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La Lectura

El buen retiro Bad Bunny, Shakira, Aitana... por qué España vive la era dorada de los conciertos de estadio: "Esto es muy simple, en un mundo donde todo es fake, la gente quiere algo de verdad" Catherine Fletcher y un viaje por la historia de hace dos mil a�os El Mundo De los mitos paganos de Grecia y Roma a la fe universal de San Pablo, así nació el cristianismo: "Una misa católica es una ceremonia profundamente pagana" Valeria Luiselli y todas las formas de poder reimaginar una vida William Kentridge: "Mi madre siempre decía que uno debe mancharse las manos al menos una vez al día, y yo he procurado no olvidarlo" Cuando Pérez-Reverte era un joven con una mochila y una cámara: "Una vez que entiendes que el trabajo del periodista consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como antes" Un poema de Elena Medel Patricia Almarcegui: "La turistificaci�n masiva contin�a y continuar�. El dinero no desaparece, cambia de lugar" Miguel Hern�ndez y la prosa de munici�n Bi Gan, director de 'Resurrection': "Los sue�os y el cine son dos expresiones para designar lo mismo" Jos� Sacrist�n y Mar�a Galiana, memoria eterna de nuestro teatro: "Nadie nos va a bajar de aqu� porque no nos da la gana" Juan Gracia Armend�riz ante doscientos catorce d�as de incertidumbre De cloaca al aire libre a monumento del arte urbano: "El BesArt es una referencia mundial" Cartago, el imperio sin memoria: mitos, teorías y verdades de la civilización que Roma quiso exterminar de la faz de la tierra La Casa de Bernarda Alba se hace baile en Madrid: "Espero que el p�blico pueda vivir el encierro, la angustia y los conflictos de estas mujeres sin necesidad de seguir la obra de forma literal" La Biblia de Ferrara, un monumento cultural de lo que somos y de lo que pudimos ser El Mundo Notas al pie de la historia: Cabello/Carceller devuelven la voz a los disidentes olvidados ficial Francis Ker�, arquitecto: "Una de las enfermedades de las democracias africanas es querer parecernos a Occidente sin tener las mismas ra�ces" M�sica, apocalipsis y pol�tica: Jos� �ngel Ma�as recomienda tres pel�culas que reflejan tres formas de entender el cine L�szl� Krasznahorkai: c�mo resistir al miedo gracias a los "errores" de la vida y el arte Rodrigo Rey Rosa: "Los criollos heredamos los peores modales de aquella Espa�a que M�xico denuncia" Jacinto Ant�n: "Soy periodista por casualidad. Cuando empec� ni siquiera sab�a de d�nde ven�an las noticias" Llegar tarde Aquellas hambres John Banville: "La literatura no sirve para nada, no nos hace m�s amables, guapos o inteligentes, s�lo nos produce placer, Pero, �qu� m�s hace falta?" 48 horas con Quevedo en Gran Canaria: "En este punto de mi vida no quiero agradar, me la suda fuerte" Roser Cabr�-Verdiell y la gu�a m�gica para acabar con el miedo por los hijos Barcelona y el Quijote, un amor no correspondido: "Cervantes deber�a ser un referente continuo" El marqu�s de Mor�s, el protofascista que vino de Francia Relato in�dito de Marta Jim�nez Serrano: Feliz Sant Jordi Alonso de Quesada, el poeta que esperaba en la sombra La Esfera de los Libros celebrar� Sant Jordi junto a los lectores 10 novelas en espa�ol recomendadas por el D�a del Libro 2026: Nerea Pallares, Luis Landero, Sara Barquinero, Jes�s Carrasco... 10 ensayos recomendados para el Día del Libro 2026: Historia, biografías, análisis e investigación para entender el presente 10 libros infantiles recomendados para el D�a del Libro 2026 Annie Ernaux y su diario de sombras en busca de la luz 10 novelas juveniles para el D�a del Libro: Laura Gallego, Alice Kellen, Blue Jeans... 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Luis Alemany: "Desde joven siento estar fuera de sitio, como Torres Blancas" Capa y el monopolio de propaganda Ai Weiwei, artista: "Aunque la censura en Occidente sea diferente a la de los pa�ses totalitarios, la esencia es la misma, a veces hasta es m�s dura" La revelaci�n literaria de Nerea Pallares: "En muchas culturas las mujeres deben reclamar su voz para poder existir"
El Mundo
Andr�s Seoane · 2026-06-16 · via La Lectura

