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El Mundo
Alberto Rey · 2026-06-25 · via Papel

Es una regla básica de las buenas narraciones: ir de lo particular a lo universal. Eso hace, a su manera, el recientemente traducido y publicado en España Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas (Ed. Capitán Swing) del escritor y ensayista estadounidense Jeremy Atherton Lin. El libro es un desacomplejado recorrido por locales de ambiente gay de todo tipo. Estos lugares le sirven a Atherton Lin como puerta literaria para contar sus historias. Las historias de los bares, la del propio autor y la de una buena parte de la cultura gay de las últimas décadas.

«Nunca me planteé otra cosa que no fuese escribir algo autobiográfico. Y me pareció preocupante que cuando salió el libro [en 2021, en EE.UU] la gente se lo tomase como si fuese una experiencia cultural exhaustiva. Yo podría haber hablado también de mi experiencia en diferentes colegios o en otros espacios por los que me he movido». Pero escogió los bares y discotecas enfocados a hombres homosexuales, «unos lugares que ahora quizá ya no molen y estén operando más allá de su fecha de caducidad».

Esa idea, que planea a lo largo de todo el libro, es alternativamente sostenida y refutada por este autor que prefiere explorar las contradicciones y las paradojas de esos espacios y su significado a apuntarse a tendencias que, aunque solo sea por edad, no le pertenecen. Jeremy Atherton Lin, que está en la cincuentena, es «suficientemente mayor como para no haber usado la expresión espacio seguro» durante la mayor parte de su vida. Pero muchas de las historias (y los espacios, y las personas) de Gay Bar ilustran esa idea, la del espacio cuya segregación es protectora y (ojo: palabra problemática) «necesaria».


Los bares gais han sido muchas cosas a lo largo de su historia, muchas cosas a la vez. «Sin duda han sido entornos de creación, con [el neoyorquino] Stonewall siendo el ejemplo más famoso de activismo, solidaridad y encuentro, pero también han sido sitios problemáticos, alienantes para muchas personas que decidían entrar en ellos».


Lo de «encuentro» tiene, por supuesto, un significado sexual que Jeremy Atherton Lin ni esquiva ni olvida: «Sé que he incomodado a algunos con la idea de que una de mis motivaciones para acudir a esos lugares era follar. Eso me resultó sorprendente. Supongo que, especialmente los lectores más jóvenes, pensaban que había algo más noble en esas pistas de baile. Yo tenía ganas de música, de bebida y de cuerpos. Mentiría si dijese que esos no eran mis motivos para salir e ir de fiesta. Pero a veces ahí, aunque sólo sea fugazmente, aunque solo sea durante un momento, aparece esa idea de comunidad. Puede ocurrir mientras suena un determinado tema de Rihanna y todo el mundo baila en comunión, o en una orgía en el cuarto oscuro cuando alguien recibe cariño genuino, alguien que realmente lo necesita. Esos momentos existen, sí, pero no es lo que yo buscaba cuando socializaba en esos lugares».


Y es que Atherton Lin describe lugares y tiempos que para las generaciones más jóvenes suenan casi prehistóricos. «Creo que alguien de veintitantos puede escuchar historias de los años 90, que no es hace tanto, como si fuesen del siglo XIV. Cuando Grindr no existía, cuando la gente queer no existía, cuando había hombres, mujeres, travestis y a lo mejor alguna drag queen, pero todo eso que hay entre medias no existía».


Gay Bar se escribe en un momento en el que los bares que pueblan sus páginas están desapareciendo. Unos se adaptan, «abriéndose» a públicos más generalistas, otros, al contrario, se repliegan en su faceta más sexual y reservada a los hombres que buscan hombres… y muchos cierran. En su libro, Jeremy Atherton Lin describe (con un lujo de detalles juguetonamente provocador) sex clubs sórdidos que celebran la hipermasculinidad, refugios de música indie y vaqueros pitillo, chispeantes discotecas de la época pre-sida y locales donde la bebida y la música conviven con el activismo y la reivindicación. Que todos formen parte de su propia vida es una de las aparentes contradicciones que su libro explora. Otra, ésta especialmente incómoda, es que los bares gais se hayan adelantado en eso de creer que ya no eran necesarios.


Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas, se publica en España cuando se cumplen 10 años de la tragedia del club Pulse, en Orlando. Con 46 víctimas, ese tiroteo fue el mayor ataque directo a la comunidad LGTBI de la historia de Estados Unidos. «Los bares gais son una forma de autodiscriminación, pero eso también los hace lugares de protección. Y también los convierte en un objetivo. Tenemos demasiados ejemplos de ataques a bares gais».


