El religioso conservador Franklyn Graham arremetió contra el aborto durante su residencia en la capital

Franklyn Graham en el Palacio de Vistalegre este domingo.
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«El pecado ha infectado a toda la humanidad». Franklyn Graham, uno de los predicadores evangélicos más influyentes de Estados Unidos, esperaba junto a un atril negro rematado por una gran cruz junto a un traductor que reproducía en castellano cada una de sus palabras. Después de casi tres horas de música, vídeos, testimonios y llamadas a la fe, había llegado el momento de la estrella del Festival de la Esperanza, celebrado este fin de semana en el Palacio Vistalegre de Madrid ante miles de asistentes.
No se trata de un escenario casual. Era el mismo Palacio Vistalegre donde Pablo Iglesias proclamó durante los años de auge de Podemos su voluntad de «asaltar los cielos», Franklyn Graham ofrecía a los fieles su particular receta para evitar «acabar en el infierno».
Tampoco hablaba un pastor cualquiera. Graham, heredero del imperio religioso levantado por su padre, Billy Graham. Ha defendido en repetidas ocasiones que Dios eligió a Donald Trump para llegar a la Casa Blanca, sostiene que las relaciones homosexuales son pecado y este mismo fin de semana, durante su estancia en Madrid, aseguró que «solo porque algunos políticos digan que el aborto es legal no significa que esté bien delante de Dios».
Con el escenario ya despejado de músicos y coristas, Graham arrancó su intervención recordando al genocidio de Ruanda. Evocó las imágenes de cadáveres descompuestos que decía haber visto y los utilizó como prueba para hablar sobre el alma y la existencia de Dios. «Los cuerpos se habían descompuesto y convertido en polvo»,
También enfrentó el valor del alma a la riqueza material. «Imagina que fueras dueño de todos los teléfonos y todos los relojes de Apple», dijo. «Tendrías mucho dinero, ¿verdad?». También mencionó que las almas de los presentes valen más que «todo el petróleo de Irán, Venezuela y Arabia Saudí». La reflexión llegaba de boca de un hombre cuya fortuna personal ha sido estimada por diversos medios estadounidenses entre 15 y 25 millones de dólares.
«Solo hace falta un pecado para sacarte del cielo», advirtió poco después. «Todos somos culpables, pero vamos a ser perdonados esta noche». El mensaje oscilaba entre la promesa de salvación y la amenaza de condenación. «Creo en el infierno. Es un lugar real», afirmó. «El infierno estará lleno de millones de almas lamentándose y llorando». Según añadió, allí las personas sufrirán «tormento» en medio de «la oscuridad».

Un coro gospel con túnicas rojas y negras actúa de teleneros.DANIEL J. OLLERO
La escena recordaba más a un mitin de cierre de campaña que a una misa tradicional. Graham llamaba a la gente a bajar de las gradas al pie del escenario para recibir una suerte de bendición colectiva cuidadosamente grabada como parte estrella del show. Bajo el reclamo de «Si nunca has aceptado a Jesús como salvador, levántate de los pasillos y ven al frente». Mientras el pastor esperaba, los organizadores repartidos por cada fila de la grada animaban discretamente a bajar junto al escenario para «limpiar sus almas».
Hasta llegar a ese momento habían transcurrido casi tres horas de espectáculo religioso cuidadosamente escalonado. Mucho antes de que apareciera Graham, el Palacio Vistalegre había asistido a una sucesión de conciertos de pop-rock, country, baladas y alabanzas donde prácticamente todas las canciones giraban alrededor de la misma figura: Jesús.
Un coro vestido con túnicas rojas y negras había abierto la velada desfilando desde distintos puntos de la pista hasta formar frente al escenario. La estética, con largas capas oscuras, recordaba por momentos más a una convención inspirada en Eyes Wide Shut que a una celebración religiosa convencional.
Después llegaron las guitarras eléctricas, los teclados y las pantallas gigantes. Un músico con sombrero de cowboy y guitarra rasgó acordes de country mientras se esforzaba por cantar en castellano mezclando riffs estadounidenses con guiños flamencos que arrancaban algún «olé» entre el público.
Las letras cambiaban poco. «Jesús te ama». «Cristo vive». «Levanta tus ojos». «El nombre de Jesús es el más poderoso en la tierra y el cielo». Las frases reaparecían una y otra vez convertidas en estribillos. Entre canción y canción surgían «amén», «aleluya» y aplausos sincronizados.
La puesta en escena tenía algo familiar para cualquier madrileño que hubiera asistido a un gran acto político. Cuando miles de personas coreaban «Cristo vive» siguiendo exactamente la misma cadencia y el mismo ritmo de palmas que durante años acompañaron al «sí se puede».





