Más allá de las políticas, la burocracia y la fría economía, desde sus orígenes y con cimas brillantes como el Renacimiento y la Ilustración, Europa comparte una cultura común. Una historia, una literatura, una música, un arte, una arquitectura y una ciencia que forman el cimiento de lo que somos y de lo que deberíamos aspirar a ser. Invitamos a 13 de los mejores escritores del continente a explicar qué significa para ellos ese sustrato cultural común que llamamos Europa.

ENRIQUE VILA-MATAS, España

Hubo un tiempo en el que Europa se extendía ante mí como una conversación infinita. Hasta que un día entreví su más turbadora seña de identidad. George Steiner ni se despeinó al señalarla: Europa siempre ha creído que perecerá. Basta que demos hoy una vuelta por ella para comprenderlo: supervivencia de los odios étnicos, patrioterismo nacionalista, retorno del antisemitismo, uniformización cultural que, a consecuencia de la globalización, lo tiñe todo de mediocridad. Y no será porque Flaubert no lo advirtiera cuando escribió en 1876: «Llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en un hombre de negocios y en un imbécil (para entonces, gracias a Dios, ya habré muerto). Peor lo pasarán nuestros sobrinos. Las generaciones futuras serán de una tremenda estupidez y grosería».

Concluida la Segunda Guerra Mundial, se reconstruyó la Europa desaparecida físicamente pero muy poco, o nada, el ámbito espiritual y cultural en el que había nacido, como si no interesara volver a forjar el hogar y la civilización europea. Y así nos va, y así nos vemos. Europa teme y cree ahora más que nunca que desaparecerá. Es posible que estemos horrendamente solos. Y que, como alguien dijo, todos somos Hamlet, el final protestante.

THEODOR KALLIFATIDES, Suecia / Grecia

En 1943 mi pueblo en Grecia fue bombardeado por última vez por aviones británicos. El nazismo estaba perdiendo la guerra, y así fue. Un momento de alegría, pero al mismo tiempo comenzó la guerra contra el comunismo estalinista, no con armas, sino con la cultura. De alguna manera fue decisivo para Europa. Francia tomó la delantera. París se convirtió en el centro mundial de toda la vida cultural relevante. Nuevos filósofos, nuevos pintores y escultores, nuevos compositores. En mi escuela conjugábamos el verbo «amar» con gran entusiasmo porque nuestra profesora era joven y guapa. La era francesa no duró mucho. La literatura y la música de EEUU, novedosas y más vibrantes, se impusieron, especialmente entre los jóvenes. Lentamente, se formó en Europa una nueva élite, educada en universidades estadounidenses y devota del nuevo dios: el dólar.

Y así ha continuado. Los líderes de la nueva Europa están más o menos americanizados. Viejos sueños mueren, pero no siempre. El sueño nazi de dominación mundial ha sido reemplazado por el capitalismo y el mercado. Si algo distingue a la nueva élite es precisamente la ausencia total de intereses culturales. Para ellos, la historia del mundo ha terminado con la dominación del capital. Eso es lo que quieren, eso es lo que buscan y son capaces de forjar cualquier alianza para lograrlo.

Europa según la mitología tiene ojos hermosos grandes y si quiere sobrevivir debe usar esos ojos para ver a la bestia que crece día a día y que, tarde o temprano, conducirá a lo que más se debe evitar: una nueva guerra mundial. Hasta ahora, parece que solo España resiste. El resto de Europa está gastando más dinero que nunca en rearme. Un día negro llegará la guerra que significará el fin violento del mundo tal como lo conocemos. Mis nietos no leerán a Homero, quien escribió que la guerra es la fuente de todas las lágrimas y Europa, con sus hermosos ojos, quedará completamente ciega. Espero estar equivocado.

