta acá y seguir tocando los clásicos que la gente transformó en clásicos. Defendemos lo que somos hoy». Por ahora, lo que defienden es una antología de 10 temas que, juntos, se unifican bajo un mismo disco de purísimo rock y que se preparan para presentar en 16 países. «Somos un grupo humano maravilloso que es feliz haciendo lo que hace, privilegiados por hacer lo que amamos y gracias a eso vivir y viajar. Tenemos las mismas ganas que hace muchísimos años y eso nos hace felices. Sabemos que estamos donde queremos estar». Lo que dejan claro es que ese lugar dónde dicen que quieren estar es moviendo masas, sobre el escenario.

Florece en el caos, llega cinco años después del disco anterior y más que un giro, parece una decantación. «Había una necesidad de generar material nuevo», explica Emi. «Pero también veníamos de celebrar los 30 años, y sabíamos que cualquier lanzamiento iba a quedar opacado». El resultado es un álbum más crudo, más directo. Canciones que nacen desde lo mínimo: una guitarra, una voz, una grabación en el móvil. Sin el armazón previo de otros trabajos, donde las maquetas ya llegaban vestidas. Ahí es donde aparece la verdadera naturaleza de No Te Va Gustar: ocho personas pensando una misma canción. Sin jerarquías excesivamente rígidas y, subraya su vocalista, «sin luchas de ego».

Uno de los momentos del concierto en el estadio Ferro de Buenos Aires

Uno de los momentos del concierto en el estadio Ferro de Buenos AiresCande Allende

«La canción está por encima de todo», dice. Y, aun así, el caos existe. «Claro que lo hay», reconoce. «Pero también es parte de lo que somos, es nuestra esencia, ¿no?». La diferencia, dice, está en cómo se gestiona: con humor, «muchas veces ácido», y con una lógica interna que han ido afinando durante tres décadas. Decirse las cosas. No guardarse nada. Mantener limpio lo importante. Hablar de No Te Va Gustar en el Río de la Plata va más allá de repasar discos o contar años. Hay algo que se juega en otro plano, algo un tanto más difícil de medir. Uruguay los vio dar los primeros pasos; Argentina los abrazó como si siempre hubieran sido de casa. En ese cruce constante entre Montevideo y Buenos Aires se fue armando una historia compartida, una especie de identidad común que terminó colándose en cada canción.

Lo suyo creció despacio, a pulmón, escenario tras escenario. Sin fórmulas. Tocando cuando todavía todo era más incierto y sosteniéndose cuando la cosa empezó a hacerse grande. Hoy llenan recintos, giran por el continente y revientan festivales. «Creo que el éxito que hemos conseguido se debe, en parte, a la suerte. Pero sobre todo, a hacer siempre lo que nos gusta y poner lo artístico por encima de todo, el respetar al público, el cuidarnos como grupo humano... porque las relaciones entre nosotros son importantísimas.Y el disfrutar y nunca mirar para atrás. No nos podemos conformar con lo que ya hicimos ;no podemos transformarnos en un tributo a lo que fuimos». «No me siento una estrella del rock. Para nada», ríe Emi. Tampoco cree que se les perciba como tal. Si Emi dice lo que se espera que diga una estrella de rock, se desenvuelve más bien como todo lo contrario. «Soy muy tímido», admite. Y la banda camina por el mismo filo mestizo de discreción e intensidad. «Nos hicimos hombres aquí dentro, éramos adolescentes y fuimos padres. Conocimos el mundo gracias a la música, hemos estado en 25 países, eso te cambia todo. Maduras».

La gira, más allá de países hispanoparlantes, hará también partícipes a Italia, Francia, Reino Unido e Irlanda del fenómeno uruguayo. Ahí está el español, una vez más, rompiendo fronteras. «La música en español está en su mejor momento. Encuentro que eso está buenísimo, sea el género que sea. Siento que el español siempre ha sido un idioma bastante degradado... hasta que dominamos el mundo».

Más allá de que reguetón y urbano, incuestionables predilectos de listas, muevan masas de punta a punta del globo, el vocalista defiende la permanencia absoluta del género al que le debe la vida. «Es verdad que el rock siempre está al margen de este éxito, en cierto sentido. Pero el que diga que el rock murió, miente. Siempre está ahí y siempre lo estará. Y lo que tampoco muere es la actitud. Lo veo en nuestros propios shows. Los conciertos se siguen llenando, el rock sigue moviendo a gente». El rock, de momento, vive. A lo grande.

Y atraviesa generaciones. «Una vez más, se nota cada vez que subimos al escenario. Vemos varias generaciones juntas, gente que nos venía a ver desde hace mucho tiempo, otros de nuestra edad que vienen con sus hijos, incluso gente mayor que se emociona con nuestras canciones». No siempre fue así. Ese cruce generacional llegó con el tiempo, de forma orgánica, casi inevitable. «Al principio no ocurría, pero con los años se empezó a dar, y para nosotros es maravilloso», insiste. Tres décadas dan para ver cambiarlo todo: la industria, los formatos, la forma de llegar al público. De los comienzos sin redes sociales, sostenidos únicamente por el boca a boca, a una escena globalizada donde todo circula a velocidad vertiginosa. Pero si hay una clave en su permanencia, Brancciari la tiene clara: «Respetar lo que somos en cada momento y poner lo artístico por encima de todo, incluso de lo económico»., dice. «Capaz hay otras claves y no me estoy dando cuenta», bromea.

También hubo momentos en los que todo pendió de un hilo. En 2012, la muerte durante una gira de su tecladista, Marcel Curuchet, sacudió los cimientos de la banda. «Estábamos tan golpeados que pensamos en no seguir», recuerda. «Y hubiera sido un gran error. Hubiera sido un doble golpe». Sin fuerzas, pero con una intuición casi instintiva, decidieron continuar. «Nos curamos en el escenario», dice. La música, una vez más, como refugio. El duelo fue colectivo, compartido entre ellos y con el público. «A veces estábamos tocando y veías a un compañero llorar, otro lo abrazaba y la canción seguía. Así lo fuimos viviendo». Hoy, con el camino recorrido a cuestas, la sensación es doble. «Estoy recontra satisfecho y orgulloso», admite. Pero enseguida aparece el impulso que los mantiene en marcha: «También siento que hay muchísimo más». Las ganas siguen intactas.

La ambición, también. Entre los sueños pendientes, uno concreto: tocar en Japón. «Todavía no lo hemos hecho, pero creo que se puede conseguir». Si hay que pensar en legado, Emi se fija en el origen: «Espero que más allá de que la banda no esté, la gente tenga dónde escucharlas y que les sigan generando cosas, sentimientos». 32 años después de aquella plaza en Montevideo, No Te Va Gustar sigue demostrando que la clave está en no dormirse en los laureles. El caos florece, ellos lo domestican en canciones, y el público responde, como siempre. Así de simple, así de efectivo.