























Durante a�os, el Golfo P�rsico pareci� la representaci�n perfecta de la globalizaci�n contempor�nea: r�pida, eficiente, concentrada en unas pocas arterias mar�timas por las que transitaban enormes cantidades de petr�leo, gas, fertilizantes, contenedores, autom�viles y productos alimentarios. Todo calculado al mil�metro. Todo optimizado.
Luego lleg� la guerra. Y de repente, en el coraz�n de la pen�nsula ar�biga, reaparecieron los convoyes. No las antiguas caravanas de camellos, claro, sino filas de miles de camiones pesados que cruzan el desierto d�a y noche transportando contenedores, productos qu�micos, metales industriales y bienes de consumo entre el golfo de Om�n y el mar Rojo. Un puente terrestre improvisado que intenta evitar el estrecho de Ormuz, el paso por el que transitaba aproximadamente una quinta parte del petr�leo mundial y que el conflicto entre Ir�n, Estados Unidos e Israel ha convertido en una de las zonas m�s inestables del planeta.
La imagen que m�s ha impactado al mundo en estas semanas es la de los petroleros detenidos. Pero son a�n m�s significativas las colas de camiones frente a los puertos orientales de los Emiratos �rabes Unidos, los almacenes prefabricados montados apresuradamente en las costas saud�es, las l�neas ferroviarias adaptadas a la emergencia y las terminales de contenedores que cambian de funci�n en cuesti�n de semanas. Es el comercio global buscando una ruta alternativa.
En Fujairah, en la costa oriental de Emiratos, los barcos descargan cereales mientras el crudo sigue fluyendo a trav�s de oleoductos que evitan Ormuz. Un poco m�s al norte, en el puerto de Khor Fakkan, miles de camiones entran y salen cada d�a de una terminal que hasta hace pocos meses funcionaba principalmente como centro de transbordo mar�timo. Hoy se ha convertido en una puerta de entrada nacional para mercanc�as de todo tipo.
"Antes de la guerra mov�amos cien camiones al d�a. Ahora hemos llegado a siete mil", cont� a Reuters Farid Belbouab, director ejecutivo de Gulftainer, la empresa que gestiona la terminal. En dos semanas la compa��a contrat� a novecientas personas para soportar el aumento de la demanda.
Las cifras explican mejor que cualquier an�lisis la magnitud de la transformaci�n. Las importaciones y exportaciones de contenedores de Khor Fakkan pasaron de dos mil a cincuenta mil unidades semanales. Fujairah trabaja cerca del l�mite de la capacidad del oleoducto que conecta Abu Dabi con el golfo de Om�n. Las grandes navieras comenzaron a ofrecer corredores terrestres a trav�s de Arabia Saud� y Om�n.
Hapag-Lloyd y Maersk publicaron avisos dedicados a las nuevas rutas terrestres. Trukker, una plataforma log�stica nacida en Emiratos con un modelo similar a Uber aplicado al transporte de mercanc�as, registr� un aumento del 30 % en los env�os por carretera y picos tarifarios de hasta el 120 % en Emiratos y del 70 % en Arabia Saud�. En resumen, la econom�a sigue movi�ndose, pero a costes much�simo mayores.
Si bien el sistema est� resistiendo mejor de lo previsto, tambi�n es cierto que se sostiene sobre un equilibrio precario. Ir�n lo record� atacando la Fujairah Oil Industry Zone con drones que provocaron incendios y heridos. Horas antes, la Guardia Revolucionaria hab�a difundido un mapa que parec�a extender su �rea de control tambi�n a lo largo de la costa oriental de Emiratos. En otras palabras: los nuevos centros log�sticos existen, pero tambi�n est�n expuestos.
