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El regreso imposible del lobista Aaron Schock: abdominale...
GETTY · 2026-06-14 · via Donald Trump

Pablo R. SuancesCorresponsal Washington

Actualizado

Aaron Schock (45) nació para la política y las relaciones públicas. Tiene carisma, caradura, labia y determinación. Pero, sobre todo, siempre tuvo algo esencial, lo que a menudo separa el éxito del fracaso: mucha suerte. Para estar en el momento oportuno en el lugar adecuado, para conocer a la persona clave. Para caer de pie. Schock ya era popular en el instituto y ganó sus primeras elecciones profesionales, para la junta escolar local de su distrito, a los 19 años. Lo hizo empujado por la rabia después de que las autoridades locales de Peoria (Illinois) le impidieran graduarse antes de tiempo pese a haber completado los requisitos académicos. Según su familia, decirle que no podía hacer algo era casi la forma más segura de conseguir que lo hiciera.

Cuatro años después, con una campaña contra la burocracia, era su presidente. De ahí saltó a la legislatura estatal y, con apenas 27 años, llegó al escaño de congresista en Washington, el primer millennial en conseguirlo. Era joven, guapo, con un enorme talento para moverse y destacar. El prototipo del republicano del futuro capaz de hacer frente a la ola de Obama: fotogénico, disciplinado, eficaz recaudador de fondos, hábil en televisión, incluso portada de Men's Health con una impresionante tableta de chocolate en los abdominales. Pero también con una ambición desmedida y un apetito por el lujo que ni su sueldo público ni sus negocios inmobiliarios podían satisfacer.

En 2015, su vida personal y sus excesos empezaron a pasarle factura. La sección de Estilo de The Washington Post sacó un reportaje de su "ostentosa oficina", inspirada en la habitación roja de la serie Downton Abbey. "Soy diferente. Llegué al Congreso a los 27 años y cuando me tomo unas vacaciones, no me quedo en la playa. Y tampoco voy a vivir en una cueva. Así que cuando publico una foto en Instagram con mis amigos, como dijo Taylor Swift: 'Los que odian, odiarán'", dijo entonces.

Poco después, su carrera terminó entre acusaciones de fraude y de usar dinero de los contribuyentes para sus caprichos. Eran 800 dólares del duty free en Río de Janeiro, cenas de lujo en Nueva Delhi justificadas como gasto de recaudación de fondos, decenas de vuelos en aviones privados de donantes, 40.000 dólares en regalos no declarados. Schock devolvió parte del dinero y admitió malas prácticas. En abril de ese año, mientras la fiscalía ya había convocado a un gran jurado, Schock renunció a su cargo en el Congreso. Los fiscales sostenían que había facturado más de 100.000 dólares en gastos personales a contribuyentes y comités de campaña, delitos que podrían acarrear una condena de 80 años. Schock mantuvo su inocencia, pero se alejó de Washington y empezó una nueva vida como promotor inmobiliario en California. Hasta 2025.

Politico publicó hace unos días una historia fascinante. Cuenta las maniobras de Harry Sargeant III, un magnate de Florida cercano a Trump cuya familia ha hecho una enorme fortuna con productos refinados del petróleo y el asfalto. Sargeant protagonizó varias noticias poco después de las elecciones presidenciales de 2024 al conocerse sus intentos de convencer a Trump de que relajase la presión sobre el régimen de Nicolás Maduro, ya que se juega miles de millones de dólares en sus negocios con Caracas. Los primeros pasos le salieron bien, pero rápidamente se encontró con un problema mayúsculo: Marco Rubio, secretario de Estado con un profundo odio hacia el castrismo y el chavismo.

El artículo de Politico detalla una trama creada para intentar minimizar la posición de Rubio y su equipo de cara a Venezuela y tender una mano a Maduro. Para eso, Sargeant se apoyó especialmente en Richard Grenell, enviado especial del presidente, que cosechó importantes éxitos liberando presos estadounidenses en Venezuela, por ejemplo. Y en medio de esas maniobras aparece por sorpresa de nuevo Schock, convertido en un fixer, un conseguidor, un inesperado lobista.

La conexión es rara. Desde California, Schock, que salió del armario en 2021 y es casi un influencer en las redes, ha cortejado al movimiento MAGA y al trumpismo. Desde lejos, pero no demasiado. La conexión más directa es con Grenell, al que conoció en encuentros del grupo gay más importante del Partido Republicano. La idea era que el excongresista le ayudara a diseñar una estrategia para influir en la Administración y mejorar los lazos con Maduro y, sobre todo, Delcy Rodríguez, la nueva presidenta. Para ello, Schock intentó "fichar" a Laura Loomer, una amiga de Trump, agitadora digital, reina de las conspiraciones, metida en mil peleas diarias, pero con un inexplicable poder en la Administración.

La jugada de los lobistas les salió bien, más o menos, aunque no está claro el papel exacto de Schock o de nadie. Trump adora a Delcy Rodríguez y no hay cambios importantes. La única certeza, explica Politico, es que después de su primer viaje a Caracas Schock volvió obsesionado. No con la política, no con la diplomacia o siquiera con el petróleo, sino con el oro. En concreto, con la mina que, afirmaba, Delcy Rodríguez le había prometido si lograba frenar las ambiciones expansionistas de la Casa Blanca y ayudaba a que no hubiera un cambio de régimen.

Sus amigos y socios cuentan que repetía que veía un claro beneficio potencial de millones de dólares y llegó incluso a buscar especialistas en refinado de oro para estudiar cómo monetizar la operación. Uno de sus colaboradores, Benjamin Papermaster, que acabó escarmentado y arremetiendo contra Schock, avisa de que la idea de la mina parece una estafa en el mejor de los casos y un suicidio en el peor, porque muchas explotaciones están bajo la influencia de grupos criminales armados. Aun así, según el reportaje, Schock siguió con entusiasmo. Y mientras factura de nuevo a Sargeant billetes de avión, estancias en resorts de esquí e incluso varias suscripciones a OnlyFans como parte de sus gastos de representación, no habla de otra cosa. Su último viaje al país no fue a Caracas siquiera, sino a Valencia, en busca de El Dorado.