




















Dejar que tu hijo decida el plan familiar de vez en cuando puede fortalecer vuestro vínculo, mejorar su autoestima y fomentar su autonomía
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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En la mayoría de las familias, somos los adultos quienes decidimos qué hacer el fin de semana, dónde ir a pasear o cómo pasar la tarde. Elegimos el destino, organizamos los horarios e intentamos que todo salga bien. Es lo habitual. Pero, de vez en cuando, merece la pena cambiar los papeles. ¿Y si un día le dijeras a tu hijo que esta vez es él quien decide el plan?
No hace falta que organice una excursión ni que prepare una agenda perfecta. Puede elegir algo tan sencillo como ir al parque que más le gusta, hacer un pícnic, montar una tarde de juegos de mesa en casa o preparar una merienda especial para todos. Lo importante no es el plan en sí, sino transmitirle la idea de que su opinión cuenta para vosotros.
Lejos de ser un simple capricho, permitir que un niño tome las riendas de una tarde en familia tiene beneficios para su desarrollo emocional y también para la relación con sus padres. Estas son cuatro razones para probarlo.

Los niños pasan buena parte del día siguiendo normas y recibiendo indicaciones. En el colegio, en las actividades extraescolares y también en casa, son los adultos quienes suelen tomar las decisiones importantes.
Por eso, cuando les damos la oportunidad de elegir una actividad para toda la familia, les estamos transmitiendo que confiamos en su criterio y que queremos conocer lo que les hace ilusión.
Ese sentimiento de ser escuchados fortalece su autoestima y favorece una relación más cercana con sus padres. No se trata de que siempre hagan lo que quieren, sino de que perciban que su voz también tiene un espacio dentro de la familia.
A menudo, ese pequeño gesto tiene un efecto mucho mayor que cualquier juguete o plan costoso.
Elegir implica pensar, comparar opciones y asumir pequeñas responsabilidades. Incluso cuando la decisión consiste simplemente en escoger entre ir al parque o montar una tarde de manualidades, el niño está practicando habilidades importantes para su desarrollo.
Está aprendiendo a organizar ideas, a tomar decisiones y a tener en cuenta que sus elecciones afectan también a otras personas.
No hace falta dejarle una libertad absoluta. De hecho, es recomendable establecer algunos límites desde el principio ofreciendo alternativas. Por ejemplo, podéis acordar que el plan debe durar solo una tarde, ajustarse a un presupuesto determinado o realizarse cerca de casa.
Dentro de ese marco, el niño disfruta de una autonomía real, adaptada a su edad y libre de una presión excesiva.

Muchas veces creemos saber perfectamente qué les gusta a nuestros hijos. Sin embargo, cuando les dejamos elegir sin dirigir demasiado la decisión, es frecuente que nos sorprendan.
Quizá quieran organizar una búsqueda del tesoro en casa, visitar un parque al que hace meses que no vais, observar insectos con una lupa o simplemente preparar una merienda en el suelo del salón como si estuvierais de acampada.
Esas propuestas dicen mucho sobre sus intereses, su imaginación y la forma en la que viven el mundo.
Además, permiten a los padres conocer mejor a sus hijos en una faceta distinta, lejos de las prisas del día a día y de las rutinas habituales. En ocasiones, las mejores conversaciones aparecen precisamente durante esos planes improvisados que nadie había previsto.
Cuando recordamos nuestra infancia, rara vez pensamos en las tardes perfectamente organizadas.
Lo que permanece en la memoria son las emociones: aquel día en que toda la familia jugó al escondite en casa, la merienda improvisada en el parque o la excursión que surgió porque alguien tuvo una idea diferente.
Cuando un niño organiza una tarde familiar, siente que ha contribuido a crear ese recuerdo. No es un espectador del plan, sino una parte importante de él.Eso fortalece el sentimiento de pertenencia y convierte una actividad cotidiana en una experiencia compartida con un significado especial.
Es una situación bastante habitual. Puede que quiera ir al parque de atracciones, viajar a la playa o hacer tres actividades distintas en apenas unas horas.
En lugar de responder con un "no" rotundo, esa puede ser una excelente oportunidad para enseñarle a negociar. Podéis hablar juntos sobre el tiempo disponible, el dinero o la distancia y buscar una alternativa que conserve la esencia de su idea.
De este modo aprende que planificar también implica adaptarse a la realidad, priorizar y encontrar soluciones, habilidades que le serán útiles durante toda la vida.

Para que la experiencia resulte positiva para toda la familia, basta con seguir unas pautas sencillas:
No hace falta convertirlo en una tradición semanal. De hecho, precisamente porque ocurre de vez en cuando, el momento adquiere un valor especial.
Al fin y al cabo, criar no consiste solo en enseñar, guiar o proteger. También implica aprender a escuchar, confiar y dejar espacio para que nuestros hijos participen en la vida familiar.
Y quizá descubras que una de las mejores tardes del año no fue la que preparaste tú con todo detalle, sino la que nació de una idea tan sencilla como preguntar: "¿Qué te apetece hacer hoy con toda la familia?".
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