LIUDMILA ULÍSTKAYA, Rusia

En 2014 visité Salzburgo para participar en un festival cuyo tema era el centenario de la Primera Guerra Mundial y las lecciones que aún no hemos aprendido. Durante el acto de inauguración, dos magníficos actores leían un diálogo de Los últimos días de la humanidad, la extraña obra de 800 páginas de Karl Kraus escrita entre 1915 y 1919. Me pregunté: «¿Qué ha ocurrido en el mundo para que tenga que recordarse de nuevo una profecía de hace 100 años?».

Escuché los discursos de los dirigentes austríacos: el gobernador de Salzburgo, el ministro de Cultura y el presidente de la república. Sorprendentemente, me conmovieron profundamente. Era una sensación completamente incomprensible para una ciudadana rusa. Hablaban personas cultas y educadas cuyos discursos se parecían más a las conferencias de profesores universitarios que a las intervenciones de los funcionarios de partido a las que los rusos estamos acostumbrados desde la cuna.

Hablaron de la relación entre cultura y política y suscitaron reflexiones sobre una posible destrucción del mundo. Compararon dos momentos históricos: los años anteriores a la guerra a comienzos del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. Todos regresaban una y otra vez a la misma cuestión: el entusiasmo popular, la aceptación de la guerra por parte de los intelectuales europeos o las escasas voces de protesta. Pero lo más importante era la inquietante semejanza en el auge sin precedentes de los sentimientos nacionalistas, la explotación del concepto de patriotismo y el respaldo a los sentimientos de exclusividad y superioridad nacional.

"Europa teme y cree ahora más que nunca que desaparecerá. Es posible que estemos horrendamente solos"

Enrique Vila-Matas

Vergüenza e impotencia. Viviendo en Rusia percibo estos sentimientos con especial intensidad. No participo en política, pero digo lo que pienso cuando me lo preguntan. Por ello me acusan de odiar a mi país y resulta inútil justificarse. No hay odio en mí; sólo vergüenza e impotencia. Hoy mi país ha declarado la guerra a la cultura, a los valores del humanismo, a la idea de las libertades individuales y de los derechos humanos. Mi país padece la enfermedad de la ignorancia agresiva, del nacionalismo y de los delirios imperiales. La cultura ha sufrido una dura derrota en Rusia. Nosotros, las personas de cultura, no podemos cambiar la política suicida de nuestro Estado. La comunidad intelectual está dividida. Una vez más, como a comienzos del siglo pasado, una minoría se opone a la guerra mientras mi país empuja cada día al mundo hacia una nueva guerra. Nuestro militarismo afiló sus garras en Chechenia y Georgia y ahora se entrena en Ucrania.

¡Adiós, Europa! Me temo que nunca podremos integrarnos en la familia europea de naciones. Nuestra gran cultura -Tolstói y Chéjov, Chaikovski y Shostakóvich, pintores, artistas, filósofos y científicos- no ha sido capaz de detener las políticas de los fanáticos religiosos, las ideas comunistas de ayer ni las políticas de los necios codiciosos de hoy. Durante 300 años, nosotros, las personas de la cultura, encontramos fuerza e inspiración en las mismas fuentes que todos los europeos: Dante, Bach, Beethoven y Shakespeare. No hemos perdido la esperanza. Sin embargo, hoy la pequeña parte de la cultura rusa a la que pertenezco, sólo podemos decir una cosa: «¡Adiós, Europa!».

MIRCEA CARTARESCU, Rumanía

El pueblo rumano quiere mucho a Europa porque, a diferencia de otros estados que nacieron europeos, Rumanía ha tenido que luchar para serlo. Los rumanos soñamos con Europa durante 200 años. Me siento muy cercano a mi comunidad y a la lengua rumana, pero también muy ligado a la identidad europea. Europa es mi segunda patria, es un elemento esencial en mi identidad, así pues, creo en una patria nacional y en una patria supranacional. Creo profundamente en el concepto de Europa, en una Europa unida y en su núcleo, que es un núcleo cultural.

