
























Con motivo del 8M, Día Internacional de la Mujer, recordamos la trayectoria de una ingeniera que comenzó su carrera en una época en la que las mujeres en esas aulas eran una excepción en España. Hace casi seis décadas, en la promoción de María Cruz Díaz apenas había seis mujeres frente a más de un centenar hombres. Como actual presidenta del Instituto de la Ingeniería de España (IIE) uno de los aspectos que más le preocupan a día de hoy es el descenso de vocaciones femeninas en ingeniería.
Así lo desvela a Business Insider España. Y las cifras hablan por sí solas: en España, la profesión de ingeniería cuenta con aproximadamente 750.000 trabajadores. El porcentaje de mujeres en la ingeniería española se sitúa en torno al 20%, solo el 8% accede a puestos de dirección general
Díaz fue una de las primeras mujeres en formar parte de ese pequeño porcentaje de mujeres que elige una carrera STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). A día de hoy ese porcentaje sube al 30%, por lo que si echamos la vista atrás algo está cambiando, aunque sigue siendo poco a poco.
Ella estudió Ingeniería Agrono en la actual Universidad Politécnica de Madrid, donde inició sus estudios en 1967, en pleno contexto de cambios sociales en Europa. "Las mujeres no teníamos ni baños", recuerda. Procedía de una familia vinculada al mundo rural pero sus padres, comerciantes en Madrid sin estudios universitarios, apoyaron desde el primer momento su decisión. Fue, de hecho, la primera universitaria de su familia.
Reconoce que en otras escuelas existía un rechazo más explícito hacia las mujeres, con comentarios que hoy resultarían inaceptables. En su caso no sufrió episodios extremos de rechazo a la mujer en el aula, aunque sí vivió comentarios paternalistas de algunos profesores como sacarla a la pizarra y decirle que se sentara porque "llevaba un vestido de pana". Aun así, insiste en que el mayor desafío era el académico: las mujeres debían demostrar un nivel superior al de sus compañeros para competir en igualdad.
Al reflexionar sobre su vocación, admite que quizá no nació con una llamada clara, pero sí desarrolló una profunda pasión por la profesión. Siempre tuvo facilidad para las matemáticas y la física, aunque también le atraían la literatura y la filosofía. Elegir la ingeniería fue, en parte, un reto personal: demostrar que podía hacerlo. De su lado tenía que de siempre había sacado muy buenas notas, aunque a lo largo de su carrera "también suspendía alguna".
Sostiene que el talento matemático es similar en chicos y chicas, pero que muchas mujeres desarrollan antes el miedo a las matemáticas. Según explica, esa inseguridad comienza a gestarse en edades muy tempranas, influida por el entorno familiar, social o educativo. Es por eso que considera fundamental trabajar con profesores y colegios para evitar que ese talento se frustre desde edades tempranas y para visibilizar referentes femeninos en la ingeniería. Tiene muy claro que no se ve el papel de la mujer ingeniera y eso distrae.
En este sentido, recuerda el ejemplo de Hedy Lamarr, actriz e inventora cuya contribución al sistema de comunicaciones sentó las bases del wifi y el Bluetooth y fue reconocida décadas después. Es un claro ejemplo de que el talento para la ingeniería puede convivir con cualquier otra faceta profesional o personal.
También menciona a pioneras españolas como Pilar Careaga, primera ingeniera industrial del país en 1933 y posteriormente alcaldesa de Bilbao. Estas mujeres rompieron barreras en contextos aún más adversos, aunque durante años su ejemplo no tuvo continuidad inmediata.
A pesar de los avances, reconoce que persisten barreras estructurales, especialmente en la conciliación. Señala con honestidad que muchas mujeres que alcanzaron puestos de responsabilidad contaron con un fuerte respaldo familiar y recursos económicos que facilitaron su movilidad y dedicación profesional. En su propio caso, destaca el apoyo constante de su marido, un matemático "y el único feminista de la universidad, y de sus padres, sobre todo cuando "tenía que viajar y asumir nuevas responsabilidades".
Defiende con firmeza el impacto social de la ingeniería, algo que, en su opinión, no siempre se comunica adecuadamente. Recuerda que avances cotidianos como la lavadora, el frigorífico, el agua caliente o la electricidad han transformado radicalmente la vida de las mujeres y de la sociedad en general.
Insiste en que no puede entenderse un hospital moderno, la producción de alimentos o el abastecimiento de agua sin ingeniería, pero no se conoce. "La ingeniería está en todo, pero como es cotidiana, no la vemos", sentencia. Su propósito, que se conozca e intentar despertar el interés en la ingeniería a más estudiantes.
En relación con la inteligencia artificial, considera que se trata de una herramienta poderosa, pero subordinada al criterio humano. La IA puede almacenar y procesar datos a gran velocidad, pero la decisión final sigue dependiendo del conocimiento técnico y la responsabilidad del ingeniero. No cree que sustituya la profesión, sino que la "transformará y la potenciará".
Si tuviera que formular un deseo para el futuro, afirma que le gustaría que las ingenieras fueran más visibles y conscientes del camino recorrido. Subraya que la ingeniería solo podrá avanzar plenamente si aprovecha "el 100% del talento disponible, no solo la mitad".
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