
























En noviembre de 2025, mientras la mayoría de los libros seguían llegando a las mesas de novedades de las librerías con la rutinaria asepsia industrial de siempre, la diseñadora, escritora y columnista de EL MUNDO Carmen Torreblanca cargaba cajas por Madrid. No había distribución, ni campaña, ni intermediarios: había cartón, tinta, grapas y una obstinación casi física. Cosas Bellas por las que matar, la revista con alma de fanzine que había puesto en marcha, no nació como un gesto nostálgico ni como un capricho estético, sino como una necesidad que tenía tanto de impulso creativo como de respuesta a un sistema que percibe como impermeable. "Trabajar desde los márgenes te da una libertad que ninguna editorial te va a dar", sostiene. Y añade, sin dramatismo, como quien describe una obviedad: "El mundo editorial es tan cerrado que hacer un fanzine puede ser en ocasiones casi la única opción".
No hay aquí épica impostada, sino una logística rudimentaria que termina por definir el proyecto tanto como sus contenidos: mover cajas, hablar con librerías, convencer a lectores, colocar ejemplares uno a uno, sostener el fanzine a base de presencia. "Mover un producto así es literalmente moverlo", insiste. "Es cargarlo, llevarlo, enseñarlo. La distribución es el verdadero muro: ahí se quedan fuera estos proyectos". En esa frase, que podría parecer un detalle práctico, se condensa buena parte de la condición contemporánea de la autoedición y la filosofía del hazlo tú mismo: no basta con hacer, hay que hacerse cargo de todo lo demás.
Ese gesto, que podría parecer aislado, forma parte de un movimiento más amplio que en los últimos años ha ido cobrando densidad hasta convertirse en algo difícil de ignorar. A principios de 2026, el ecosistema de la contracultura literaria, el fanzine y la edición ralmente independiente muestra en España una vitalidad que desmiente su condición histórica de marginalidad.
No se trata solo de un aumento cuantitativo de proyectos, sino de la consolidación de una red que, sin depender de los circuitos tradicionales, ha aprendido a organizarse, a encontrarse y a reconocerse. Ferias especializadas, festivales, pequeñas editoriales, librerías híbridas, archivos públicos y proyectos personales dibujan una cartografía que crece en los márgenes de la industria sin aspirar necesariamente a ocupar su centro.
"El mundo editorial es tan cerrado que hacer un fanzine es casi la única opción y trabajar desde los márgenes te da una libertad que ninguna editorial te va a dar"
Carmen Torreblanca
El pasado otoño nacía el primer FESTIFAL de Almería, situación que se ha producido en los últimos años en Santanader, A Coruña, Guadalajara... Eventos como FanziMad, en Madrid, que en su edición de 2026 reunió el pasado marzo a más de medio centenar de expositores y a un público de más de 5.000 personas, demuestras que algo bulle en un mundillo donde esa red dispersa de aficionados se hace visible. No son sólo espacios de venta, sino lugares de intercambio, de conversación, de circulación de ideas.
Allí conviven publicaciones hechas con fotocopias y grapas con otras que exploran técnicas como la risografía [un sistema de impresión digital de alta velocidad inventado en Japón] o formatos más cercanos al libro de artista, en una coexistencia que no establece jerarquías claras, pero sí evidencia una misma pulsión, hacer algo uno mismo al margen de la industria.
"El resurgimiento del fanzine es una reacción directa al mundo digital. El libro se ha convertido de nuevo en objeto, algo que puedes tocar y poseer", asegura Torreblanca. La afirmación, repetida con matices por casi todos los implicados, adquiere en este contexto una densidad particular. Tras dos décadas de hegemonía de lo intangible y el mundo digital, el regreso al papel no responde tanto a una nostalgia del pasado como a una búsqueda de fricción, de resistencia material frente a la circulación infinita de contenidos. "Quizá el futuro sea volver a las fotocopias y al envío directo", sugiere. No es una boutade, sino una hipótesis de supervivencia.

El editor y librero Alejo Cuervo, fundador de Gigamesh, en la sede de la librería barcelonesa.VICTÒRIA ROVIRA / ARABA PRESS
Antes de que existiera internet, antes incluso de que la palabra comunidad se convirtiera en un recurso retórico un tanto vacío, los fanzines ya cumplían esa función. A comienzos de los años ochenta, en Barcelona, surgió un pequeño boletín dedicado a la ciencia ficción y la fantasía que acabaría teniendo una influencia decisiva: Gigamesh. Lo que empezó como un fanzine de aficionados en 1983 terminaría derivando en librería primero -en 1985-, y en editorial después -en 1999-, convirtiéndose en uno de los centros neurálgicos de la cultura fantástica en toda Europa, puesto que conserva a día de hoy.
