El primer cruce

Pedro S�nchez y Donald Trump en julio de 2018Reuters
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Se filtra un memor�ndum del Pent�gono donde se esbozan medidas contra los aliados que Washington considera desleales. Entre ellas figuran la suspensi�n de Espa�a de la OTAN, la marginaci�n de los pa�ses �dif�ciles� en los puestos de relevancia e incluso la revisi�n del apoyo diplom�tico de Estados Unidos a la reivindicaci�n brit�nica sobre las Malvinas. Todo esto despu�s de que varios gobiernos europeos, el nuestro el primero, se hayan negado a conceder a Estados Unidos derechos de acceso, de base y de sobrevuelo -la cara menos visible del poder militar- al considerar que esa cooperaci�n equivaldr�a a una participaci�n directa en la guerra de Ir�n. Y para el Pent�gono, esa negativa incumple el est�ndar m�nimo de solidaridad dentro de la alianza.
El episodio se inscribe en el estilo al que el presidente Trump nos tiene acostumbrados: quejidos, desplantes y gestos teatrales. En los �ltimos meses ha planteado abiertamente la posibilidad de retirarse de la OTAN, ha reprochado a los europeos su ausencia en el estrecho de Ormuz y ha descrito nuestra cautela como una forma de vivir a costa del respaldo estadounidense. Tanto �l como sus alelados colaboradores hablan ahora de restablecer la reciprocidad, aunque sea a costa de tensar la relaci�n. El Gobierno espa�ol ha restado importancia al memor�ndum y ha reiterado su compromiso con la OTAN dentro del marco del derecho internacional. Pero el mensaje es claro: Estados Unidos empieza a definir la alianza en t�rminos que se acercan m�s a la subordinaci�n que a la cooperaci�n y a confundir la solidaridad defensiva con el seguidismo ofensivo.
Ese es el error categ�rico. La OTAN se concibi� como un pacto defensivo, no como un s�quito permanente para las guerras que Estados Unidos decida emprender. El art�culo 5 obliga a la defensa colectiva, no a respaldar ofensivas unilaterales, por urgentes que estas se consideren en Washington. Sin embargo, Trump parece entender la relaci�n como algo m�s cercano a la sumisi�n que a la cooperaci�n: la lealtad se mide menos por los principios compartidos que por la obediencia inmediata. El resultado es una incomodidad estructural para los gobiernos europeos: negarse implica asumir el descontento de su principal garante de seguridad; aceptar ser�a admitir que la alianza deriva hacia una forma de vasallaje.
Hace bien el gobierno en no plegarse a las exigencias de un lun�tico. Pero en un clima en el que Washington tiende a equiparar la vacilaci�n con la deslealtad, incluso una negativa justificada adquiere un cariz de desaf�o. Por eso importa especialmente c�mo se formulan y sostienen esas negativas en el tiempo. Es posible evitar la escalada sin romper la alianza, pero eso exige reducir la teatralidad ret�rica y mantener una l�nea de coherencia estrat�gica que haga cre�ble nuestra posici�n.
El problema es que las pol�ticas de S�nchez nunca se articulan en torno a principios s�lidos, sino a incentivos coyunturales. La confrontaci�n con Trump le resulta pol�ticamente rentable, pero un distanciamiento real de Estados Unidos exigir�a un compromiso igualmente real con la autonom�a militar europea, y ese escenario implica costes que el Gobierno no parece dispuesto a asumir. De ah� la paradoja: Espa�a proyecta gestos de independencia sin avanzar en su capacidad efectiva para sostenerla. S�nchez acierta en el mensaje, pero para consolidarlo debe respaldarlo con medidas que vayan m�s all� del gesto. Diga lo que diga Trump, el pecado de S�nchez ante la OTAN no es la traici�n, sino el postureo.
























