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"Me clavó el cuchillo entre las vértebras para matarme como a un toro". Samuel pronuncia la frase desde una silla de ruedas. Han pasado casi tres años desde aquella mañana de julio en la calle Esfinge, en el distrito madrileño de San Blas-Canillejas, pero las consecuencias siguen ahí. Los médicos forenses describen una herida que atravesó el cuello y alcanzó la médula espinal entre las vértebras cervicales hasta "casi salir por la garganta". La hoja quedó tan profundamente incrustada que el agresor no pudo recuperar el cuchillo y tuvieron que extraérselo en el hospital. Samuel pasó un mes en la UCI y más de nueve meses ingresado en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. En la actualidad, se encuentra postrado en una silla de ruedas y necesita ayuda para tareas cotidianas, como "cortar un filete".
Ahí acaban las certezas. Lo demás es una maraña de relatos incompatibles, acusaciones cruzadas y testimonios contradictorios en un juicio que comenzó ayer en la Audiencia Provincial de Madrid.
En el banquillo se sientan tres acusados de nacionalidad colombiana que se enfrentan a penas de hasta nueve años de prisión. Ellos sostienen que fueron víctimas de una agresión racista perpetrada por Samuel y sus acompañantes. Mientras tanto, Samuel y sus dos amigos españoles —padre e hijo— aseguran que sobrevivieron a una emboscada.
Según el relato de la víctima, aquella mañana acudió a trabajar y después se reunió con el padre y el hijo en las inmediaciones de la calle Esfinge. Entonces aparecieron varios individuos armados con machetes, cuchillos y palos. "Me dieron caza de una forma bárbara", recuerda.
Asegura que primero recibió un golpe en la cabeza con un palo. Después, un machetazo dirigido al cuello que le alcanzó el brazo cuando intentó protegerse. Finalmente, llegó la puñalada que le dejó parapléjico.
La acusación sostiene que se trató de una persecución organizada. Habla de una emboscada y de un grupo que salió a buscar a Samuel y a sus acompañantes para matarlos.
Los acusados dibujaron una escena completamente distinta. Uno de ellos afirma que todo comenzó minutos antes, cuando pasaron en bicicleta junto al grupo rival. Según su versión, fue entonces cuando empezaron los insultos. "Me empezaron a llamar sudaca". A partir de ahí, según la defensa, fueron Samuel y sus dos amigos quienes se armaron con serruchos, espátulas, cuchillos y herramientas de obra y comenzaron a perseguirlos.
Un testigo llamado por las defensas asegura haber visto a Samuel con un serrucho en la mano. Otro describe una escena en la que volaban sillas, piedras y objetos de un lado a otro. Los acusados dicen que también resultaron heridos durante aquellos enfrentamientos. "Yo peleé, pero yo no clavé ningún cuchillo", sostiene el único que reconoce haber participado en la riña.
Sin embargo, las declaraciones dejan grietas en ambos relatos. Samuel, el padre y el hijo identifican a los mismos acusados, pero discrepan sobre quién portaba cada arma. Además, durante la sesión de ayer, el hijo incurrió en contradicciones y vacilaciones durante su testimonio, hasta el punto de que el presidente de la sala le advirtió de que podría ser encausado por un delito de falso testimonio castigado con penas de prisión.
Mientras tanto, entre las inconsistencias de las defensas se encuentran detalles, matices, omisiones y olvidos por parte de algunos de los testigos, que se desdijeron de lo declarado previamente durante la fase de instrucción.
El episodio que mejor resume la incertidumbre que rodea al caso gira en torno al tatuaje del hombre que, supuestamente, clavó a Samuel el cuchillo en la nuca. La víctima y sus dos amigos aseguran reconocer al autor de la puñalada por la imagen de un demonio tatuada en su cuello. Un detalle por el que sería popularmente conocido como El Diablo.
Sin embargo, cuando el acusado señalado —que ha pasado el último año y medio en prisión provisional— se levantó en la sala, no llevaba ningún tatuaje de esas características.
"Pues se parece mucho", espetó Samuel con ironía cuando el abogado defensor resaltó esa diferencia.
Los forenses sí tuvieron clara una cosa. La hoja atravesó estructuras vitales, alcanzó la médula espinal y provocó una lesión neurológica permanente.
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