La experiencia de España en los 60 debería vacunarnos contra la recurrente narrativa de pueblos prestos a ocupar Palacios de Invierno, a derribar gobiernos que, a la mínima revuelta, "ya no pueden sobrevivir"

AP Photo/Ng Han Guan
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Sin el 600 no se entiende la crisis del PCE de los años 60. A Javier Pradera le convencían menos las fantasías revolucionarias del exilio -un franquismo agónico, una definitiva huelga general- que López Rodó y sus planes de desarrollo: clases medias en expansión, consumo, estabilidad social, despolitización creciente. La realidad española había mutado profundamente, y quienes estaban fuera, en Babia.
Un fortín de irrealismo impermeable al PIB, solo comparable al experimentado tiempo antes por los literatos en el exilio, entregados -salvo excepciones como Ayala o Aub- la fantasía de una España ávida de democracia. Y no: Franco murió en la cama y el oprimido pueblo desfiló entre lágrimas ante la capilla ardiente para despedirlo.
Aquella experiencia debería vacunarnos contra la recurrente narrativa de pueblos prestos a ocupar Palacios de Invierno, a derribar gobiernos que, a la mínima revuelta, «ya no pueden sobrevivir». Sobran los ejemplos: en la izquierda, Cuba (2021), Venezuela (2014, 2017, 2019), Nicaragua (2018); en el islamismo, liberal y en el otro: Irán (2009, 2022), Marruecos y Jordania (2011); en la órbita rusa: Bielorrusia (2020), Rusia (2011-2023); en la Asia autoritaria: Hong Kong (2014, 2019-2020). La prueba más rotunda: la mayor mayoría absoluta de la V República de De Gaulle después de mayo del 68.
En todos esos casos, los gobiernos «no podían sobrevivir». Y sobrevivieron. Pocos pueblos muestran mayor satisfacción con su régimen -una dictadura- que los chinos: China obtiene los niveles más altos en todos los indicadores de calidad democrática imaginables por encima de EEUU, Francia o Reino Unido, según el Democracy Perceptions Index 2024.
Incluso cuando el desenlace pareció dar la razón a los manifestantes, las protestas importaron, pero no tanto como nos contaron. La huida en 2014 del presidente electo Yanukóvich en Ucrania tuvo menos que ver con las revueltas -armadas, con asalto al Parlamento- que con una llamada de Biden, entonces vicepresidente de Obama, «recomendándole» que se marchara. Lo confirmó Biden en sus memorias y lo ratificó Obama ante Zakaria en CNN (Katchanovski, 2024).
De ahí, tres motivos para desconfiar del expatriado -voluntario o huido- como analista de su propio país. Primera: incluso las dictaduras cuentan con apoyos sociales reales. Segunda: quienes están fuera tienes escaso trato con el principio de realidad, por la propia lejanía, por sesgos políticos comprensibles y por necesidades psicológicas de ir tirando. Tercera: conviene desconfiar de relatos construidos a partir de testimonios aislados, emocionalmente intensos pero analíticamente frágiles.
La lejanía distorsiona. La épica, todavía más.
