"Era el canal de comunicación antes de internet", recuerdan Alejo Cuervo, el fundador de todo, y Antonio Torrubia, el actual librero de referencia de este templo de la contracultura. "Todo empezó simplemente con fans que querían hablar entre ellos y que no encontraban en la industria tradicional ningún interés por las cosas que a ellos les gustaban".
La idea es sencilla, pero ilumina una dimensión del fenómeno que a menudo se pierde en la fascinación por el objeto, el fanzine y los proyectos contraculturales como herramientas de conexión. "El fanzine nace sencillamente de la necesidad de comunidad", insiste Cuervo. "Y esa necesidad, lejos de haber desaparecido, se ha transformado. Internet ha atomizado todo, cada nicho vive en su burbuja". En ese diagnóstico se reconoce una paradoja contemporánea, nunca ha sido tan fácil conectarse y, sin embargo, nunca han estado los públicos tan fragmentados.
"O das un pelotazo o no te comes un pimiento, la clase media cultural está desapareciendo"
Alejo Cuervo
En ese paisaje, este fenómeno del hazlo tú mismo ha dejado de ser un paso previo hacia la profesionalización para convertirse en un espacio autónomo, con sus propias reglas y su propia economía, por precaria que sea. "Hoy el fenómeno no se centra sólo en el fanzine, sino que abarca toda la small press, esa edición realmente independiente como Orciny Press, La biblioteca de Carfax o incluso Valdemar", señalan desde Gigamesh. Pero esa ampliación no implica necesariamente una mejora en las condiciones materiales. "O das un pelotazo o no te comes un pimiento, la clase media cultural está desapareciendo", denuncia Cuervo.
La frase, viniendo del descubridor en España de un fenómeno como Canción de hielo y fuego -que muchos lectores reconocerán más como Juego de Tronos-, señala una tendencia estructural: la dificultad creciente de sostener proyectos intermedios. "El éxito de algunos ha hecho creer a muchos otros que todo el campo es orégano", remacha con una mezcla de ironía y escepticismo. Porque si algo caracteriza a la literatura contracultural es precisamente su resistencia a convertirse en industria. Su lógica no es la del crecimiento, sino la de la persistencia.
En paralelo a ese crecimiento orgánico del mundillo, las instituciones llevan algunos años prestando desigual pero llamativa atención a este fenómeno que durante décadas había quedado fuera de su radar. Es el caso del escritor y bibliotecario Jordi Guinart, que fue director hace unos años en la Biblioteca Municipal de LAmetlla del Vallès, donde reunió todo el fondo de fanzines de la colección privada del músico y cantante Miqui Puig que acabó exponiéndose de forma itinerante en distintas bibliotecas catalanas, como la de la Sagrada Familia. "Tuvimos que inventar una categoría específica en el sistema de archivación bibliotecaro, porque nadie sabía qué era un fanzine", comparte entre risas.
"El fanzine es lo más vivo que hay, aparece y desaparece en tiempo real. Coleccionarlos es imposible, son infinitos y efímeros"
Jordi Guinart
La anécdota revela una tensión de fondo: cómo archivar lo que nace para ser efímero, cómo catalogar lo que se resiste a la clasificación. "El fanzine es lo más vivo que hay, aparece y desaparece en tiempo real. Coleccionarlos es imposible, son infinitos y efímeros. Cada cuatro meses nace uno y muere otro", afirma. La creación de fanzinotecas, como esta de la Vila de Gràcia, responde a esa necesidad de fijar lo inasible sin traicionar su naturaleza. No se trata solo de conservar, sino de reconocer un valor cultural que hasta hace poco se consideraba menor.
En esa tensión entre archivo y desaparición se juega buena parte del sentido contemporáneo del fanzine. "Quizá su auge responde a una vuelta a lo manual frente a la inteligencia artificial", reflexiona Guinart, que en su nueva dirección de la Biblioteca Joan Coromines del Masnou está intentando especializarse en el mundo del pódcast. "Tener algo físico te configura mentalmente en un mundo donde lo digital se diluye. Ha pasado con la música y el vinilo, si tienes un millón de canciones en el bolsillo, como decía Steve Jobs del iPod, no sabes cuáles tienes, cuáles no, ni cuáles escuchar. Con la lectura ocurre igual". Esta idea, pronunciada desde una institución, conecta con la intuición que atraviesa todo el fenómeno, la necesidad de recuperar una relación más tangible con la cultura.