Rimbaud, Cervantes, Kafka, Unamuno, Goethe, Thomas Mann... a mis escritores no los busqué en un mapa, los encontré en las estanterías de la biblioteca de mi pueblo, colocados el uno detrás del otro, sin ninguna frontera entre ellos. Más que ningún otro lugar, Europa representa la cultura. Su columna vertebral está hecha de libros, cuadros, canciones..., unidos todos ellos bajo el esfuerzo filosófico de entenderse a sí misma. La literatura tiene mucho que decir sobre Europa, quizás no tendrá las respuestas, pero plantea las buenas preguntas. Y, puesto que yo soy un artista, considero que Europa es, por encima de todo, un concepto cultural; después viene la Europa económica y política. El continente se encuentra en su momento más dramático desde la Segunda Guerra Mundial, una situación muy difícil a todos los niveles. Los rumanos estamos muy asustados, tenemos una larga frontera con Ucrania, que está tan cerca que podemos oír cómo estallan las bombas. Pero además de Putin están la desigualdad, las crisis, el nacionalismo... Jamás Europa ha estado en una situación tan complicada y merece ser defendida.

Lo que me preocupa es que en estas circunstancias muchos países y muchas personas se convierten en euroescépticos, como si la culpa de los problemas fuera de Europa. El último de los refugios cuando la educación y la cultura fallan es el nacionalismo y como creo en el mundo libre, me provoca mucha tristeza que sean precisamente los países del Este los que manifiestan con especial virulencia esta tendencia. Yo, por el contrario, sigo creyendo en sus valores, que son los de la democracia, la tolerancia, la generosidad, el amor por el arte y el conocimiento. Sigo creyendo en el valor cultural de este continente y creo que su herencia cultural debe seguir. Las ideologías pueden ser diferentes, pero en el arte siempre encontraremos un inconsciente colectivo europeo. Como dice Donald -Tusk, no Trump-: «Unidos permaneceremos, separados desapareceremos». Éste es el valor que tendría que orientar la Europa del futuro. Permanecer juntos es la única forma de afrontar los terribles desafíos económicos, políticos e ideológicos de este mundo demente. Mi Europa no tiene muros o telones de acero, no tiene fronteras, vive en mis genes, mi mente y mi corazón.

DACIA MARAINI, Italia

Europa es mi amiga, Europa es mi familia. Europa me acoge y me nutre. Europa, en su difícil pero vital proceso de unificación tras siglos de conflictos internos, me llena de satisfacción porque ha brindado 80 años de paz, porque ha legitimado la libre circulación de bienes y personas (Schengen), porque ha establecido la estabilidad económica (el euro), porque ha creado un sistema vital de intercambio y aprendizaje para los jóvenes (Erasmus). Sin embargo, muchos critican a la Europa actual porque la consideran ineficiente, débil y, al mismo tiempo, que impone demasiadas normas restrictivas. Al condenar a Europa se condena la democracia, otro de los valiosos logros alcanzados tras siglos de monarquías absolutistas, totalitarismo, nacionalismo y presiones colonialistas.

De un conjunto de países enemigos que se han aniquilado mutuamente durante siglos, Europa ha llegado a un sistema de coexistencia pacífica y creativa. Quizás también gracias a los grandes libros, la gran música y el gran arte de los numerosos países europeos que crearon lazos e intercambios antes de la última decisión política y económica... Creo que las diferencias deben preservarse y defenderse, pero también creo en la existencia de valores que se pueden compartir, como la paz, el respeto a los demás, la prohibición de cualquier uso de la violencia, tanto privada como pública, la condena de todo abuso, toda explotación, toda intimidación...

Y dado que actualmente se denigra abiertamente la palabra democracia, quiero aclarar qué entiendo por ella. Cuando las instituciones de un país son independientes y autónomas, libres para criticar a otras instituciones, podemos hablar de democracia. Sin embargo, cuando todas las instituciones están gobernadas, dirigidas y decididas por un único líder y sus seguidores, nos encontramos ante un régimen dictatorial. Pero, ¿cuál es la alternativa a la democracia hoy para quienes la critican? ¿Qué posible gobierno futuro proponen teóricos como Peter Thiel y René Girard? Una tecnocracia de multimillonarios que controlará todos los medios de comunicación. Una privatización del conocimiento y la comunicación globales que, sin duda, conduciría a decisiones rápidas, pero que privaría a los ciudadanos de toda libertad. Si usted cree que esta es la alternativa, no estamos de acuerdo. No creo que podamos hablar de una alternativa creíble a la democracia, a pesar de todas sus dificultades y fragilidades. Por eso apoyo a Europa por sus valores de libertad y democracia, de los que debemos estar orgullosos.

