


























Durante décadas, los arqueólogos habían encontrado señales de violencia entre los lombardos únicamente en esqueletos masculinos, pero un hallazgo en Italia acaba de cambiar esa imagen por completo.
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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La imagen tradicional de los lombardos ha estado ligada durante siglos a la guerra. Este pueblo germánico, que se asentó en gran parte de Italia tras su llegada a la península en el siglo VI, aparece en las fuentes históricas como una sociedad profundamente militarizada, donde el prestigio y el poder estaban estrechamente vinculados a las armas y al combate. Las excavaciones arqueológicas parecían reforzar esa visión: espadas, lanzas, cuchillos y numerosos esqueletos con heridas de guerra dibujaban un mundo esencialmente masculino.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista International Journal of Paleopathology está obligando a replantear esa interpretación. Tal y como han revelado los investigadores que analizaron los restos de una mujer enterrada en la necrópolis lombarda de Ferrovia, en Cividale del Friuli, esta persona sufrió al menos dos agresiones violentas en la cabeza y sobrevivió a ambas.
El hallazgo resulta excepcional por varios motivos. No solo constituye la primera evidencia osteoarqueológica clara de violencia interpersonal en una mujer lombarda, sino que además abre una ventana inesperada a un aspecto apenas visible en las fuentes materiales: la experiencia femenina de la violencia durante la Alta Edad Media.
La protagonista involuntaria de esta historia es conocida por los arqueólogos como T46, el número asignado a su tumba. Su enterramiento fue localizado durante unas excavaciones realizadas en 2012 en Cividale del Friuli, una ciudad con un enorme valor histórico, ya que fue la sede del primer ducado lombardo establecido en Italia tras la invasión de la península.
Los restos aparecieron en muy mal estado de conservación. Parte de la tumba había sido alterada por enterramientos posteriores y numerosos huesos estaban fragmentados o incompletos. Aun así, los especialistas consiguieron reconstruir aspectos fundamentales de su biografía.
Determinar el sexo biológico de T46 no fue sencillo. La conservación del esqueleto impedía utilizar muchos de los métodos antropológicos tradicionales, por lo que los investigadores recurrieron a una técnica mucho más avanzada basada en proteínas presentes en el esmalte dental.
El análisis confirmó que se trataba de una mujer de más de 40 años, una edad considerable para la época. Ese dato ya era interesante por sí mismo, pero el auténtico descubrimiento apareció en el cráneo.
Los especialistas identificaron dos lesiones distintas en el hueso frontal. La primera consistía en una larga incisión estrecha situada en la parte izquierda de la frente. La forma de la herida indicaba que había sido producida por un arma cortante. La segunda lesión, ubicada en el lado derecho del frontal, mostraba características completamente diferentes: una fractura producida por un golpe contundente de gran fuerza.

