























¿Llantos, enfados y rabietas al perder? Una psicóloga propone 3 juegos para cambiar la forma en que tu hijo afronta las derrotas.
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En la vida, no siempre se gana. Lo sabemos y, aún así, nos cuesta asumirlo porque cuando las cosas se tuercen o no van en la dirección que nos gustaría, las emociones negativas se van acumulando como en una olla a presión. En los niños, ese proceso de impotencia, frustración y rabia es aún más intenso. Por eso, algunos tiran las fichas cuando pierden al parchís, se echan a llorar si no ganan el partido o acusan al hermano de haber hecho trampas.
Lo cierto es que perder duele. La diferencia estriba en que, con los años, vamos aprendiendo a lidiar con las derrotas y contratiempos. Entendemos que equivocarnos forma parte del proceso y que un mal resultado no nos define. Obviamente, no podemos pretender que un niño se sienta feliz cuando pierda, pero es importante que vaya aprendido a gestionar esas pequeñas derrotas sin explotar o venirse abajo.
Decía Winston Churchill que “el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Y es que saber perder es una de las competencias emocionales más importantes para la vida.
Perder implica aceptar que las cosas no siempre saldrán como queremos. Supone tolerar la frustración, manejar las emociones desagradables y seguir adelante a pesar de ellas. Un niño que aprende a perder también aprenderá a perseverar cuando algo se le resista, a recuperarse después de los errores y a no derrumbarse ante los contratiempos.
Por el contrario, cuando apenas le damos oportunidades para experimentar pequeñas derrotas, corre el riesgo de desarrollar una baja tolerancia al malestar. Entonces, cualquier “no”, cualquier error o cualquier resultado negativo podría resultarle insoportable.
Por desgracia, muchos padres todavía ven la frustración como algo a evitar. Sin embargo, la frustración cumple una función importante porque es la emoción que aparece cuando existe una distancia entre lo que queremos y lo que obtenemos.
Sin frustración no habría esfuerzo, perseverancia ni aprendizaje. En realidad, el problema no es que los niños se frustren, sino que no sepan qué hacer con esa emoción cuando surja. Por eso, el objetivo no es impedir que se sientan mal cuando pierden, sino que comprendan que pueden sentirse mal y, aun así, seguir adelante. Enseñarles a perder no es enseñarles a resignarse, sino a reponerse.
Los juegos son una herramienta fantástica para lograrlo porque ofrecen pequeñas dosis de derrotas en un entorno seguro: dura unos minutos, no tiene consecuencias importantes y siempre existe la posibilidad de volver a intentarlo.

Este juego consiste en elegir cualquier actividad competitiva sencilla y cambiar completamente las reglas. Por ejemplo, en una carrera gana quien llegue último. En el tres en raya gana quien consiga quedarse sin opciones. En algunos juegos de cartas puede ganar quien termine con más cartas en la mano.
Parece una tontería, pero ese sencillo cambio tiene un efecto psicológico muy poderoso porque los niños suelen asociar automáticamente “ganar” con éxito y “perder” con fracaso. Desde edades muy tempranas, el cerebro infantil empieza a realizar esas asociaciones, aunque nadie se las haya enseñado explícitamente.
Cuando inviertes las reglas, también rompes ese esquema mental. De repente, “perder” deja de ser algo negativo y se convierte simplemente en un resultado. Así tu hijo empezará a entender que “ganar” y “perder” son solo construcciones dentro del juego.
Es un clásico que nunca pasa de moda. La música suena, los niños caminan alrededor de las sillas y, cuando se detiene, alguien queda fuera. Lo interesante es que la eliminación forma parte natural de la dinámica y nadie puede evitarla indefinidamente.
Así los niños aprenden que quedarse fuera no significa que hayan hecho algo mal, simplemente forma parte del juego y en algún momento les tocará. Por tanto, los ayuda a aceptar que la derrota forma parte de la experiencia competitiva.
Además, descubren que pueden seguir disfrutando del juego y formando parte del grupo, aunque ya no estén participando activamente. Eso es importante para que no vean el acto de perder como una amenaza global a su autoestima. En las sillas musicales la pérdida es rápida, clara y, sobre todo, reversible: en pocos minutos puede haber otra ronda en la que el resultado cambie por completo.
Esa dinámica repetida introduce una lección clave: perder no es permanente ni definitivo, sino un resultado momentáneo dentro de una serie de intentos. De este modo, el niño empieza a internalizar que una derrota en un momento concreto no invalida su capacidad para volver a participar, intentarlo de nuevo o incluso ganar después.

Jenga es casi una metáfora de la vida. Todos intentan hacer las cosas bien, pero tarde o temprano alguien mueve una pieza equivocada y la torre cae. Y cuando eso ocurre, normalmente todos se ríen.
Ahí radica precisamente la gran enseñanza de este juego: los errores dejan de verse como algo vergonzoso y pasan a formar parte de la diversión. En la mayoría de los contextos, equivocarse suele acarrear correcciones, juicios y tensión, pero en este juego, el error se integra en la experiencia emocional, positiva y compartida.
El niño descubre que equivocarse no es una catástrofe. La partida termina, pero se reconstruye la torre y se vuelve a empezar. Esto da lugar a un aprendizaje muy importante: el fallo no siempre conduce a consecuencias negativas, puede formar parte de una experiencia relacional segura.
De hecho, la risa colectiva que suele acompañar la caída de la torre funciona como un mecanismo de desactivación emocional. Como resultado, su cerebro recibe el mensaje de que el error no amenaza el vínculo ni la pertenencia al grupo.
A ningún padre le gusta ver sufrir a su hijo, pero protegerlo de toda frustración puede acabar haciéndole un flaco favor. Las pequeñas derrotas de la infancia son, en realidad, entrenamientos emocionales para los desafíos de la vida adulta.
Al final, los niños no necesitan aprender a ganar, sino aprender que perder no les resta valor, ni afecto, ni oportunidades. Si tu hijo es capaz de perder, frustrarse, respirar hondo y volver a intentarlo… estará mucho más preparado para afrontar los desafíos de la vida.
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