


























Muchos padres usan la frase “en 5 minutos” para irse del parque, apagar pantallas o ir a dormir, pero suele generar más frustración y rabietas.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
Creado: Actualizado:
“Venga, en 5 minutos nos vamos”, “Te quedan 2 minutos de tablet”, “En 10 minutos, a la cama”.Son solo algunos ejemplos de algunas de las frases que más repetimos los padres a lo largo del día. Somos tan insistentes con ellas porque pensamos que así ayudamos a nuestros hijos a prepararse para el cambio de actividad. El problema es que, para muchos niños pequeños, esos “cinco minutos” no significan realmente nada.
Y entonces llega el momento de irse del parque, apagar la televisión o acostarse… y llega la rabieta. Porque mientras para nosotros cinco minutos es una referencia clarísima, para ellos el tiempo todavía es algo abstracto, difícil de medir y de entender.
Por eso cada vez más especialistas en infancia recomiendan cambiar las referencias temporales por límites concretos y visibles para el niño. No porque estemos “cediendo”, sino porque estamos comunicándonos de una manera mucho más comprensible para su cerebro.
A muchos padres les desespera repetir varias veces el famoso “en cinco minutos” y ver que no sirve absolutamente de nada. Pero la mayoría de las veces no es un desafío ni una provocación. Simplemente, un niño pequeño no vive el tiempo como un adulto.
Cuando está jugando en el parque, construyendo algo con piezas o viendo dibujos, está completamente metido en el presente. No calcula cuánto queda ni entiende exactamente cuándo termina algo. De hecho, muchos niños creen sinceramente que todavía “queda mucho”, aunque hayan pasado ya esos cinco minutos hace rato.
Por eso se enfadan tanto cuando llega el momento de cortar la actividad. Desde su punto de vista, el final aparece casi de golpe.
Además, no podemos pasar por alto que los niños necesitan más tiempo que los adultos para interiorizar el cambio de actividad o las órdenes. Ellos no entienden de nuestras prisas.

Sin embargo, hay algo que funciona muchísimo mejor: los finales visibles y reconocibles.
No es lo mismo decir: “En cinco minutos dejamos el parque”, que decir: “Te puedes tirar tres veces más por el tobogán y nos vamos”.
En la segunda frase el niño entiende perfectamente qué va a pasar y, por tanto, puede anticiparse. Gracias a ello, puede terminar mentalmente el juego y, sobre todo, siente que el cierre tiene sentido y no aparece de manera inesperada.
Lo mismo ocurre con otras situaciones cotidianas:
Son frases mucho más concretas, visuales y fáciles de procesar para ellos.

Algunas rabietas no aparecen porque el niño sea “caprichoso”, sino porque el cambio llega demasiado rápido y no está preparados. A casi nadie le gusta que le corten algo que está disfrutando de forma brusca. Y a los niños todavía menos, porque su capacidad para gestionar la frustración sigue desarrollándose.
Cuando usamos referencias concretas, el cerebro infantil puede prepararse mejor para la transición. El niño sabe qué esperar y siente que hay un cierre claro.
Eso no significa que nunca vaya a protestar. Habrá días en los que también se enfade. Pero normalmente la resistencia baja muchísimo cuando entiende exactamente qué va a ocurrir.
Cuanto más pequeño es el niño, más útil resulta que el límite sea visible o fácil de imaginar. Por ejemplo:
Son finales que el niño puede identificar fácilmente sin necesitar comprender cuánto dura un minuto.
De hecho, muchos expertos en crianza recomiendan incluso acompañar estas frases con pequeños rituales repetidos. Porque las rutinas previsibles dan muchísima seguridad emocional.

Hay otro detalle importante: cuando repetimos constantemente “cinco minutos” y luego esos cinco minutos se convierten en diez, quince o veinte, el niño deja de confiar en esa referencia.
Y es normal. Para ellos termina siendo una frase vacía que no marca realmente el final de nada. A veces incluso aprendemos sin querer a negociar eternamente: “Cinco minutos más”. “Vale, pero solo cinco”. “Uno más, porfiiiii”.
En cambio, las referencias concretas suelen ser mucho más fáciles de mantener. Si hemos dicho “tres veces más por el tobogán”, el final está claro para todos. Después de esas tres veces, es importante cumplir lo acordado y evitar que vuelva a abrirse la negociación.
Sin embargo, como casi todo en crianza, no se trata de hacerlo perfecto ni de no volver a decir jamás “en 5 minutos”. Todos lo hacemos porque es automático y porque estamos cansados muchas veces.
La diferencia está en empezar a observar qué lenguaje entienden mejor nuestros hijos y qué herramientas ayudan de verdad en el día a día. A veces un cambio pequeñísimo en la forma de hablar transforma por completo el momento más difícil de la tarde.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。