

























Una ma�ana en el desierto de Namibia, el babuino Bear arruin�, sin saberlo, varios siglos de filosof�a occidental. El d�a anterior, �l y su tropa hab�an rodeado con cierta agresividad a la compa�era de investigaci�n de Christine Webb, le hab�an gru�ido y le hab�an golpeado las piernas. A la ma�ana siguiente, cuando Webb se mantuvo a distancia prudente, Bear se acerc� a ella, le puso la mano en la pierna, la mir� a los ojos y le mostr� los dientes en lo que cualquier primat�logo reconocer�a sin dudar como una disculpa. Quer�a arreglar las cosas.
Con esta an�cdota arranca El mono arrogante. La supremac�a humana y sus consecuencias (Cr�tica), un libro que incorpora ya en su t�tulo una trampa deliberada. Cuenta la propia Christine Webb, primat�loga en el Departamento de Biolog�a Evolutiva Humana de Harvard, que esperaba que la ambig�edad atrajera a lectores que a�n no est�n pensando en estas ideas, "para que compren el libro y luego se lleven una sorpresa agradable, o tal vez desagradable". Uno sospecha que la sorpresa ser� de la segunda variedad.
Webb construy� su carrera acad�mica sobre un malentendido. Empez� en un laboratorio de primates en Nueva York, haciendo que macacos rhesus interactuaran con pantallas t�ctiles para medir su cognici�n. Era el m�todo est�ndar, avalado por a�os de bibliograf�a revisada por pares. Y funcionaba perfectamente para demostrar que los monos rinden peor que los humanos en tareas dise�adas por humanos, medidas con criterios humanos, ejecutadas en entornos donde los monos llevan encerrados toda su vida. Lo que se descubr�a, en realidad, era la destreza humana con las pantallas t�ctiles.
Cuando Webb tuvo su primer contacto con primates en su h�bitat natural, la evidencia del error fue dif�cil de ignorar. "Estudiar animales en cautividad", explica cuando nos citamos con ella, "no solo es problem�tico desde un punto de vista �tico, sino tambi�n cient�fico. �C�mo podemos estudiar realmente la cognici�n y las experiencias sociales y f�sicas de estos animales en entornos donde est�n tan privados de est�mulos?".
Para saber m�s

El libro documenta el alcance sistem�tico del sesgo. Los experimentos que establecieron la superioridad intelectual humana comparaban, casi sin excepci�n, chimpanc�s criados en cautividad con voluntarios occidentales con estudios universitarios. En la literatura cient�fica esto se conoce como poblaci�n WEIRD (acr�nimo de Western, Educated, Industrialized, Rich, Democratic) y hace tiempo que se sabe que constituye uno de los grupos psicol�gicamente m�s at�picos del planeta. Compararlos con primates enjaulados y concluir algo sobre la diferencia entre las especies supone, asegura Webb, algo parecido a evaluar la inteligencia humana d�ndole a una persona occidental una colecci�n de palos, piedras y semillas, y midiendo su rendimiento frente al de un chimpanc� capturando termitas. La publicaci�n sat�rica The Onion lo resumi� as�: "Estudio: los delfines no son tan listos en tierra firme".
"Estudiar animales en cautividad no solo es problem�tico desde un punto de vista �tico, sino tambi�n cient�fico"
Linneo nos llam� Homo sapiens, el hombre sabio. En alg�n momento posterior, decidimos que eso no bastaba y adoptamos la denominaci�n Homo sapiens sapiens, "los m�s sabios de entre los sabios", que es b�sicamente ponerse uno mismo una nota de sobresaliente cum laude en el examen que uno mismo dise��. "Esto va en contra de cualquier noci�n darwiniana de continuidad en las ramas del �rbol de la vida".