A bares… y a personas. En Gay Bar se nos recuerda la historia de Oliver Hemsley, brutalmente asaltado en 2009 en Shoreditch, un barrio londinense que se enorgullecía de su diversidad, modernidad y tolerancia. Todo eso, como bien cuenta Jeremy Atherton Lin, que entonces vivía en Londres, era compatible con una creciente homofobia que, en casos extremos como el de Hemsley, terminaba en tragedia. «Así funciona el mundo», dice, «las personas se convierten en objetivos por su identidad».

Fotografía de la puerta del Nautalis, legendario local de ambiente de la periferia de Sidney (Australia)

Fotografía de la puerta del Nautalis, legendario local de ambiente de la periferia de Sidney (Australia)Fairfax


La de gay, la de hombre homosexual, es la identidad desde la que él escribe su libro. Es «una identidad que me han puesto otros», reflexiona, y con la que, sin embargo, está cómodo. Hoy, el paradigma es diferente y las identidades son variadas y autogeneradas, pero las contradicciones siguen: «En los nuevos bares hay muchas normas, tienes que pedir permiso incluso para hablar con alguien, para interactuar. Y creo que así podrías estar incurriendo en los mismos prejuicios que en teoría estás intentando evitar. Quizá no quieras hablar con alguien que te parece demasiado mayor, o un poco asqueroso, y a veces alguien que te parece un poco asqueroso realmente lo es, pero también podrías estar perdiéndote la oportunidad de escuchar opiniones diferentes. Yo mismo tengo un aspecto camaleónico y mi edad o mi origen ético pueden ser leídos de maneras muy distintas. Eso te pone en una posición en la que el otro puede proyectar determinada identidad sobre ti».


Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas hace paradas en Nueva York, Londres o Los Ángeles, ciudades grandes en las que, de entrada, la idea de una comunidad gay es viable. Pero, nuevamente, el libro no es sino un recorrido personal por los lugares que su autor conoce de primera mano. Su San Francisco es, en cierto modo, un paraíso entre la utopía y el disparate. Por un lado, la ciudad californiana es, para Jeremy Atherton Lin, una urbe donde es difícil triunfar, pues impone un durísimo techo de cristal para los creadores culturales, «como ese cubo lleno de cangrejos en el que los cangrejos que están a punto de alcanzar el borde y escaparse son saboteados por otros cangrejos que, desde debajo, les impiden ascender». Pero San Francisco también fue el sitio donde este creador cultural empezó a conectar «no sólo con hombres gais, sino también con hombres trans, mujeres lesbianas e infinidad de identidades distintas». Una ciudad «un poco desastrada, incluso mediocre a veces, pero ahora que la veo con perspectiva fue una musa para mí».


No sorprende la importancia para Jeremy Atherton Lin de esa San Francisco diversa y en algunos momentos poco comprensible para un hombre gay que, aunque no vivió el cénit (más bien el fondo) de la crisis del sida, tampoco puede extraerla de su experiencia como hombre. De su experiencia como hombre, como hombre homosexual y como hombre homosexual que firma un libro titulado Gay Bar y que es tan clarito como su propio título. «Mi tutor en el Royal College of Art siempre me decía que mis títulos eran muy oscuros, místicos y líricos y no dejaban claro de qué iba el libro, así que pensé que si publicaba uno titulado Gay Bar, la gente lo compraría como regalo para su amigo gay», bromea. «Pero también hay algo conceptual en el título, algo como anacrónico, como pasado de moda, algo un poco inspirado en la letra de esa canción de Frank Ocean». Se refiere al tema Good Guy, concretamente a estos versos: Here’s to the gay bar you took me to / Here’s when I realized you talk so much more than I do. «Esto va por el bar gay al que me llevaste. Cuando me di cuenta de que tú hablabas mucho más que yo».


Jeremy Atherton Lin habla mucho. De un pasado oscuro y glorioso, hedonista y clandestino, político y sexual, europeo y americano, nocturno y cambiante. También de un presente incierto. En la vida del autor, los derechos LGTBI conquistados conviven con los excesos del trumpismo. Jeremy responde desde California, pues se encuentra de promoción de Deep House, su último libro, pero su pareja ha preferido quedarse en Reino Unido, preocupado por el endurecimiento de las políticas de extranjería de EEUU. Le pregunto a Atherton Lin si su pareja no está con él por miedo. «Por precaución», me responde. Otra historia particular que quizá algún día convierta en universal.