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Ricardo F. Colmenero

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Un cráter para encontrar a todas las Carroll
NASA · 2026-04-08 · via Ricardo F. Colmenero

Había que alejarse 400.000 kilómetros de la Tierra para tener un encuentro extraterrestre con nosotros mismos y descubrir que la humanidad merece la pena

Los astronautas de Artemis 2 con los pulgares en alto.

Los astronautas de Artemis 2 con los pulgares en alto.AFP

Actualizado

Ya tiene que ser duro seguir el juicio de Ábalos o el cierre del estrecho de Ormuz desde el espacio exterior. Basta una ventanilla a 400.000 kilómetros de la Tierra para recuperar, por unos segundos, la conciencia de que todo lo que sucede en el mundo no puede ser más ajeno a él.

Tras darle la vuelta a la Luna, los astronautas escucharon la voz de Donald Trump, que debe ser lo más parecido a un encuentro alienígena, y el planeta agradeció por unos minutos que el presidente de los Estados Unidos prestara atención al espacio exterior, antes de seguir desordenando el espacio interior de su cabeza.

«EEUU no tendrá rival, seguiremos liderando el camino hacia las estrellas», soltó Trump al mundo y, especialmente, a China, clasificado para la final de este remake de la carrera espacial. La NASA quiere devolver al ser humano a la Luna y contárselo al mundo, mientras la estrategia de China invitaba a pensar que, en el paseo por la cara oculta, los estadounidenses pudieran encontrarse un asentamiento de esos robots chinos que bailan tan bien, extrayendo tierras raras. Ganar la carrera espacial está bien, pero nada supera que tu rival se crea que ha llegado antes que tú a la meta.

Hacía demasiado tiempo que la tecnología no nos recordaba que servía para mucho más que fabricar misiles y drones. En la cara oculta, un astronauta sigue siendo un tipo con casco, y cualquier mensaje que no merezca la pena contarle a un alienígena es, con toda probabilidad, prescindible. Entenderlo es un gran paso para el hombre, pero, para la humanidad, es una utopía.

Dijeron que el objetivo de la misión era descubrir la composición geológica de la cara oculta, hasta que la tripulación de Artemis 2 bautizó un cráter con el nombre de la difunta esposa del comandante Reid Wiseman, fallecida de cáncer en 2020, y descubrimos la composición de la corteza humana. Todos tenemos una Carroll, o varias. Y bien valen los millones gastados en una misión espacial para que las podamos señalar con el dedo, como si dejáramos un ramo de flores en un punto brillante de la Luna, en el límite entre la cara visible y la cara oculta, que es donde transcurre la vida. Había que alejarse 400.000 kilómetros de la Tierra para tener un encuentro extraterrestre con nosotros mismos y descubrir que la humanidad merece la pena.