El propio Darwin, dos d�cadas antes de publicar El origen de las especies, ya tomaba nota del problema: "El hombre, en su arrogancia, se cree una obra excelente". Webb recoge la cita como ep�grafe impl�cito de un argumento que recorre todo el volumen: la convicci�n de nuestra excepcionalidad tiene menos de hallazgo cient�fico y m�s de profec�a autocumplida. Si partes de que eres superior, dise�as experimentos que lo confirmen, publicas los resultados, los citas, y el sesgo se institucionaliza.
El libro empieza con Hamlet: "�Qu� obra maestra es el hombre! �Cu�n noble por su raz�n! �Cu�n infinito en facultades!" Puede que s�. Pero tambi�n somos la �nica que destruye el 30% de la cubierta forestal planetaria, acidifica los oc�anos a cien veces el ritmo de cualquier fen�meno natural comparable, y ha reducido las poblaciones de animales salvajes casi un 70% en medio siglo. El list�n de las consideraciones �ticas resulta, desde ah�, bastante pat�tico.
El libro est� dedicado a Frans de Waal, el "estimado mentor" de Webb y "el simio menos arrogante". De Waal muri� mientras la primat�loga terminaba de escribirlo, en marzo de 2024, y la dedicatoria tiene ese peso adicional de los homenajes p�stumos que uno desear�a haber podido hacer en vida. "Ha sido una influencia incre�ble en mi vida, tanto a nivel personal como profesional", dice Webb. "�l siempre me ense�� a no subestimar nunca de lo que son capaces otros animales."
De Waal llevaba d�cadas siendo el gran aguafiestas del excepcionalismo humano, documentando empat�a, justicia, reconciliaci�n y cultura en primates. Sus libros (La edad de la empat�a, �Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales?) fueron desbrozando el terreno que Webb ahora ocupa. La pregunta que da t�tulo a ese �ltimo libro de De Waal es, en cierta medida, la pregunta que Webb intenta responder: no �son los animales inteligentes?, sino �somos nosotros suficientemente humildes para medirlo bien?

Christine Webb, primat�loga de la Universidad de Harvard.EVA DE BREED
La respuesta provisional es que no del todo, pero vamos mejorando. Aqu� aparece el argumento m�s contraintuitivo del libro, y tambi�n el m�s esperanzador. El excepcionalismo humano, esa convicci�n de que somos cualitativamente superiores al resto de la vida en la Tierra, no brota de la biolog�a. La psicolog�a transcultural y la psicolog�a del desarrollo apuntan a que no es un universal humano ni un sesgo con el que nacemos. Lo aprendemos. "Es algo que aprendemos a trav�s de la exposici�n a la cultura dominante", afirma Webb en la entrevista. No somos arrogantes por naturaleza, somos adoctrinados hacia la arrogancia. Y lo que se aprende puede desaprenderse.
El libro distingue cuidadosamente entre excepcionalismo humano y mera singularidad. "Cada especie ha desarrollado adaptaciones espec�ficas a sus entornos", escribe Webb. "Desde este punto de vista, s� somos especiales, todas las criaturas lo son". El problema del excepcionalismo es el paso siguiente: asumir que lo que nos hace �nicos es m�s valioso y sofisticado que los rasgos distintivos de otros organismos. El �guila ve mejor que nosotros. El delf�n ecolocaliza. El escarabajo H�rcules nos aventaja en fuerza. La planta nos supera en longevidad. Hemos resuelto este inventario inc�modo declarando que la inteligencia abstracta es el �nico baremo que cuenta, lo cual conviene recordar que es una decisi�n que tomamos nosotros, unilateralmente.
Si hubiera que dar una recomendaci�n, un consejo o un plan de acci�n para desaprender el excepcionalismo, �por d�nde empezar�a Webb? "Arrancar�a por la educaci�n en la primera infancia", responde. "Para muchos de nosotros que hemos pasado tiempo con ni�os peque�os y vemos el amor y el respeto que tienen hacia otras formas de vida, creo que la educaci�n no se trata tanto de ense�arles cosas nuevas, sino m�s bien de validar lo que ellos ya saben que es cierto sobre el mundo."
