El hermano de Fidel Castro, colocado a dedo en el puesto de 'capataz' para continuar la dinastía del fracaso revolucionario, entregará presuntamente Cuba a Trump y sus cuatreros después de llevar a la isla y a sus gentes hasta la extenuación, la humillación y la quiebra total

La secuela de Fidel Castro, su hermano Raúl, en La Habana.AP
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Hasta no hace tanto, el castrismo aún se presentaba al mundo como una resistencia anti imperialista capaz de aguantarlo todo. Setenta años después del arranque de la Revolución y 10 desde de la muerte de Fidel Castro, Cuba es una isla haitianizada y quien más quien menos (dentro y fuera) ha incorporado a su pensamiento la certeza de estar ante el último cadáver mantenido artificialmente, rémora del siglo pasado. Este bastión caribeño asumió un socialismo de orden soviético que funcionó de aquella manera durante algunos años hasta que se resolvió a toda velocidad como una estafa física, anímica, guerrillera y sentimental. Fidel Castro desmontó el chiringuito del dictador Fulgencio Batista en 1959, los barbudos tomaron el poder, la isla se convirtió en arcadia de un nuevo mundo y Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir fueron a comprobar el alcance del milagro como existencialistas redentores. Artistas, filósofos, poetas, músicos y otras gentes de medio mundo expandieron la monogamia pro Fidel mientras el exilio era la receta para los suspicaces, las cárceles se llenaron de opositores, las calles de delatores, las casas de cartillas de racionamiento, la vida de escasez, las cabezas de consignas. Todo este éxito suponía en verdad un secreto fracaso.
En medio del largo carnaval revolucionario, ballena vieja del idealismo, Fidel Castro se convirtió en la virgen paseando el relicario con la semilla de la utopía. En la redondez imaginaria de la isla trabajó en defensa propia y contra quienes cuestionaron el proyecto de jugar a dios con los dados de dios. Impuso la alfabetización completa y un sistema sanitario bien articulado, muy bien, pero hasta llegar a eso hubo que hacer costumbre de la represión y entender la paciencia como un simple sistema de evasión. Fidel se perpetuó hasta el deterioro final y poco antes de la gran avería pasó el relevo a su hermano Raúl (94 años tiene a esta hora) subrayando el tirón dinástico de las revoluciones que acaban mal. No es raro que algunas dictaduras o tiranías desemboquen en un sistema de vicio monárquico, todo acumulado en la misma sangre. Raúl Castro fue la prolongación bajita de la estela de Fidel, y por tanto un eslabón principal y espiritual en la cadena de agonía. Tras muchas décadas de revolución, no encontraron otra salida que una dinastía.
A escasas horas de entregar la isla a Donald Trump, el viejo Raúl Castro, el presidente Miguel Díaz-Canel y ese nieto de la saga que llaman El Cangrejo, sentado a la mesa de negociar con el jefe de la CIA, pueden ser considerados de golpe la mayor estafa humana de las muchas que acumula la isla alrededor de la vieja y vencida Revolución. Después de años sorteando el bloqueo insidioso de EEUU, ellos mismos han sido los bloqueadores definitivos de la tierra que fingieron salvar. Probablemente no habrá un mal tiro y tampoco hará falta que ejerza de centinela alerta el cantautor Silvio Rodríguez. Esto se va a resolver pronto y rápido. Echarse por extenuación en brazos de Trump para que rellene los tanques de gasolina y amarre un buque hospital frente a la fortaleza de El Morro es una de las mayores traiciones de todo el Caribe. Ser la cara B de Venezuela es humillante. La historia de la isla empalidece aún más cuando la corrupción sostenida acaba de esta manera. Cuba quedará sometida a la misma Bestia desaprensiva a la que tenía declarada la guerra, pero con la que finalmente no han encontrado otra solución que la de casarse. Lo que a EEUU no le salió en Groenlandia lo va a resolver en Cuba para disimular por unas horas el bochorno de ser arrastrado por Irán. Por detrás de todo esto se lee: "El mayor linaje de revolucionarios cubanos resulta que está hecho de perdedores". Ellos se salvarán pactando, pero todo el mundo sabe que mienten y son definitivamente débiles. Los Castro y echarán su siesta con sangre en el bigote.
No hace tanto, un amigo cubano regresó a La Habana para visitar a su hermana seriamente enferma. Viajó con un maletón cargado de medicamentos. Al regresar le preguntamos: ¿mejoró algo tu hermana? Y respondió una realidad tristísima: «Mi hermana vivirá lo que tarde en consumir las medicinas de la maleta». Eso es Cuba. Escasez brutal, cárceles llenas, ejecuciones, arbitrariedad, mano dura, hospitales ruinosos, mercado negro para el cuartico de pollo. Y después de tanto todo para nada, Raúl Castro entrega a La Bestia y a Marco Rubio el esqueleto de una isla quebrada, su hambre entera porque fueron incapaces de saciarla. Las revoluciones se hacen de promesas que nunca vas a conocer. El fracaso de la revolución cubana no es el ser regalada por lo que vale una onza de gasoil, qué va. El fracaso de la revolución cubana son los muertos acumulados, los vivos muertos de miedo, los sueños echados a perder, el precinto del futuro, las familias rotas en seis trozos, el viejo sin Adiro y el niño sin jarabe. El fracaso de la revolución cubana es mantener la falsa alegría de la revolución hasta que la basura come las calles y el hambre come a la gente. Y llamarse Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel y El Cangrejo ese y ser los Delcys de La Habana, los Diosdado de la Plaza de la Revolución. Los del comercio del poder. Los entregados, los rendidos, los testigos protegidos de su propia traición. Los que despliegan en el Malecón de La Habana el cartel de Se Vende. "Los hombres se dividen en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen". Esto decía José Martí.

