Lo más llamativo era que ambas heridas habían cicatrizado. El hueso presentaba señales inequívocas de remodelación ósea, lo que demuestra que la mujer sobrevivió durante un periodo significativo después de sufrir las agresiones. En el caso de la lesión causada por el impacto contundente, incluso existían indicios de infección asociados al proceso de curación, señal de que la recuperación debió de ser larga y complicada.
Según indican los autores del estudio, la herida cortante pudo haber sido causada por un arma similar al scramasax, un largo cuchillo de un solo filo ampliamente utilizado por los pueblos germánicos. La dirección del corte sugiere además que el agresor estaba situado frente a la víctima y probablemente en una posición más elevada.
Hasta ahora, todos los casos conocidos de violencia interpersonal documentados en esqueletos lombardos correspondían a hombres.
La importancia de este descubrimiento se entiende mejor cuando se observa el contexto general. La necrópolis de Ferrovia ha proporcionado restos de más de ochenta individuos, pero solo dos mostraban señales claras de traumatismos craneales relacionados con violencia interpersonal. Uno de ellos era un hombre. El otro, T46.
Cuando los investigadores ampliaron la comparación a otros cementerios lombardos excavados en Italia y Hungría, el contraste resultó aún más evidente. Hasta ahora se habían documentado poco más de treinta individuos con heridas craneales atribuibles a enfrentamientos violentos. Todos eran hombres.
La mujer de Cividale constituye, por tanto, una excepción absoluta dentro del registro conocido. Esta ausencia de casos femeninos siempre había resultado extraña para los historiadores. Las leyes lombardas conservadas desde la época mencionan expresamente agresiones contra mujeres e incluso contemplan situaciones en las que ellas participaban en enfrentamientos violentos.
El famoso Edictum Rothari, promulgado en el siglo VII, incluía artículos dedicados a castigar lesiones infligidas a mujeres. Otras disposiciones posteriores muestran que las autoridades lombardas conocían perfectamente la existencia de episodios de violencia femenina o dirigida contra mujeres.
La paradoja era evidente: las leyes hablaban de ello, pero los esqueletos parecían guardar silencio.
La aparición de T46 ayuda a reducir esa distancia entre las fuentes escritas y la evidencia arqueológica, aunque también recuerda las limitaciones de la bioarqueología.
No todas las agresiones dejan huellas en los huesos. De hecho, muchas formas de violencia afectan únicamente a los tejidos blandos y desaparecen sin dejar rastro tras la muerte. Este problema es especialmente importante cuando se estudian contextos relacionados con violencia doméstica o agresiones dentro del ámbito familiar.
Por ese motivo, la ausencia de lesiones esqueléticas no significa necesariamente ausencia de violencia.
Los investigadores plantean que las mujeres lombardas probablemente participaron con menor frecuencia en actividades como incursiones armadas, guerras o combates, situaciones que suelen producir heridas graves en el esqueleto. En cambio, otras formas de violencia pudieron existir sin dejar evidencias detectables más de un milenio después.
Aun así, el caso de T46 resulta difícil de ignorar. La combinación de una herida provocada por un arma cortante y otra causada por un golpe contundente apunta claramente hacia una agresión interpersonal.
Lo que sigue siendo imposible determinar es el contexto exacto en el que ocurrió. Los huesos no pueden responder si la mujer fue atacada durante un conflicto armado, una disputa local, una pelea dentro de su comunidad o una agresión ocurrida en el ámbito doméstico. La información simplemente no existe.

La mujer identificada como T46 constituye la primera evidencia osteoarqueológica directa de violencia interpersonal en una mujer lombarda.
Más allá de las circunstancias concretas del ataque, el estudio ofrece otro dato fascinante: T46 sobrevivió.
Las heridas observadas en el cráneo no fueron superficiales. Ambas implicaron impactos considerables y una de ellas desarrolló complicaciones infecciosas. Pese a ello, la mujer continuó viviendo durante años.
Este aspecto suele pasar desapercibido cuando se estudian esqueletos antiguos, pero resulta fundamental para comprender las sociedades del pasado. Sobrevivir a lesiones de este tipo en el siglo VII requería algo más que resistencia física.
La recuperación implica que recibió algún tipo de ayuda, cuidados o apoyo por parte de las personas que la rodeaban. Aunque no existan registros escritos sobre su vida, los huesos permiten vislumbrar una historia de supervivencia en una época donde una infección o una herida abierta podían resultar mortales.
Por eso, el descubrimiento trasciende el simple catálogo de lesiones arqueológicas. T46 no es únicamente una víctima de la violencia. También es una superviviente cuya existencia obliga a reconsiderar el papel de las mujeres en la sociedad lombarda.
Tal y como señala el estudio, este hallazgo podría ser solo la punta del iceberg. La combinación de nuevas técnicas biomoleculares, análisis proteómicos y revisiones sistemáticas de colecciones antiguas podría sacar a la luz más casos similares en los próximos años.
Si eso ocurre, la historia de la violencia en la Europa altomedieval tendrá que escribirse de nuevo. Y una mujer enterrada hace 1.400 años en el noreste de Italia habrá contribuido decisivamente a cambiar nuestra visión del pasado.
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