GUEORGUI GOSPODÍNOV, Bulgaria

Hace algún tiempo, Elon Musk afirmó que la empatía es el punto débil de Europa. Los políticos, incluidos los europeos, se sumaron de inmediato y les gustó mucho esta frase. La empatía no es el talón de Aquiles de Europa. La empatía es el escudo de Aquiles. ¿Recuerdan el Canto XVIII de la Ilíada, el de la forja del escudo? Hay de todo en él: celebraciones, veranos e inviernos, campos y ciudades, hombres, mujeres, niños, la vida entera. Porque el escudo de la empatía está del lado de la vida y de lo humano. Siempre contra aquellos que atacan con los dardos untados de odio, que intentan amputar lo humano del hombre para que sea más fácil de manipular. Contra aquellos que, a través del lenguaje, reducen el sentido y estrechan las dimensiones del mundo. Ellos lo saben: uno de los rasgos más humanos -la capacidad de sentir compasión por el otro- es de los más difíciles de ser uncidos por la ideología. Y por eso atacan la empatía de Europa. No en último lugar, porque esa cualidad es absolutamente inexplicable e inalcanzable para ellos. Estaría bien que hoy Europa volviera a los inagotables recursos de la cultura, la filosofía, la literatura, las artes, que abriera sus depósitos y recordara de nuevo todo ese conocimiento secular acerca del hombre, que es a la vez ethos y escudo frente a la barbarie de los nuevos dictadores, populistas y traficantes de nacionalismo. Estos yacimientos de cultura son más perdurables que todos los de petróleo y gas natural en torno a los cuales hoy se libran guerras.

En este sentido, nuestra responsabilidad no es solo con el presente, es una responsabilidad histórica que se despliega hacia atrás en el tiempo. Tras cada catástrofe humana que hemos permitido que ocurra hemos podido oír los gritos de los que nos precedieron: filósofos, poetas, narradores de historias... Nuestro escudo ha sido forjado por ellos. En realidad, la empatía se revelará como el punto más fuerte de Europa. Porque hay que ganar la batalla más importante: la batalla contra la deshumanización.

GONÇALO M. TAVERES, Portugal

Me interesa pensar en el CI de Europa, la inteligencia europea, pero también en su EQ, ese Cociente Emocional. En otras palabras: ¿sigue Europa moviéndose por lo que debería moverse? En Europa, ¿los europeos se emocionan con los programas de telerrealidad o con lo que está ocurriendo en Oriente Medio y otros lugares? ¿Cuánta empatía hay en Europa por los terribles acontecimientos y asesinatos que están ocurriendo? Aquí va una pregunta importante: ¿cuánta empatía se produce en las fábricas de opinión de Europa? También podemos pensar en el cociente ético. ¿Cuál es la cantidad de ética por metro cuadrado en Europa? ¿Podemos pensar en la producción de democracia y libertad como algo que depende de la inversión? Imagina que un continente puede producir bienestar, libertad y empatía del mismo modo que produce otras materias primas...

Europa sigue siendo un continente admirable en varios aspectos. Hay pensamiento, emoción y democracia en altas concentraciones. Eso es cierto, pero el oxígeno político producido en Europa por la cantidad de humanos juntos también está lleno de sustancias peligrosas: una especie de CO2 de extrema derecha, por ejemplo. Pero en esencia, de momento, podemos respirar democráticamente bien. Sí, el oxígeno no es completamente puro, pero quizás esta pureza solo pueda ser emitida por los ángeles en el paraíso. Por supuesto, todos querríamos más en cada uno de estos aspectos. Querer más forma parte del ser humano individual y de la comunidad, pero Europa está ahí con su producción de leyes que continúan respetando mínimamente a los seres humanos, a las minorías, e incluso, en el límite, a quienes cometen delitos -la ausencia de la pena de muerte es algo de lo que deberíamos estar orgullosos-. Pero sigue existiendo pobreza, y eso me parece inaceptable. Creo que está claro: la pobreza dinamita la democracia, excluye a los ciudadanos de la libre participación pública. Con altos niveles de pobreza, los niveles de democracia son bajos. No creo que la democracia sea solo eso de votar cada cuatro años, de eso de las libertades básicas, de libertad de prensa, etc. Por supuesto, es indispensable, pero ¿de qué sirve para una persona pobre, para una persona sin hogar, tener libertad de expresión? La pobreza debe asumirse como enemiga de Europa.