La hip�tesis subyacente es que nacemos con algo parecido a la humildad interespec�fica, y que la escolarizaci�n sistematiza el proceso de erosionarla. Los ni�os llegan al aula con la curiosidad intacta, y salen de ella habiendo aprendido que la naturaleza es un conjunto de recursos.
Webb a�ade una segunda palanca: el lenguaje. En ingl�s, los animales se denominan con el pronombre neutro it, lo que los cosifica desde la gram�tica. Se habla de "recursos naturales" y "servicios ecosist�micos", expresiones que mercantilizan la vida con una eficiencia que ning�n publicista corporativo habr�a sabido mejorar. "La forma en que hablamos del mundo es un reflejo y una forma de entrenar nuestras mentes sobre c�mo pensamos", argumenta. La ling��stica cognitiva lleva tiempo documentando esto.
"No somos arrogantes por naturaleza, somos adoctrinados hacia la arrogancia. Y lo que se aprende puede desaprenderse"
Uno de los cap�tulos m�s inc�modos del libro, aunque tambi�n de los m�s estimulantes, aborda el movimiento por los derechos de la naturaleza: la concesi�n de personalidad jur�dica a ecosistemas como r�os, bosques o glaciares. Nueva Zelanda reconoci� en 2017 la personalidad jur�dica del r�o Whanganui. Ecuador la incorpor� en su Constituci�n desde 2008.
Pero, si la naturaleza no habla nuestro lenguaje legal, y si los humanos debemos nombrarnos a nosotros mismos "tutores legales" de los ecosistemas, �no seguimos dentro del mismo esquema de poder que pretendemos superar? "Hay algo inherentemente peligroso en eso, hay un desequilibrio de poder. Una entidad est� otorgando derechos a otra". Su respuesta apunta hacia las comunidades ind�genas, que lideran estos movimientos pero tambi�n los rebasan. Muchas de esas tradiciones contemplan relaciones �ticas interespecies donde lo que es moral, lo que est� bien o mal, "est� determinado por ambos lados de la din�mica. Es una relaci�n �tica, no una entidad que otorga derechos a otra, sino una din�mica m�s rec�proca".
El libro reivindica el conocimiento ind�gena a trav�s de la met�fora del "ver con dos ojos", que implica integrar la ciencia occidental y la sabidur�a originaria sin subordinar una a la otra. Le se�alo que la propia antropolog�a documenta que muchas tribus se llaman a s� mismas algo as� como "los humanos verdaderos", con su propia versi�n de excepcionalismo interno. La respuesta de Webb matiza: hay una diferencia entre el antropocentrismo (interesarse por uno mismo frente a otras comunidades humanas) y el excepcionalismo humano (colocar a los humanos por encima del resto de la vida). Las culturas ind�genas, con toda su variaci�n interna, tienden a compartir una relaci�n no jer�rquica entre humanos y naturaleza. Eso no las hace perfectas ni inmunes al conflicto, pero s� portadoras de algo que la ciencia occidental tard� demasiado en tomarse en serio.
Una objeci�n cl�sica al tipo de argumento que sostiene Webb acecha en el fondo de cualquier debate sobre derechos animales y se articula, m�s o menos, as�: un jaguar mata sin remordimientos. Si somos un animal m�s dentro del �rbol evolutivo enmara�ado, �por qu� exigirnos una responsabilidad �tica superior? �No ser�a eso, tambi�n, excepcionalismo?
Webb brinda dos respuestas. La primera es ecol�gica: la cadena alimentaria que aprendemos en la escuela (superdepredadores arriba, presas abajo) es una simplificaci�n did�ctica. La ecolog�a contempor�nea habla de redes tr�ficas, donde los animales de presa restringen el comportamiento de los depredadores, porque si un depredador consume todas sus presas no sobrevive: "Es menos jer�rquica, es m�s como una telara�a o una red".