El ilustrador y animador Marc Torices, uno de los fundadores del Gutter Fest de Barcelona, en su casa.VICTÒRIA ROVIRA / ARABA PRESS
Esta sensibilidad catalana a la contracultura se deja notar en Barcelona, donde el fanzine tiene un pulso especial. Allí se celebra anualmente Gutter Fest, el festival de referencia del fanzine comiquero español fundado por un grupo de dibujantes allá por 2012 como un espacio casi clandestino. Entre ellos estaba Marc Torices, que forma parte de una generación que ha encontrado en la autoedición un territorio de libertad. "Yo llegué al fanzine bastante joven, casi por accidente, viendo lo que hacían otros autores y entendiendo que ahí había un espacio donde podías hacer lo que quisieras sin esperar a que nadie te diera permiso", recuerda.
"Era un circuito muy pequeño, muy de boca a boca, pero precisamente por eso tenía algo muy potente". En ese ecosistema inicial, proyectos como Fatbottom, la llamada "mejor librería de cómics del mundo" por gente como Chris Ware, especializada en cómic, ilustración, fanzines y libros de arte independientes, funcionó y funciona como plataforma compartida desde la que editar, distribuir y, sobre todo, tejer una red propia al margen de la industria.
"No hay contradicción entre hacer fanzines, donde puedes equivocarte y probar cosas, y trabajar en otros ámbitos más industriales"
Marc Torices
Torices, que también trabaja en la animación y ha tenido éxito editorial con proyectos como La alegre vida del triste perro Cornelius, Premio a la Mejor Obra de Autoría Española en Comic Barcelona 2023, un personaje que nació en un fanzine en 2011 y cuyas aventuras han viajado ya a países como Polonia, Holanda, Francia y Estados Unidos. No obstante, afirma que el fanzine, en su caso, no fue un paso previo, sino un fin en sí mismo, un lugar donde probar sin las restricciones de la industria.
"Para mí no hay una contradicción entre hacer fanzines y trabajar en otros ámbitos más industriales", explica. "Son espacios distintos que se alimentan entre sí: en el fanzine puedes equivocarte, probar cosas más raras, y luego todo eso acaba filtrándose en otros trabajos". Esa convivencia, lejos de diluir el carácter contracultural del fanzine, refuerza su función como campo de pruebas.
Esa función de laboratorio ha sido clave en la renovación del cómic español, que en 2025 superó los 4.500 títulos publicados, aunque apenas un 10% correspondía a obra nacional. En ese contexto, el fanzine se convierte en un espacio de producción propio, donde se ensayan formas, estilos y narrativas que difícilmente encontrarían cabida en otros circuitos.
El editor y escritor Servando Rocha, que acaba de publicar Este corazón que sangra (Alianza), un libro sui generis sobre William S. Burroughs; sitúa ese impulso en una tradición más larga. En 1996 fundó el Colectivo de Trabajadores Culturales La Felguera, ligado en su origen a la escena punk, fanzinera y de agitación contracultural, un proyecto que en 2010 se convirtió en una editorial independiente de las lógicas de mercado convencionales que hoy es algo más: una librería, un archivo, un proyecto cultural que articula una forma de entender la edición como intervención.
"El fanzine y cualquier producto contracultural no se basan en el formato, son una filosofía que sobrevive a cualquier soporte", afirma. Y matiza: "La contracultura muchas veces se entiende de forma radical, pero no se basa en oponerse a nada, sino en crear tu propio universo al margen de todo".

El escritor, editor y fundador de La Felguera Servando Rocha, en su casa de Madrid.JOSÉ AYMÁ
Desde su experiencia, ese margen no es una posición defensiva, sino un lugar de construcción. "Nosotros venimos de una tradición muy concreta, que tiene que ver con el punk, con la autoorganización, con entender que si algo no existe lo tienes que hacer tú", explica. "La Felguera nace así, como una necesidad, no como un proyecto empresarial".
Ese impulso inicial, añade, sigue vigente incluso ahora que el proyecto ha crecido y se ha institucionalizado parcialmente: "Aunque tengamos una editorial o una librería, la lógica sigue siendo la misma: trabajar en los márgenes, no depender de nadie". "Hoy el fanzine y esa idea del hazlo tú mismo están más vivos que nunca porque cualquiera siente que puede hacerlo", dice. Pero esa democratización tiene su reverso: "El problema es que muchos fanzines parecen libros de artista con pocos medios".
"La contracultura muchas veces se entiende de forma radical, pero no se basa en oponerse a nada sino en crear tu propio universo al margen de todo"
Servando Rocha
La crítica no apunta tanto a la calidad como a una cierta estetización que puede vaciar de urgencia lo que en su origen era necesidad. "Antes el fanzine era una cuestión de vida o muerte cultural, ahora a veces es más un gesto estético", desliza. "Los fanzines no se sostienen por ventas, se sostienen por entusiasmo y fe", resume. Y añade: "La clave no es el papel, es la necesidad de compartir historias". En esa economía afectiva, precaria pero persistente, se sostiene buena parte de este ecosistema contracultural, que para Rocha sigue teniendo una dimensión casi política: "El fanzine es también una forma de crear comunidad fuera de los circuitos oficiales, una manera de intervenir en la realidad sin pedir permiso".
