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Eduardo �lvarez · 2026-06-15 · via Columnistas

Es difícil pensar que solo el chantaje migratorio explique por qué Albares toca el suelo con la nariz cada vez que le hace la genuflexión al soberano alauí

Felipe VI junto al rey de Marruecos, en Rabat, en febrero de 2019.

Felipe VI junto al rey de Marruecos, en Rabat, en febrero de 2019.EFE

Actualizado

Marruecos es desde antiguo por razones que a nadie se le escapan una de las prioridades para la política exterior española. Y, sin embargo, ni el más avezado de nuestros diplomáticos sería capaz de explicar las directrices que marcan la política de Estado con el vecino del sur, porque para empezar difícilmente se puede decir que tal cosa exista. La timorata reacción del Gobierno de Sánchez al reciente golpe de Rabat a la cúpula del Polisario, en contraste tan hipócrita ante la gesticulación sobre otros conflictos internacionales, no hacía sino constatar una vez más la actitud genuflexa que por razones que se nos escapan mantenemos hacia un Mohamed VI convertido en un reyezuelo intocable y al que le ha tocado la lotería de una convulsión geopolítica global que le beneficia enormemente. Es difícil pensar que solo el chantaje migratorio con el que cada dos por tres nos amenaza la Monarquía alauí sirva para explicar por qué Albares es capaz de tocar el suelo con la nariz cada vez que se hinca ante el soberano y comendador de los creyentes.

Pero, dando por bueno que el fariseísmo a veces es imprescindible en las relaciones bilaterales, casi lo peor es la percepción de que España, mientras se deja pelos en la gatera con giros históricos como el de Moncloa sobre el Sáhara Occidental, que se diga lo que se diga supone un reconocimiento de facto de la marroquinidad de nuestra ex colonia, no saca ni de lejos el mismo partido en términos estratégicos que otras potencias a la amistad con Rabat. Y lo raras que siguen siendo las relaciones causa especial extrañeza toda vez que se suponía una interlocución privilegiada de nuestra Monarquía con la Corona vecina que en otros tiempos tanto ha ayudado a limar asperezas.

Dos hitos se le resisten a Felipe VI en lo que lleva de reinado en alta diplomacia internacional, partiendo naturalmente de que se trata de una política que como no puede ser de otro modo dirige el Gobierno de turno: protagonizar una visita de Estado a EEUU y, no menos importante, ejercer como anfitrión en otra del mismo rango del rey marroquí. Los desdenes que nos regala Mohamed VI son propios de quien por lo que sea se siente muy crecidito. Lejos quedan las épocas en las que Juan Carlos I y Hasán II se trataban como "hermanos". Y aunque así también se dirige al actual rey alauí el monarca español, más bien parece que fuera un incómodo primo. Sabido es que en los usos diplomáticos los viajes de Estado se organizan de ida y vuelta, esto es, los mandatarios devuelven a sus huéspedes las visitas que les realizan para consolidar la relación bilateral. Pero a pesar de que Don Felipe y Doña Letizia se desplazaron a Rabat en 2019, tras ni nos acordamos de cuántos desplantes y contratiempos de don Mohamed, por estos lares a éste ni se le espera. Nada que ver con el anunciado viaje de Estado que va a protagonizar a Francia, en respuesta al que hizo a Marruecos Macron en 2024, para sellar un nuevo tratado de amistad con el que la Monarquía alauí, a la chita callando, también ha doblado la cerviz del orgulloso inquilino del Elíseo, que a cambio está haciendo números con los negocios marroquíes, incluidos los que deja el botín saharaui, y trata de recuperar influencia en el norte africano tras los últimos descalabros con Argelia y no digamos en el Sahel. Lo nuestro es para que alguien nos lo explique. Pero menudo hermano putativo nos ha salido Mohamed VI.