La segunda respuesta es m�s directa: "Un depredador que consume una presa en la naturaleza es muy diferente de la agricultura industrializada y las granjas industriales". Son, en sus palabras, "fen�menos categ�ricamente diferentes". No est�n en el mismo espectro. Webb aclara que el libro no argumenta necesariamente a favor del veganismo, "pero me sentir�a muy c�moda argumentando a favor de abolir las granjas industriales y esa forma de consumir y tratar a otras formas de vida".
Ser�a negligente, en 2026, escribir sobre un libro que cuestiona los criterios de inteligencia y conciencia sin preguntarle a su autora por la inteligencia artificial. "No soy tecno-optimista en lo que respecta a las promesas de la IA", dice. Sus objeciones son m�ltiples. Primero: el debate sobre si la IA es consciente o sintiente y si merece derechos morales refleja, a su juicio, cu�nto valora la sociedad la racionalidad por encima de la emoci�n y el sentimiento. El entusiasmo en torno a la IA "se centra en una versi�n muy estrecha tanto de la inteligencia como de lo que significa tener experiencia, ser sintiente y tener consciencia".
Segundo: la huella ecol�gica de la IA es, en sus palabras, "profundamente preocupante". Tercero, y quiz�s el m�s interesante para los proyectos que pretenden descifrar el canto de ballenas o el lenguaje de los delfines: "Lo que est�n haciendo los proyectos de decodificaci�n con IA es abstraer, eliminar y operar en total aislamiento de toda esa informaci�n y ese contexto, reduciendo la comunicaci�n animal, b�sicamente, a c�digo binario". Los traductores humanos saben desde hace mucho que la traducci�n necesita estar inmersa en una relaci�n, en un contexto. "Eso no ha funcionado tan bien con el lenguaje humano", concluye, "as� que no tengo motivos para tener mucha esperanza de que funcione con otras formas de vida."
Webb termin� el libro justo antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2024. Ya entonces, cuenta, "los paralelismos entre el excepcionalismo estadounidense y el excepcionalismo humano eran dif�ciles de ignorar". Desde entonces han crecido. La l�gica es la misma en ambos casos: la convicci�n de tener una historia �nica, una misi�n especial, el derecho a liderar dominando. "Est� destinado a fracasar", dice Webb. "Es arrogante, pero har� mucho da�o en el camino, y ya lo est� haciendo".
La conexi�n que el libro establece entre el excepcionalismo humano y otras formas de discriminaci�n (racismo, sexismo, clasismo) tiene aqu� su culminaci�n pol�tica. Las jerarqu�as que el excepcionalismo humano fija en la naturaleza, argumenta Webb, perpet�an y refuerzan las jerarqu�as entre los propios seres humanos. El mismo mecanismo que coloca a Homo sapiens sapiens por encima de los babuinos coloca, con variaciones culturales, a ciertas naciones por encima de otras, a ciertos g�neros por encima de otros, a ciertas razas por encima de otras. La arrogancia, una vez activada como principio organizador, resulta dif�cil de contener.
El argumento final del libro, que emerge gradualmente desde el primer cap�tulo sobre el babuino Namibia, es que el excepcionalismo humano nos empobrece. Nos priva de una relaci�n con el mundo que podr�a enriquecernos. "Cuando el mundo se percibe como un objeto, su destrucci�n es irrelevante", escribe Webb. "Sin embargo, al comprender que se trata de una entidad animada, de la que solo somos una parte, el activismo no es opcional. Se convierte en una forma de vida".
Sus alumnos en la Universidad de Harvard experimentan lo que ella describe como "una transformaci�n fundamental al aprender a ver m�s all� de las formas rudimentarias en que el relato de la excepcionalidad humana ha moldeado su visi�n del mundo". Sus paseos por el campus cambian. La naturaleza deja de ser decorado y empieza a ser conversaci�n.
Bear, el babuino de Namibia, sab�a algo que muchos estudiantes de ciencias cognitivas no han aprendido todav�a: que la reconciliaci�n requiere reconocer al otro como sujeto. Sin pantalla t�ctil.
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