Esta es la diferencia respecto a las grandes crisis energ�ticas del pasado. En el Golfo no solo se est� interrumpiendo una ruta comercial; se est� intentando construir en tiempo real un sistema alternativo bajo presi�n militar. Por eso los puertos orientales de Emiratos se han vuelto estrat�gicos no solo para Abu Dabi y Dub�i, sino tambi�n para pa�ses mucho m�s vulnerables geogr�ficamente como Qatar, Kuwait y Bahrein, que permanecen atrapados detr�s de Ormuz y dependen de estas nuevas rutas terrestres para una parte creciente de sus importaciones.
La geograf�a, de repente, ha vuelto a importar. Estamos asistiendo, como destac� el Wall Street Journal, al nacimiento de una nueva arquitectura comercial en el Golfo.
El diario estadounidense cont� la historia a trav�s de Maaden, el gigante minero saud� controlado por el Estado.
Cuando la guerra volvi� impracticable el paso por Ormuz, el director ejecutivo Bob Wilt moviliz� en pocos d�as una red de camiones, ferrocarriles y terminales en el mar Rojo para seguir exportando fertilizantes. "No s� si realmente cre�a que pod�amos lograrlo", admiti� al peri�dico econ�mico y financiero estadounidense.
De seiscientos camiones se pas� a mil seiscientos, luego a dos mil y finalmente a tres mil quinientos veh�culos atravesando casi sin descanso el reino de este a oeste.
Detr�s de estas cifras hay un detalle que explica mejor que cualquier otro la naturaleza de la crisis: los puertos saud�es del mar Rojo no hab�an sido dise�ados para el comercio de fosfatos. As� que Maaden construy� almacenes prefabricados, adapt� sistemas de bombeo para �cido sulf�rico y reconvirti� infraestructuras nacidas para otros fines. Es una econom�a de guerra sin ser formalmente una econom�a de guerra.
Durante d�cadas el comercio mundial persigui� sobre todo la eficiencia: una sola ruta �ptima, costes m�nimos, cadenas de suministro extensas y sincronizadas, producci�n just-in-time. La pandemia ya hab�a debilitado esa idea. Las tensiones en el mar Rojo, la guerra en Ucrania y la rivalidad entre Estados Unidos y China mostraron cu�n vulnerable era el sistema frente a los cuellos de botella. Ormuz est� completando esa transformaci�n.
Las empresas ya no buscan �nicamente la ruta m�s barata; buscan una segunda v�a, una tercera, una redundancia posible. Aunque cueste m�s.
Aqu� es donde la crisis del Golfo adquiere un significado m�s amplio. Lo que est� surgiendo no es simplemente un plan de emergencia. Es una nueva concepci�n de la globalizaci�n: menos eficiente, m�s costosa, pero m�s resiliente. �Una globalizaci�n que acepta la idea permanente del riesgo geopol�tico?. Probablemente s�.
Todo esto probablemente no desaparecer� cuando termine la guerra. Porque cuando se invierten miles de millones en puertos alternativos, l�neas ferroviarias y oleoductos, rara vez se vuelve completamente atr�s.
Y no por casualidad Gulftainer ya est� proyectando un gran centro log�stico interior en Al Dhaid, conectado con Khor Fakkan por carretera y ferrocarril. Mientras Arabia Saud� eval�a c�mo hacer estructural la conexi�n entre el Golfo y el mar Rojo, Emiratos est� transformando Fujairah en una plataforma energ�tica y comercial cada vez m�s central.
Mientras tanto, barcos cargados de fertilizantes saud�es que salen de Yanbu llegan a Yibuti, Tailandia y Argentina. Las mercanc�as siguen movi�ndose. En el desierto ar�bigo est� naciendo algo parecido a un nuevo canal comercial terrestre: una red de carreteras, camiones, ferrocarriles y puertos construida para sobrevivir a una inseguridad permanente.
En definitiva, la guerra deb�a paralizar el comercio regional; en cambio, lo est� obligando a cambiar de forma, transformando la vieja idea de globalizaci�n basada en la convicci�n —hoy definitivamente en crisis— de que el mundo se volver�a progresivamente m�s abierto y estable.
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