Por supuesto, sabemos que existen peligros externos: con la invasión de Ucrania resurge la pesadilla de una nueva guerra en Europa y en varios países ha comenzado una carrera armamentística. No debemos ignorar este miedo ni las precauciones que hay que tomar, pero diría que el enemigo interno de Europa es la pobreza, la exclusión social. Es su mayor fracaso porque solo depende de sí misma, de sus gobiernos, de sus medidas, de sus inversiones. A pesar de todo, Europa sigue ahí, en el centro de las libertades y con una empatía que cada vez falta más en gran parte del mundo. Minima Moralia, escribió Adorno, y esa empatía mínima es la que debe exigirse a los europeos hoy.

"Nuestra gran cultura no ha sido capaz de detener las políticas de los fanáticos religiosos, las ideas comunistas de ayer ni las políticas de los necios codiciosos de hoy"

Liudmila Ulístkaya

JONATHAN COE, Reino Unido (Inglaterra)

Gran Bretaña se convirtió en miembro de las Comunidades Europeas en enero de 1973, cuando yo tenía 11 años. Nunca cuestioné nuestra pertenencia a la familia de países europeos hasta 2016, cuando se pidió al pueblo británico que votara sobre si deseábamos seguir formando parte de ella. Durante la campaña del referéndum se mintió repetidamente a los votantes sobre los beneficios de abandonar la UE. Diez años después, la mayoría de nosotros lamenta la decisión y desea reincorporarse: paradójicamente, ahora tenemos un mayor sentido de nuestra identidad europea que antes del Brexit. Como muchos otros, siento que una parte fundamental de mi identidad se vio vulnerada por nuestra salida de la UE, pero culturalmente me siento más conectado con el resto de Europa que nunca (sobre todo, porque hoy Estados Unidos no puede considerarse nuestro aliado).

Lo que más me conecta con la tradición literaria europea es su vena de ironía, de autocrítica y de dudas existenciales: se encuentra en una de las primeras novelas europeas, y aún una de las más grandes, El Quijote, y posteriormente en Swift, Voltaire, Sterne, Flaubert, Flann O'Brien, Calvino y muchos otros. La grandeza de la cultura europea reside en esta capacidad de autoanálisis y de radical ambigüedad. Desafortunadamente, en la actualidad muchos votantes europeos, como hicimos los británicos en 2016, buscan certezas sencillas. Espero que no tengan que arrepentirse.

IIDA TURPEINEN, Finlandia

Vivimos tiempos turbulentos, y eso se refleja también en la Unión Europea, ya que los desafíos globales que plantean el panorama económico actual, el cambio climático, la sexta extinción y la cambiante dinámica geopolítica ponen en entredicho nuestros modos de vivir y de pensar. Europa es un espacio cultural diverso y variado. Esta riqueza reside en ello, pero también implica que en el centro de un proyecto como la Unión Europea se encuentran la gestión y negociación de la diversidad y las diferencias. Como finlandesa, reconozco el sesgo cultural y económico en la UE, especialmente en cómo el llamado «Norte frugal» presenta a veces a naciones del Sur como Italia, Grecia y España como menos responsables fiscalmente, un discurso que se hizo más evidente durante la crisis de la deuda de la eurozona. Sin embargo, mi formación es humanista y tiendo a pensar en Europa en términos culturales. El Renacimiento, la Ilustración, el Humanismo y la filosofía clásica tuvieron profundas raíces en el Sur y, para mí, los países mediterráneos, y sus culturas constituyen el núcleo de la identidad cultural e histórica de Europa.