Esa necesidad, en algunos casos, adopta formas explícitamente políticas. La escritora y activista Cristina Morales lo expresa sin rodeos: "El fanzine es una herramienta vital, sirve para escribir y para luchar". En su trayectoria, la autoedición de estos textos combativos no es un gesto accesorio, sino un eje central. Su novela Lectura fácil, que obtuvo sucesivamente el Premio Herralde y el Premio Nacional de Narrativa, incorporaba un fanzine en su interior, un gesto inédito en la literatura española. De hecho, cuenta con humor: "No es una novela que incorpora un fanzine, sino que primero escribí las 40 páginas de Yo también quiero ser un macho y después lo rodeé con una novela".
La afirmación condensa una forma de entender la escritura que desborda los límites del libro. "Esa es la única forma de publicar lo que no cabe en una editorial convencional", explica. "Los fanzines permiten una radicalidad que la industria no tolera". Esa radicalidad se extiende también a proyectos colectivos vinculados a espacios de autoorganización cultural.
La escritora, que nos atiende al teléfono desde el aeropuerto mientras viaja a Alemania, donde se ha traducido su novela Últimas tardes con Teresa de Jesús, lleva, dice, la maleta llena de fanzines "porque allí también hay que venderlos", para recaudar fondos destinados a un proyecto concreto, la lucha vecinal en defensa del bosque del Penedés y la masía de Cal Pla en Cunit, Tarragona, amenazados por un delirante proyecto turístico de la multinacional Wavegarden. "Una empresa que se dedica a construir gigantes piscinas de olas artificiales sin ningún respeto por la naturaleza", remacha Morales, que apunta que mañana habrá una nueva manifestación en el pueblo.
"Los fanzines permiten una radicalidad que la industria no tolera. Es el lugar natural de los temas tabú, una forma de resistencia política"
Cristina Morales
"He sacado a compañeros de la cárcel vendiendo fanzines", recalca, de forma nada metafórica. "El fanzine es una organización editorial autónoma, incluso individual". En esa autonomía reside su potencia, la posibilidad de actuar sin mediaciones. "Los temas tabú siguen siendo territorio del fanzine, porque la autoedición es también una forma de resistencia política", recuerda, antes de mencionar proyectos ya emblemáticos como Quema tu móvil, "que era literalmente una invitación a romper con la dependencia tecnológica", o sus fanzines sobre sexualidad, "donde se pueden decir cosas que no caben en ningún otro sitio porque no pasan ningún filtro".
En ese punto, el relato regresa a Torreblanca, que, sin formularlo en términos ideológicos, comparte esa intuición de fondo. "Mi libro es pop, punk y literatura a la vez: un híbrido contracultural", dice. La mezcla no responde a una estrategia, sino a una forma de estar en el mundo que desborda categorías. En ese cruce se sitúa buena parte del fanzine contemporáneo: entre el cómic y la literatura, entre la ilustración y el ensayo, entre lo íntimo y lo político.
"El auge tiene que ver, en definitiva, con la sospecha de que el mundo se está volviendo menos auténtico", resume Rocha. Quizá por eso el fanzine, con todas sus limitaciones, ofrece algo que otros formatos han perdido, una sensación de verdad, de proximidad, de contacto directo. "No es casual que muchas de estas publicaciones vuelvan a técnicas como la fotocopia o la risografía, ni que su circulación siga dependiendo, en buena medida, de encuentros físicos".

Carmen Torreblanca en su casa de Madrid.JOSÉ AYMÁ
Lo que emerge de este conjunto de voces no es una escena homogénea, sino un mosaico de prácticas que comparten una misma lógica: hacerlo uno mismo sin pedir permiso y sin depender de nadie. En un momento en el que la producción cultural parece cada vez más mediada por algoritmos, plataformas y criterios de rentabilidad, estos modelos contraculturales ofrecen una alternativa que no compite en esos términos. No busca escalar, ni optimizar, ni viralizar. Busca existir.
Mientras Carmen Torreblanca sigue moviendo cajas, mientras en una biblioteca alguien intenta catalogar lo inclasificable, mientras en una feria se cruzan autores que apenas se conocen pero comparten una misma intuición, el fanzine en España dibuja una cartografía que no aparece en los mapas oficiales. No es un fenómeno nuevo, pero sí una forma nueva de estar en lo viejo. Y en ese equilibrio entre tradición y reinvención, entre precariedad y libertad, entre invisibilidad y reconocimiento, se juega algo más que un formato, se juega una manera de entender la cultura.
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