Esta cuestión toca la esencia misma de la identidad de la Unión Europea y su trayectoria histórica, en particular la transición de un continente asolado por guerras de conquista a uno que abrazó la idea de una paz duradera. La invasión rusa de Ucrania ha puesto en tela de juicio esta narrativa de maneras que tienen profundas implicaciones para el futuro de Europa, pero creo firmemente que Europa debe seguir priorizando la diplomacia y la paz.

Y ahí es clave la literatura. Si bien siempre he tendido a ver con cautela la representación de la literatura como una herramienta utilizable con fines políticos, al mismo tiempo creo que tiene la capacidad de fomentar la comprensión, la empatía y un sentido de identidad compartida, aspectos fundamentales para crear un sentimiento europeo de unidad. Creo que la literatura y el arte pueden desempeñar un papel crucial en la búsqueda de la paz. Como poderoso antídoto contra la deshumanización, precursora de la guerra, la empatía nos exige comprender la vida interior de los demás. La literatura sobresale en esta tarea ofreciéndonos comprensión de las emociones, motivaciones y experiencias ajenas, cultivando así esa tan necesaria hoy en día capacidad de empatía.

SLAVENKA DRAKULIC, Croacia

En Europa del Este la imaginación y la memoria desempeñan un papel fundamental en la configuración de su relación con Europa Occidental. Divididas internamente entre los imperios otomano y austrohúngaro mucho antes de la ocupación soviética tras la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria, Rumania, Polonia, Checoslovaquia y Hungría estaban, sin embargo, unidas por un fuerte sentido de identidad y pertenencia a la misma cultura, valores y costumbres que la parte occidental del continente.

Juntos, creamos la imagen de Europa como una tía anciana y benevolente que nos esperaba con los brazos abiertos, dispuesta a colmarnos de lujos difíciles de conseguir: Coca-Cola, chocolate Toblerone, vaqueros y zapatillas Adidas. Durante décadas, soñamos con regresar a esa familia perdida. Nuestros mejores artistas, como el checo Milan Kundera, reforzaron nuestra creencia en este derecho a reivindicar una identidad occidental cuando, en 1984, escribió su famoso ensayo La tragedia de Europa Central. Según él, existe una distinción entre política y cultura, y el espacio entre Rusia y Alemania (Praga, Viena y Budapest), definido no por fronteras sino por la cultura o el destino, había sido durante mucho tiempo el corazón del arte y la cultura europeos. Creó la noción de Europa Central porque, como él mismo decía, «Rusia es otra civilización».

Así, incluso separada de Occidente -secuestrada, desplazada y adoctrinada-, esa Europa defendió su identidad occidental. Su tragedia, escribió Kundera, fue que, a los ojos de su amada tía Europa, no era más que una parte del Imperio Soviético y nada más. Casi 40 años después de la caída del Muro de Berlín, la realidad es que sí, ahora formamos parte de la familia, pero como un hijo adoptivo, no se nos quiere del mismo modo que a los demás. La separación duró demasiado. Si hoy estamos menos marginados culturalmente, somos más visibles y estamos más incluidos, la paradoja es que esto ocurre cuando la cultura misma está perdiendo importancia en la defensa de los valores comunes. Sí, ha habido avances, pero el sabor es amargo. Europa resulta ser como una mermelada de naranja agridulce.

COLM TÓIBÍN, Irlanda

Me encantan los lugares donde el Atlántico llega a Europa: Irlanda, Galicia, Portugal, Islandia, Noruega. También los lugares donde el islam, antiguo y moderno, llega a Europa: Turquía, el sur de España, Sicilia. Me encanta la Europa de Bartók, Bergman, Webern, un lugar donde hay espacio para la melancolía oscura, la misantropía y la tristeza estacional. No amo la Unión Europea, sino que me gusta. La Unión Europea no nos pide que la amemos. Es laica y sensata y a menudo falla. Trabaja con la vaga idea de que existe algo como Europa, tal vez incluso una cultura europea. Una cultura que privilegia la autocrítica, que cree tanto en la soledad como en la vida social, que parece ser más popular en nuestras grandes ciudades que en el campo. La Unión Europea que también se horroriza ante la sola idea de la pena capital, lo cual es más de lo que se puede decir de Estados Unidos y gran parte de Oriente Medio y China.

La UE trabaja para dar a las personas las mismas oportunidades. En el peor de los casos, adolece de una especie de buena voluntad torpe. Gobierna sin poesía y esto puede parecer malo, pero es bueno para la poesía en sí, ya que se le otorga un espacio puro, su propia autonomía. Pero la UE también gobierna sin grandilocuencia, y esto significa que podemos despreciar la de los autócratas cuando la vemos. ¿Cuántos vítores para Europa? Tres, creo, son demasiados, demasiado ruidosos y jactanciosos. ¿Qué tal dos y medio?

ANDREW O'HAGAN, Reino Unido (Escocia)

Al crecer en Escocia, siempre me sentí parte de un vasto y creciente experimento europeo. Ninguno de los países que admiraba había perdido su identidad por formar parte de Europa. Los españoles parecían más españoles, los franceses más franceses y los alemanes más alemanes, pero estas fuertes identidades parecían mantenerse sanamente en solidaridad. El mutualismo parecía natural y enriquecedor. Quería que Gran Bretaña formara parte de eso, resistiendo cierta paranoia innata nuestra, cierta actitud defensiva insular ante la posibilidad de perdernos en climas más soleados con mejor café y buenas naranjas.

Como sabemos, fue la paranoia la que triunfó, pero, si acaso, nuestro experimento de autodestrucción solo ha aumentado la conciencia de la fortaleza de la Unión Europea. Nuestros políticos de derechas nos prometieron un mejor acuerdo, pero ahora vemos que nos han dejado de lado y que toda nuestra cultura parece aislada, temerosa, amarga y agresiva. Europa es una visión autosostenible de cooperación con una larga memoria de la necesidad de equilibrarse mutuamente. Hay trabajo por hacer, pero cada una de las naciones miembro cuenta con el respaldo de sus vecinos, el respeto de sus socios y la fuerza combinada de sus intereses comunes. España -como demostró hace poco con su gestión de las amenazas de Trump- puede hablar por sí misma, y más aún porque cuenta con un vasto entramado cultural de bienestar a su alrededor. «Nadie es una isla», escribió el gran poeta John Donne. Y ese siempre ha sido el objetivo en un contexto global: tender puentes con los demás para protegernos y mejorar.

Pero cuando uno quema sus puentes y da la espalda, solo habla consigo mismo. Y esa es la realidad actual de Gran Bretaña. Somos más débiles solos, desconectados de nuestro contexto empresarial más amplio y de nuestra riqueza cultural, y la pequeñez que siempre temimos se ha convertido en nuestra condición inherente. Mientras luchamos por adaptarnos, al menos demos una lección al resto de Europa. El contundente ejemplo de nuestro grave error podría resultar ser la mayor contribución que jamás hayamos hecho los británicos a Europa.

DANIEL KEHLMANN, Alemania

Cuando era joven, Europa era un campo de batalla. Fronteras, monedas, sospechas que se remontaban a siglos de guerras. Cruzar de un país a otro implicaba papeles, preguntas, un cambio de moneda y, a menudo, un cambio de humor. Lo dábamos por sentado, como quien da por sentada una herida que siempre ha estado ahí.

Lo que cambió no fue grandioso, fue práctico, casi monótono. Se podía conducir de Berlín a Madrid sin detenerse ante un control fronterizo. Un estudiante de Lisboa podía estudiar en Viena. Una joven música podía tocar en ciudades que, una generación antes, sus abuelos solo habían visto como lugares de guerra. Son pequeñas cosas, y son las pequeñas cosas las que hacen que un continente aprenda a confiar en sí mismo. Nunca he creído que Europa se mantenga unida por tratados o mercados. Estos importan, pero son el marco, no la imagen. Lo que mantiene unida a Europa es la tácita suposición de que la persona al otro lado de una antigua frontera no es un enemigo. Esa suposición se pagó a un precio terrible, y se puede perder.

España lo entendió hace 40 años. Unirse fue elegir un futuro sobre un pasado, la apertura sobre el miedo. Esa decisión debe repetirse en cada generación, por personas que nunca vieron las barreras y que tal vez desconozcan su precio. Europa no ha terminado. Es una promesa que seguimos renovando, porque la alternativa es algo que ya hemos visto y que la mayoría, espero, no querríamos volver a ver.